Ciudad de México, enero 1, 2026 07:38
Revista Digital Enero 2026

¿A dónde van los años que pasan?

“Todo se torció en el último año. Todo dio un vuelco. La edad ya no significa experiencia. La experiencia ya no es un requisito indispensable en estos tiempos…”

POR RIVELINO RUEDA

La tiza de Remedios expulsa todo el dolor de los últimos ocho meses. El polvillo nauseabundo de calcio se repite en cientos de caminatas inciertas. Las fachadas, las piedras del rompecabezas de aquel muro, los dinteles de portones antiguos, las rejas de herrería. Todo es lienzo para Remedios. Todo es cataclismo en esa obra que emana pesadumbre y rabia.

Las sinuosas rayas que brotan de la tiza son como un hilo que va envolviendo, al paso de Remedios, edificios y manzanas enteras. Es la rayuela encajada en esquinas y cortinas de metal. La que va del uno al diez y de regreso. Pero ahora sin las tejas empapadas de la niñez.

Esta vez es el juego del diez al cero. El que va marcha atrás. El del dolor más inmenso. El de la inminente despedida.

Pablo se consume a unos metros de ese vórtice que engulle todo a su paso. El esposo de Remedios no entiende esos paseos de veinte o treinta minutos, ni esas manos impregnadas de yeso de su mujer.

No concibe esas salidas relámpago en las horas que el medicamento hace efecto y transpira por la sienes un alivio efímero por el implacable dolor del cáncer de próstata. No entiende el temblor de manos, el tufillo a pizarrones verdes y a borradores polvorientos de la infancia.

No comprende el por qué de las tizas blancas sobre la mesa del comedor. Del incesante crujir de muelas de Remedios. De la cal mortecina que saturan las uñas de sus manos de anciana. Pablo ya no sabe de tiempos ni de hábitos. Alcanza a asimilar que termina un año más por la peculiar luminosidad cobriza de los atardeceres decembrinos en esta ciudad.

El anciano observa por la ventana la desnudez de los árboles y escucha el trinar incesante de los colibríes otoñales. Remedios limpia el sudor helado de la frente de Pablo. Las mandíbulas le trepidan. Fenece un año más y con él ese hombre con el que caminó por más de sesenta años.

Y ahí va de nuevo la mujer de la tiza blanca. Ahí va a envolver el barrio con este Hilo de Ariadna que emana impotencia y rabia. Y Remedios desenvuelve ese cordón lívido para no perderse en el laberinto de su inmenso dolor. Y luego va de regreso para enfrentarse al Minotauro que despedaza el cuerpo de Pablo, el que lo pulveriza y lo tritura con saña.

Remedios deja la tiza sobre la mesa, junto a las decenas que se han acumulado en las últimas semanas. En esa mesa pidió un mismo deseo, doce veces, en el día de año nuevo de 2025.

No hubo cambios. Los deseos colapsaron uno a uno. Todo se agravó. No espera nada del año en puerta. Tal vez seguir pintarrajeando la vida al ritmo de sus pasos. Tal vez acumular un poco más de tizas blancas en enero. Quizás hasta febrero…

***

Para poder comprar la lata de atún, las galletas saladas, los chiles chipotles de a quince pesos y los chícharos, Narciso tuvo que vender dos de sus libros más entrañables: una segunda edición de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, de 1959, del Fondo de Cultura Económica, y la primera edición de Pantaleón y las visitadoras, de Mario Vargas Llosa, de 1973, de la editorial española Seix Barral.

Hace tres meses se agotó el dinero de la liquidación del último trabajo. Dos tarjetas de crédito están sobregiradas. Ya no hay forma de pagarlas.

Con ello se acabó el agua caliente de las duchas por la mañana, el café soluble, la sal, el medicamento para la hipertensión, las aspirinas, la pasta de dientes, las pastillas para la úlcera gástrica y para el insomnio, el rastrillo, los cuatro cigarros del día, el aceite, el jabón de manos, el medio vaso de ron de las noches, la paciencia y las llamadas que le hacía todos los jueves a sus dos hijas y a su madre.

