Libre en el Sur

EN AMORES CON LA MORENA / La posibilidad de lo imposible

Me sentí injusto al observar a este grupo de personas procurarse bajo toldos maltrechos que parecían delimitar más una zona de resistencia que de protección, y compararlo en el recuerdo con mi propio drama de aquel medio día del terremoto del 19 de septiembre del 2017.

En memoria de las víctimas juarenses del temblor del 2017.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Se dice que los espantaespíritus deben ser agitados durante el día para que, además de que su sonido benevolente nos acaricie el alma, a veces solo con el paso del viento, despeje el terreno de cualquier resabio que ande por ahí perdido. Pero aquella vez una energía mucho más fuerte, proveniente de afuera y paradójicamente también de los adentros de la tierra, provocó que manoteara el artefacto reproduciendo fuertemente esas vibraciones metálicas mientras sentía el jalón que de un solo movimiento me arrojó metro y medio a la puerta exterior de mi departamento, justo a las 13:14 horas del 19 de septiembre de 2017.

Los planes eran otros, como los de todos. Yo debía dirigirme a mi oficina en la colonia Nochebuena para arreglar cualquier asunto que por supuesto en el acto quedó anulado y hoy borrado de la memoria. Iba a salir, de todas formas. Pero como no había logrado dar el paso por voluntad propia, mis nervios desafiaron la inercia hasta que cedieron a la conciencia de que tenía que bajar la escalera por obvio acto de sobrevivencia. Pero no duré demasiados minutos afuera, entre los vecinos asustados y el lentísimo proceder de evacuación de los corporativos cercanos. Entre la necesidad de saber cómo se encontraban mis seres queridos, me jalaban ahora las imperiosas responsabilidades del oficio. Pensé en lo que no debía hacer, es decir lo que suelen hacen los jefes de los periódicos con sus muchachos cuando como disparando al aire para la salida de los corredores en una pista, ordenan: ¡Vayan tras la nota!  

¿A dónde carajos voy a ir? –me pregunté, sin tener la opción de pelotear el asunto con el couch del equipo, que es mi padre, pues se encontraba de viaje. Ni reportero de a pie ni reportero de investigación, ambos términos tan pretensiosos como inútiles. No lo hice para tomar ventaja sobre esos pies cansados de los compañeros de los medios que con con tiento comienzan en el oficio, sino porque caminar resultaba una competencia desleal por parte de los helicópteros y las motocicletasde medios con gran presupuesto y capacidad de cobertura. Así que a lo que me dicidí fue a llevar algo diferente para mi medio. Y me fui… ¡a ver la tele!

Este lunes tembló de nuevo, por tercera vez en un 19 de septiembre. Salí a caminar, supongo que aplanar más la capa de heces caninas que se han integrado a la cotidianidad. Primero para revisar lo acontecido en el “macrosimulacro”, que básicamente fue ignorado por vecinos y oficinistas. Luego, para atestiguar su susto en un temblor real, la presencia de esas personas en crisis nerviosa sentadas en la banqueta.

Puedo asegurarles que Libre en el Sur fue el medio impreso-digital que dio la primicia sobre el primer edificio que se derrumbó totalmente en la ciudad, en la esquina de Edimburgo y Escocia, en la colonia Del Valle, donde una pareja de jóvenes murieron abrazados. Pareció inicialmente un caso aislado. No lo fue, lamentablemente. Sucedió lo impensable y lo imposible: a diferencia del terremoto de 1985, la fecha coincidía de manera increíble pero los principales afectados eran habitantes de clase media-alta de la zona centro-sur residencial de Ciudad de México, particularmente la de mayor desarrollo humano del país, que es la alcaldía Benito Juárez.  Al final el trágico terremoto –tan destructivo por trepidatorio– dejó en la capital 471 personas fallecidas.

