Bugonia no señala monstruos exteriores, sino que el verdadero quiebre ocurre cuando dejamos de reconocernos como parte de algo común.
POR FRANCISCO ORTIZ PARDO
Hay algo inquietantemente lógico en que la nueva película de Emma Stone sea una comedia negra donde una CEO es secuestrada por dos conspiranoicos convencidos de que es un alienígena. No porque la premisa sea verosímil —no lo es ni lo pretende—, sino porque el delirio ya no necesita demasiadas justificaciones en un mundo que desconfía de todo salvo de sus propias sospechas.
Bugonia, dirigida por Yorgos Lanthimos, funciona menos como ciencia ficción que como radiografía moral. El secuestro no es el centro del relato; es el pretexto. Lo que importa es ese gesto contemporáneo tan reconocible: la certeza absoluta de quienes no saben casi nada, pero lo saben con furia. La paranoia como método. La sospecha como identidad.
Emma Stone interpreta a una empresaria exitosa, una figura que condensa varios odios contemporáneos: poder, dinero, racionalidad, distancia emocional. Que sea una CEO no es anecdótico; es el combustible del delirio. En Bugonia, el poder ya no se cuestiona con argumentos, sino con fantasías. No se confronta: se deshumaniza. Si el otro es un alienígena, todo está permitido.
Stone ha dicho que podría interpretar para siempre a Bella Baxter, el personaje de Pobres criaturas con el que ganó el Óscar en 2024, como si ahí hubiera alcanzado una forma definitiva de libertad actoral. Sin embargo, el papel que encarna en Bugonia es, en realidad, más complejo. Aquí transita de la fragilidad extrema a una dureza impenetrable, engañando al espectador entre lo humano y lo supuestamente alienígena. Lanthimos no juega a revelar si ella es o no otra cosa; juega a erosionar la certeza de quién decide qué es humano.
No es casual que esta sea la tercera colaboración entre Stone y Lanthimos, después de Pobres criaturas y Tipos de gentileza. Ya no se están midiendo. Hay una confianza mutua que les permite incomodar sin explicar, avanzar sin consolar. Jesse Plemons acompaña como uno de los secuestradores, y su presencia resulta clave: no interpreta a un villano caricaturesco, sino a un convencido. Y eso es mucho más perturbador. Bugonia no se burla del conspiranoico; lo toma en serio. Lo observa como síntoma.
Hay también una decisión formal que sostiene ese clima de inquietud: la fotografía de Robbie Ryan. La cámara rehúye cualquier espectacularidad futurista y se instala en una luz casi doméstica, cotidiana, reconocible. Nada parece ciencia ficción, y justamente por eso todo resulta más inquietante. Si lo alienígena existe, podría estar ocurriendo bajo una luz cualquiera, en una sala cualquiera, sin efectos que nos protejan.
En la temporada de premios 2025–2026, Bugonia ha tenido un recorrido visible, aunque contenido. Recibió tres nominaciones a los Globos de Oro —Mejor Película de Comedia o Musical, Mejor Actriz para Stone y Mejor Actor para Plemons— y obtuvo el premio a Mejor Maquillaje y Peluquería Europea en los Premios del Cine Europeo. Reconocimientos que confirman su lugar en la conversación, pero no la colocan en el centro del sistema. Y no parece casual. La película no ofrece redención clara, ni víctima ejemplar, ni mensaje tranquilizador. La incomodidad no se resuelve; se sostiene.
Por eso Bugonia no es una película fácil. Ni siquiera en su giro final, que no busca sorprender tanto como dejar una inquietud que persiste. Es de esas películas que no terminan cuando aparecen los créditos, sino dos días después, cuando el espectador sigue dándole vueltas a una pregunta incómoda: ¿dónde queda hoy la frontera entre la crítica a la tecnologización, las redes y las teorías de conspiración, y la realidad misma que habitamos?
Lanthimos no ofrece respuestas. Observa. En Bugonia, la sospecha no es una desviación marginal, sino una forma dominante de estar en el mundo. Desconfiar antes que comprender. Reducir al otro antes que escucharlo. La pregunta deja entonces de ser si esas teorías son falsas o verdaderas, y se desplaza hacia un terreno más inquietante: qué nos ocurre como sociedad cuando ya no confiamos ni siquiera en la idea de lo humano.
La película funciona, al mismo tiempo, como una burla feroz a las teorías de conspiración y como una confirmación incómoda: no hay que dudar del ser humano cuando se trata de su capacidad de autodestrucción. El delirio no es inofensivo cuando se vive como misión moral. La certeza sin duda es siempre el primer paso hacia la violencia.
Por eso, hacia el final, la propia ficción empieza a palidecer. No porque sea insuficiente, sino porque la realidad ya la ha alcanzado. Lo que parecía exageración se vuelve plausible; lo que parecía sátira roza el retrato. Bugonia no señala monstruos exteriores. Sugiere algo peor: que quizá el verdadero quiebre ocurre cuando dejamos de reconocernos como parte de algo común. No alienígenas contra humanos, sino humanos cada vez más incapaces de confiar en sí mismos.
comentarios

