Ciudad de México, enero 1, 2026 09:00
Revista Digital Enero 2026

Eternas inconsistencias

“Que sea un arbitrario y desfasado primero de enero el que marque el comienzo de un de por sí inexacto año, que debe ajustarse cada cuatro a la duración del tránsito de la Tierra alrededor del sol, ya es más que una necedad, igual que la mía al escribir este texto…”

POR OSWALDO BARRERA FRANCO

Desde hace mucho me he sentido atribulado, incluso estafado, por las inconsistencias temporales. Aquellos sinsentidos que por anacrónicos caprichos de emperadores o manifiestos papales dieron lugar al actual calendario me resultan una total aberración, lo que bien podría resolverse si, más allá de la voluntad necesaria, no hubiera de por medio una serie de convenciones sociales y económicas que no dejan de ir en contra del sentido común, pero que sin duda implicarían un monumental trastorno con el cual se afectaría el día a día de nuestra, de por sí, afligida y egoísta humanidad.

Si a esto, que pareciera una mera rabieta de un cincuentón enajenado, le añado los numerosos desencuentros que, con motivo de las fiestas decembrinas y los frecuentes cumpleaños malogrados, he solido padecer en el trance de un año a otro, resulta que aquello que la mayoría ve como un periodo de celebraciones, buenos deseos y propósitos se torne en ocasiones en un calvario anual que no culmina, ilusa e ilusoriamente, con el cambio de mes ni con el del año calendárico.

Además, este último es más una falacia que una verdad a medias. ¿Quién dispuso así nada más que cada nuevo periodo de 12 meses arranque hasta 10 días después del solsticio de invierno? Sé que hay un motivo tanto histórico como teológico para ello. Sin embargo, para mí sería obvio, como lo veían algunas culturas antiguas tan sólo con seguir el tránsito solar y sus muy evidentes hitos estacionales, que el calendario tenga su arranque con un hecho tan significativo como el renacimiento simbólico del sol luego de la noche más larga del año, para representar así el mismo renacer de la vida y el cambio de la oscuridad a la luz. Pero no, que sea un arbitrario y desfasado primero de enero el que marque el comienzo de un de por sí inexacto año, que debe ajustarse cada cuatro a la duración del tránsito de la Tierra alrededor del sol, ya es más que una necedad, igual que la mía al escribir este texto.

¿Cómo podría entonces reconciliar este hecho con el también caprichoso festejo de las fiestas navideñas y el de un olvidado cumpleaños que cae precisamente entre un 25 de diciembre y ese incoherente primero de enero? Porque tanto las fiestas navideñas, con motivo de su muy latino, pagano y a la vez impreciso sol invictus, como el cumpleaños han sufrido el asiduo sabotaje, primero atribuido a mi familia y luego por completo mío, de desafortunadas circunstancias, las cuales, sumadas y llevadas al extremo, contribuyeron a desarrollar cierto desprecio por las primeras y al necesario abandono del segundo.

Claro, ya a estas alturas, con más de cinco décadas cumplidas, tanta amargura decembrina no tiene lugar más que como un vestigio de aquella que me acompañó con devoción a partir de la adolescencia, hasta que, como un más razonable adulto en sus cuarenta, me convencí de que tales arbitrariedades no significaban el tan anhelado cambio ni la trascendencia que esperaba con vehemencia, ya fuera con las posadas previas a la Navidad y los mercantilizados regalos a los que ésta obliga o con el nuevo ciclo alrededor del sol, mío por conveniencia o de este planeta víctima de la banalidad humana.

A la larga, confío en superar, para bien mío y de mi gente cercana, aquellas engorrosas cenas navideñas, ya fuera por el inamovible orden de platos y cubiertos alrededor de la mesa o por los asiduos exabruptos de quienes determinaban dicho orden y las formas en que debe celebrarse, o por la obligatoriedad de reunirme, en fingida y forzada paz, con quienes no siempre me encontraba en los mejores términos.

Tan socorrida idea de que el inicio de un año lavará las penas y faltas del anterior es parte de un bien elucubrado sistema que nos hace creer en el “borrón y cuenta nueva” de la vida, como si fuéramos programados para reiniciarnos por el artificio de artes místicas o por el antojo de designios ajenos, sin considerar que la nuestra va más allá de una existencia por etapas, ya que es un continuo de experiencias en las que la alegría, la tristeza o el dolor no terminan ni se renuevan por capricho. Por supuesto, podemos dejar atrás lo que no nos complementa ni fortalece, pero no olvidamos tan fácil aquello que tuvimos que llevar a cabo o aprender para desprendernos no del recuerdo, sino de sus consecuencias.

Esas Navidades y aquellos cumpleaños saboteados permanecen como recuerdos de lo que alguna vez fueron situaciones que no ocurrieron como hubiera deseado ni como alguna vez imaginé que serían, pero no por ello dejan de aportarme algo más allá de la amargura momentánea y el desencuentro con otros y conmigo mismo, ya que por ellas crecí para valorar los momentos que, como intrusos o en fechas impuestas, han significado algo en el cambio constante que me acompaña más allá del paso de un año a otro, por lo que ahora puedo asegurar que soy el mismo y a la vez otro con cada acontecimiento que integro a mi transitar por esta ruta existencial sin un principio forzoso ni un fin predeterminado, sólo aquél al que yo mismo me encamine.

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