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EN AMORES CON LA MORENA / A nadie le importan los árboles

Mientras el ambientalismo llena discursos y fotografías, los árboles de la ciudad siguen siendo asfixiados por el concreto.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Se supone que vivimos en la era de la conciencia ambiental. Que las nuevas generaciones —millennials y centennials— han colocado el planeta en el centro de la conversación pública y que la crisis climática ya no es una advertencia lejana sino una urgencia compartida.

Sin embargo, basta mirar lo que ocurre en nuestras calles para advertir la paradoja: nunca se había hablado tanto del medio ambiente y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil asfixiar un árbol con concreto sin que pase absolutamente nada.

Los árboles urbanos siguen siendo los grandes olvidados.

En la ciudad se discute todo: el tráfico, la inseguridad, las marchas, las ciclovías, los ambulantes, los parquímetros. Cada tema provoca debates encendidos y opiniones inmediatas. Pero los árboles, esos organismos silenciosos que hacen habitable el espacio urbano, casi siempre quedan al final de la lista de preocupaciones.

Primero viene el proyecto, luego la obra, después el concreto. Y cuando alguien recuerda que ahí había árboles, muchas veces ya es demasiado tarde.

Pero el problema no es sólo estético ni sentimental. Los árboles urbanos no son adornos: son infraestructura vital de la ciudad.

Un solo árbol adulto puede reducir varios grados la temperatura del entorno, algo decisivo en una metrópoli que cada año sufre más olas de calor. Sus copas generan sombra que protege el pavimento, las viviendas y a los propios peatones. Sus hojas capturan partículas contaminantes y ayudan a limpiar el aire que respiramos en una de las ciudades más contaminadas del continente.

Sus raíces absorben agua de lluvia, permiten que el agua se infiltre al subsuelo y ayudan a recargar los acuíferos, algo particularmente crítico en una ciudad que se hunde y que enfrenta un estrés hídrico cada vez más severo. También reducen el ruido, estabilizan el suelo, albergan aves e insectos y crean microclimas que hacen posible la vida urbana.

Sin árboles, las calles se convierten en superficies de concreto que acumulan calor, repelen el agua y amplifican la contaminación. Por eso las ciudades que han entendido el futuro —desde Medellín hasta París— están invirtiendo miles de millones en plantar árboles, recuperar suelo vivo y ampliar las áreas verdes. Aquí, en cambio, seguimos tratándolos como si fueran un obstáculo para la obra pública o un elemento decorativo que se puede sacrificar sin consecuencias.

Y sin embargo, basta detenerse un momento para entender la paradoja: los árboles están entre las cosas más importantes que sostienen la vida urbana y, al mismo tiempo, son de las menos defendidas.

El caso del árbol Laureano, en Tlacoquemécatl, parecía haber demostrado que la ciudadanía podía torcer ese destino. Durante meses fueron vecinos quienes documentaron raíces, revisaron dictámenes, consultaron especialistas y alertaron sobre el riesgo que enfrentaba ese laurel de la India que se volvió símbolo de resistencia frente al desarrollo inmobiliario.

Pero lo que terminó vendiéndose como un triunfo ecológico fue, en realidad, una solución precaria. Se habló de una declaratoria de protección patrimonial como si eso garantizara la vida del árbol. En los hechos, esa figura no asegura gran cosa. En realidad, ninguna reforma legal ha creado una protección efectiva para los árboles frente a la depredación inmobiliaria y los abusos de autoridad.

No existe una protección capaz de impedir que un árbol sea dañado de múltiples maneras: cortando sus raíces durante excavaciones, compactando el suelo, reduciendo el espacio para respirar o simplemente dejándolo deteriorarse lentamente. Un árbol no necesita ser talado para morir. Basta con irlo asfixiando.

La declaratoria sirvió más para saciar la sed de protagonismo de algunos políticos que para garantizar la supervivencia del árbol. Durante semanas aparecieron visitas, declaraciones, fotografías y discursos que pretendían convertir la defensa del Laureano en una bandera partidista.

Entre quienes buscaron colgarse de la causa estuvieron legisladores de Movimiento Ciudadano. Incluso se llegó al extremo de convertir al Laureano en una especie de escenografía política. Aparecieron plaquitas conmemorativas que celebran supuestas victorias vecinales, como si el árbol ya estuviera a salvo y el problema hubiese quedado resuelto.

Pero el árbol no necesita placas. Las placas no protegen raíces, no detienen excavaciones ni impiden que el suelo se selle con concreto. Sirven más bien para dejar constancia de quién quiso apropiarse de la causa.