Edificio colapsado por terremoto en la calle de Escocia, en la colonia Del Valle Foto: Rodolfo Angulo / Cuartoscuro

El presidente López Obrador acaba de abonar algo más en su arenga patriotera a sus afanes polarizadores, a lo que él llama “clasismo”. El prejuicio y la demagogia se vuelven de tales simplezas cuando se ignora la realidad que no camina sobre la duela de un palacio virreinal…  

Con el título de Cómo reportear un sismo sin quedarse en el pasmo, esto escribí por encargo de mi amiga Ana Cecilia Terrazas para un proyecto cultural del memorial digital de la Comisión de Reconstrucción, que aún se puede consultar en la página oficial:

En la Navidad del año 2017 todo fue diferente para doña Lucinda Chávez viuda de Monterde. Todavía un año atrás cocinó los romeritos y el pavo para compartir con su familia, incluidos dos nietos que tras el fatídico terremoto del 19 de septiembre (el “2-19S”, se debía llamar), se sumaron a la organización del campamento donde 47 personas (la mayoría mujeres y niños) resistieron a las carencias y las heladas de hasta dos grados.

El edificio de la vecina de 75 años, ubicado en 5 de febrero 965, esquina Guipuzcoa, en la colonia Josefa Ortiz de Domínguez de la Delegación Benito Juárez, sufrió daño estructural, según estudios del Colegio de Arquitectos, y el gobierno delegacional lo declaró inhabitable. Sin embargo las fiestas decembrinas llegaron sin un dictamen oficial. Visité a doña Lucinda en las postrimerías de noviembre y me sorprendió su entereza: el ejemplo conmovedor de una realidad que la comunidad ya olvidaba: Unos 2,500 damnificados, de acuerdo con estimaciones oficiales, se quedaron sin hogar en la demarcación juarense y resulta ocioso ponerse a reflexionar si el trágico episodio marcó sus vidas.

Pero cada persona vive su propio sismo, eso sí, incluido un reportero que supuestamente debe tener ecuanimidad aún en las horas de mayor angustia. Si bien es cierto que la demarcación BJ, que en octubre será Alcaldía, es la más homogénea de la ciudad en cuanto a su nivel socio-económico y educativo, y considerada por la ONU como el municipio con el mayor desarrollo humano del país, esa misma característica provocó que su población de clase media hasta cierto punto privilegiada sufriera la adversidad y el riesgo tan comunes en las zonas pobres, pero con menos instrumentos emocionales para enfrentarla.

“No viene nadie, nos han abandonado”, repetía la anciana enfundada con un suéter de lana, la noche del martes 27 de noviembre en que el termómetro marcaba cuatro grados centígrados. “Cuando hace aire, aquí no hay forma de guarecerse”. De acuerdo con el peritaje preliminar la edificación de tres pisos, construida hace unos 70 años, sufrió una inclinación de 24 centímetros y un 4.7 por ciento de desplome, por lo que debía ser demolida. “Fue el edificio de a lado que se recargó en el nuestro”, manifestó compungida doña Lucinda. Era cierto: el inmueble contiguo, de cinco niveles (y planta baja), marcado con el número 958 de la calle 5 de febrero, fue construido hace apenas 10 años, cuando ya el uso de suelo en la zona permitía un máximo de cuatro pisos. En otras palabras, se trata de un edificio irregular. A pesar de que en su momento los ahora damnificados denunciaron estos abusos en la Delegación, por supuesto que hoy “nadie sabe nada”.

Me sentí injusto al observar a este grupo de personas procurarse bajo toldos maltrechos que parecían delimitar más una zona de resistencia que de protección, y compararlo en el recuerdo con mi propio drama de aquel medio día del 19 de septiembre. Un jalón de efecto gravitacional me empujó hacia las escaleras apenas tres segundos después de abrir la puerta de mi departamento en la colonia Del Valle. Justo salía para mi oficina. Puesto a salvo en la calle, no supe lo afortunado que fui hasta que regresé y lo primero que vi al encender el televisor fue un edificio en la calle de Edimburgo, a unas 15 cuadras de mi hogar, completamente destruido. Lo que fuese, en el momento mismo de la sacudida temí por otros más que por mí, si bien traté luego de explorar en mi inconsciente bajo la tramposa hipótesis de quien se niega la posibilidad de morir en un instante. “Esto sí que está cabrón”, pensé demasiado rápido, ¿o lo sentí sin palabras?, mientras bajaba casi con la misma velocidad los 25 escalones.

