Ciudad de México, febrero 9, 2026 09:57
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Bad Bunny: El Super Bowl como escenario de una disputa cultural abierta

El español en el centro del mayor ritual deportivo de Estados Unidos

La reacción de Trump convirtió el espectáculo en debate nacional.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

El medio tiempo del Super Bowl LX no fue sólo un intermedio musical. Fue un episodio cultural que dejó al descubierto tensiones profundas dentro de la sociedad estadounidense.

Bad Bunny encabezó el espectáculo principal ante una audiencia global que supera los cien millones de espectadores. Cantó casi por completo en español. Lo hizo en el evento televisivo más visto del país, históricamente asociado a una narrativa cultural anglosajona, patriótica y comercial.

El idioma no fue un detalle técnico. Fue el centro de la escena.

Benito Antonio Martínez Ocasio nació en 1994 en Vega Baja, Puerto Rico. Creció en un entorno de clase trabajadora y comenzó a subir canciones a SoundCloud mientras estudiaba y trabajaba como empacador en un supermercado. En menos de una década pasó de grabar en su habitación a convertirse en uno de los artistas más influyentes del planeta.

Su ascenso fue meteórico, pero no improvisado. Desde sus primeras colaboraciones dentro del trap latino hasta su consolidación como figura global, Bad Bunny entendió algo que muchos dudaban: el español no era una barrera comercial. Era una potencia cultural subestimada.

En 2020, su álbum El Último Tour del Mundo se convirtió en el primero completamente en español en alcanzar el número uno del Billboard 200. Más tarde, Un Verano Sin Ti dominó plataformas digitales durante meses y amplió su audiencia más allá del mercado latino. En distintos años fue el artista más reproducido del mundo en Spotify, acumulando cifras que superan los 18 mil millones de reproducciones anuales.

En 2026, su álbum Debí Tirar Más Fotos obtuvo el Grammy al Álbum del Año, un reconocimiento histórico para una producción mayoritariamente en español dentro de la industria estadounidense. A lo largo de su carrera ha acumulado múltiples Grammy, Latin Grammy, Billboard Music Awards y récords de gira que lo colocan al nivel de los grandes nombres del pop global.

Pero su figura no se limita a los números. Ha sido vocal respecto a la desigualdad en Puerto Rico, ha criticado políticas migratorias restrictivas y ha defendido causas sociales dentro y fuera de la isla. También ha cuestionado normas tradicionales de masculinidad en la cultura urbana, jugando con estética, moda y discurso público.

Su identidad artística mezcla éxito comercial con posicionamiento cultural.

El espectáculo del Super Bowl fue coherente con esa trayectoria. La escenografía incluyó referencias caribeñas claras, ritmos que iban del reguetón a la plena y una narrativa visual que subrayaba raíces latinas. No fue una concesión estética; fue una afirmación.

El mensaje final proyectado en el estadio apelaba a la unidad dentro de Estados Unidos. En otro contexto habría pasado como frase institucional. En el clima político actual, se convirtió en detonador.

El expresidente Donald Trump reaccionó desde su plataforma Truth Social calificando el espectáculo como “absolutamente terrible” y “una bofetada en la cara para nuestro país”. Cuestionó el uso predominante del español y sugirió que el show no representaba los valores estadounidenses. También dirigió críticas hacia la NFL, ampliando el debate más allá de lo musical.

La respuesta no fue aislada. Sectores conservadores replicaron el mensaje, señalando que el Super Bowl debería reflejar una cultura “tradicional” anglófona. Del otro lado, millones de espectadores celebraron la visibilidad latina en el centro del evento más emblemático del país.

La discusión dejó de girar en torno a coreografía o calidad vocal. Se desplazó hacia preguntas más profundas: ¿qué idioma define el centro simbólico de Estados Unidos? ¿Quién decide qué cultura representa la nación en sus rituales masivos? ¿Es el español una lengua extranjera o una lengua constitutiva de la realidad demográfica del país?

Estados Unidos alberga más de 60 millones de hispanohablantes. La música latina domina listas globales. El mercado cultural es cada vez más bilingüe. Sin embargo, el imaginario simbólico del poder continúa anclado en una narrativa anglosajona. El halftime show expuso esa tensión.

No fue la primera vez que el medio tiempo del Super Bowl generó controversia. Pero en esta ocasión la disputa no se centró en vestuario o coreografía. Se centró en identidad.

Cuando una actuación musical provoca una respuesta presidencial y abre un debate sobre lengua y pertenencia, el espectáculo deja de ser accesorio. Se convierte en termómetro político.

Esa noche hubo fútbol. Hubo entretenimiento. Pero también hubo una confrontación abierta sobre quién ocupa el centro del escenario cultural estadounidense.

El Super Bowl no cambió. Lo que cambió fue quién estaba en el centro.

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