Así, el Laureano terminó convertido en pantalla política, en símbolo conveniente para discursos y fotografías, mientras el problema real —la presión inmobiliaria y la falta de protección efectiva— sigue exactamente donde estaba.

Incluso el clima político que se generó alrededor del caso llegó a extremos lamentables. Algunos seguidores de esos mismos políticos agredieron al director de Libre en el Sur, el periodista Francisco Ortiz Pinchetti, un hecho consignado en informaciones de prensa que provocó amplias expresiones de solidaridad por parte de colegas periodistas.

La gravedad del episodio fue tal que la dirigencia nacional de Movimiento Ciudadano emitió una disculpa pública dirigida a nuestro director. Pero la disculpa no resolvió el fondo del problema. Mientras desde la dirigencia se pronunciaban palabras conciliadoras, los actores políticos locales que habían contribuido a crear ese clima nunca asumieron plenamente su responsabilidad ni rectificaron su conducta.

La causa del árbol terminó así rodeada de algo que debería ser completamente ajeno a la defensa del medio ambiente: intimidaciones y polarización política.

Por supuesto, la causa no está perdida. Más allá de las placas, de los discursos y de la fugaz atención política, quienes de verdad han defendido al Laureano siguen ahí. Vecinos que desde el principio entendieron que no se trata sólo de un árbol, sino de una manera distinta de pensar la ciudad.

La batalla continúa con una propuesta concreta y sensata: convertir ese predio en un pequeño parque de reposo y paz, con suelo vivo y un pozo de absorción que permita devolverle al barrio algo de lo que el concreto le ha quitado durante décadas. No sería un gesto menor. Sería demostrar que, incluso en una ciudad saturada de desarrollos inmobiliarios, todavía es posible elegir un árbol, un jardín y un espacio de respiro en lugar de otro edificio de lujo.

La realidad, además, terminó por desmentir el triunfalismo político.

Libre en el Sur ha documentado, con dictámenes y fotografías de la propia alcaldía Benito Juárez, que durante excavaciones realizadas en la construcción ubicada en Miguel Laurent y Fresas, a escasos metros del árbol, fue cercenada una de sus raíces principales. No se trata de rumores ni de versiones vecinales: se trata de documentos oficiales.

Las imágenes muestran la raíz expuesta y cortada dentro del predio en obra, exactamente el tipo de daño que vecinos y especialistas habían advertido desde el principio. Porque un árbol de gran tamaño no vive solamente del tronco que vemos. Su sistema radicular puede extenderse muchos metros bajo tierra, y cuando una de esas raíces estructurales se corta, la estabilidad y la salud del árbol quedan comprometidas.

Sin embargo, frente a ese hecho concreto ocurre algo revelador. Los legisladores que antes acudían a tomarse la foto con el Laureano no han dicho absolutamente nada. La causa que les sirvió para el discurso político parece haber perdido interés.

De manera tenaz, Libre en el Sur ha denunciado durante veintitrés años estas depredaciones urbanas: el abuso inmobiliario, las omisiones gubernamentales y las simulaciones de políticos de diversos partidos que descubren el discurso ambiental cuando conviene y lo olvidan cuando entra en juego el negocio del concreto.

Mientras tanto, los conflictos ambientales en la ciudad no dejan de multiplicarse. Cada semana aparecen nuevos casos en los que árboles se ven comprometidos por obras millonarias que avanzan con la lógica habitual: primero el negocio, luego el concreto y al final —si acaso— el árbol.

Ahora incluso el Mundial de futbol comienza a aparecer como argumento para intervenciones urbanas apresuradas.

Apenas este lunes, Libre en el Sur documentó cómo cuadrillas del Gobierno de la Ciudad vertían concreto con prisa alrededor de árboles sobre avenida Revolución, en Nonoalco Mixcoac, a la altura del Soriana entre Holbein y Rubens. El objetivo: construir banquetas que luzcan presentables ante los visitantes que llegarán para el Mundial.

El problema es que, para lograrlo, se está reduciendo el espacio vital de los árboles que ya estaban ahí.

Así funciona muchas veces la ecología urbana en esta ciudad. Los árboles sirven para el discurso, para la fotografía, para adornar proyectos o para alimentar campañas. Pero cuando se trata de protegerlos de verdad —cuando hay que enfrentarse al negocio inmobiliario o a la prisa de las obras públicas— vuelven a quedarse solos.

En esta ciudad todos opinan de todo. Pero nadie piensa en los árboles.

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