De mis deliberaciones psicoanalíticas surgió la siguiente reflexión: “Frente a un sismo, la persona y el reportero nos permitimos sentir igual, pero no pensar igual”. Y es que el problema es que controlar el susto propio pasa necesariamente por la obligación de informar a los otros, es decir al resto, aunque formemos parte del resto. Y si se trata de un editor de una publicación de información diaria, como mi caso, pues resulta un poquito peor. Así que cuando Ana Cecilia Terrazas tuvo la generosidad de invitarme a su proyecto conmemorativo, me pasó que no me sentí con el derecho de hablar en primera persona. Cómo hacerlo frente a la desgracia de doña Lucinda, cuando yo lo único que padecí fue un resfriado por ir a reportear a los campamentos. Quién y por qué habría de creerme; más aún, qué importancia tendría decir que el terremoto del 2017 me cimbró más que el del 85 porque aquel, aunque con notables diferencias en pérdidas humanas, lo tuve lejos por la inconsciencia propia de adolecente pero también porque no tuve más obligación que atender la reacción de sobrevivencia de mi madre que me exigía a gritos suspender la ducha que me daba justo a las 7:19 horas de aquella mañana.

Cómo hablar de lo mío ante este otro episodio de la víspera navideña pasada: Un inmueble ubicado en la calle Tokio 517, en la colonia Portales Norte, un conjunto de tres torres construidas alrededor de 1980, quedó inservible y debió ser demolido. A su costado izquierdo está un edificio que fue construido hace cuatro años y del otro lado uno que se levantó hace una década, según el testimonio de Margarita Cortina, que administraba el inmueble siniestrado.

Las 90 personas que se quedaron ahí sin hogar se apuraban en la gélida noche y a oscuras a sacar sus pertenencias, lo que podían, lo que les permitieran, literalmente de entre las ruinas: Cajas, archiveros, sillones, colchones… y una lavadora. Una enorme carpa que en los primeros días fue hogar emergente de los damnificados se convirtió en bodega de muebles. Y es que aunque la mayoría de los vecinos afectados encontraron resguardo con amigos y familiares, no tuvieron dónde guardar lo que quedó de su patrimonio. Ellos se quedaron frente a un páramo y con los recuerdos vivos de lo que fue su hogar.

Yo por mi parte me rebelo al fin a la tiranía del rigor informativo para confesar que aquellas escenas se vuelven propias para un reportero porque inevitablemente se funden con otras que hacen evidente la misma fragilidad de todos y sus huellas imborrables. Así que agradezco esta posibilidad catártica: ¡Ay, qué pinche susto me dio!

Este lunes tembló de nuevo, por tercera vez en un 19 de septiembre (0.0000021% de probabilidades de que llo ocurriera, según el doctor en matemáticas, Arturo Erdély). Salí a caminar, supongo que aplanar más la capa de heces caninas que se han integrado a la cotidianidad. Primero para revisar lo acontecido en el “macrosimulacro”, que básicamente fue ignorado por vecinos y oficinistas. Luego, para atestiguar su susto en un temblor real, la presencia de esas personas en crisis nerviosa sentadas en la banqueta, que eran atendidas por personal de la empresa Axa. Mi susto quedó pospuesto para cuando escribiera esto. No se puede pensar dos cosas a la vez. Constaté finalmente la posibilidad de lo imposible, que también debe ser contado. Aunque nadie lo crea.  

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