Todo se torció en el último año. Todo dio un vuelco. La edad ya no significa experiencia. La experiencia ya no es un requisito indispensable en estos tiempos. El título de Letras Clásicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM ya es obsoleto. Los reconocimientos, los cursos, los diplomas, los “amigos incondicionales” siempre fueron una farsa, un billete de tres dólares.

Los 58 años son un estorbo para toda empresa. La trayectoria de cuarenta años como redactor y corrector de estilo en distintos medios impresos hoy ya no tiene ningún peso.

Y hacia adelante nada. En las entrevistas de trabajo dan largas. Nunca resuelven. Y ahí se van otros pesos en transporte, en los datos del teléfono celular, en algo para llevarse a la boca cuando aprieta el hambre.

Ya no hay mucho para empeñar o para vender. Los libreros de Narciso casi están en los huesos. Queda la Remington modelo 1908. La vajilla de los abuelos. El anillo de bodas. El reloj húngaro de pared de la época de entreguerras. La colección de timbres y algunas plumas fuente. Nada más.

Las doce uvas este año serán mendrugos de pan con mantequilla y azúcar. Una botella de tequila del más barato y muchos placebos para dormir temprano. Y luego a enfrentarse de nuevo a la realidad. A esa realidad que va desechando la experiencia, la trayectoria, la madurez, la inteligencia, y da paso a lo efímero, a lo intrascendente, a lo ridículo, a lo desechable…

***

Ahí está el gato de nuevo. Observa a Natalia detrás del ventanal de ese segundo piso. Natalia también posa su mirada exhausta, reventada por las lágrimas de seis semanas, en el noctámbulo felino de tonalidades celestes.

Es un bicho azulado. Los contornos del pelaje y el vaho que embarra en el cristal dan esa sensación. Y esto se acrecienta cuando se traslucen por su aura las estelas de la luna llena.

Afuera sopla un vientecillo helado. Natalia escucha el crujir de las ramas de los árboles disecados por el otoño. El constante caer del tiempo disfrazado de hojas secas. Natalia ya no puede. No puede más.

A veces el gato emite leves ronroneos. A veces sólo observa a la muchachita de diecinueve años de cabello enmarañado, de pómulos esqueléticos, mandíbulas afiladas, piel exangüe y un sexo muerto.

A veces Natalia también cree que los rumores del gato son porque Ceci anda cerca. Pero nada. Ceci se esfumó como se esfuma el relámpago más letal, como se esfuma la plenitud de un eclipse solar, como se consume una estrella fugaz.

Ceci no existe ya en las redes sociales. No hay fotos. No hay mensajes. No existen más los mensajes de audio que le acariciaban el alma, que le recordaban que la amaban. Ceci ya no canta con ella bajo la ducha. Ceci ya no dormita sobre sus senos ni balbucea cosas graciosas al paladear sus pezones.

Después del rompimiento, sólo el aguardiente barato, la mota que le lleva Pedro, los antidepresivos de uso común, las navajas de afeitar para raspar las venas de los tobillos y las muñecas de las manos. Eso es lo que habita con y en ella en ese cuartucho gris de casa de su madre, esa señora que la aturde con sus súplicas para que salga de este trance.

“¿A dónde van los días que pasan?”

Natalia recuerda el poema de José Agustín que le recitó Ceci en las primeras horas del año nuevo en la playa de Los Muertos, en Nayarit.

Y Natalia repite esas siete palabras una y otra vez, una y otra vez. Las tiene tatuadas en el antebrazo derecho. Las deletrea mientras fenece otro año. Hoy sin Ceci. Hoy sin nada:

“¿A dónde van los días que pasan?”

@RivelinoRueda

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