Libre en el Sur

EN AMORES CON LA MORENA / Café con lluvia

‘Los caminos de Flore fueron los caminos de la libertad’, escribió Sartre. Tal vez también lo sean nuestros propios cafés.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Una tradición con altibajos en nuestra ciudad comenzó gracias a la presencia de los españoles, los que llegaron antes de la Guerra Civil y los que llegaron por ella. De lo que no fueran los cafés de cadena, si descartamos de la lista al Sanborns que en su primera etapa tenía el distingo de los azulejos y más tarde de una bella casa de época en San Ángel, las viejas cafeterías de peninsulares en el Centro Histórico imponían el ambiente europeo en lugares donde floreció la bohemia y la tertulia, la disertación o la escritura. 

Poco se ha defendido ese patrimonio intangible en nuestra ciudad, como en cambio sí ha ocurrido en emblemáticas capitales europeas. Pero algo de aquello mucho ha quedado y se valora especialmente en días de lluvia con una melancolía digna de cuadros de Van Gogh, por cuyo frente desfilan los paraguas mientras los ventiladores apaciguan los bochornos interiores. Así llega ella, la chica de la bicicleta, con unas gotas de llovizna sobre su chamarra, que se retira y coloca en el respaldo de su silla. Luego de quitarse el casco, se recoge su cabello castaño claro y se arremanga la blusa floreada. Ella misma no repara en su belleza. Lee el menú, pide un expreso doble cortado, pese a su juventud; se coloca los anteojos y clava la mirada en una de las páginas de un libro, remedio para escapar de una realidad que sin embargo nunca desaparecerá con sus bullicios.  

Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir hicieron del Café de Flore, en Saint Germain en París, la guarida del pensamiento crítico desde las postrimerías de los años treinta del siglo pasado y hoy es todavía el santuario de la libertad que ni siquiera fue alterado en los años de la ocupación nazi porque los alemanes –paradojas afortunadas— nunca lo frecuentaron. Sartre, que atrajo a todos los suyos a esa adicción en el existencialismo, tenía mesa fija en el sitio, donde escribió: “Los caminos de Flore fueron los caminos de la libertad”.  Ya tiempo atrás el café había sido ocupado por Picasso y sus pinceladas mentales; y años más tarde la tradición libertaria con sorbos de café intenso o la copa de vino Pouilly blanco fue secundada por Ernest Hemingway y Truman Capote.

La presencia del también mítico Jim Morrison, poeta y vocalista de The Doors, tres semanas antes de suicidarse en la misma ciudad de las luces, da cuenta de que el Flore, hecho por su ambiente de leyenda más que por sus finas tazas de porcelana donde está grabado su nombre en manuscritas, parece inmortal. Como también parece serlo A Brasileira, en Lisboa, Portugal (un café fundado en 1888, un año después que el Flore de París), gracias a los poemas allí escritos por Fernando Pessoa, que aunque muerto nunca se ha ido del lugar. Surgido a la par de ambos, en marzo de 1887, el Café Comercial de Madrid sedujo entre muchos otros a Antonio Machado.

Y el Café de Gijón, tan icónico en el Paseo de la Castellana de la capital española, fundado en 1888, formó en aquellos años parte de “los 14 cafés de la Puerta del Sol”, y tuvo entre sus primeros clientes famosos a Benito Pérez Galdós y Ramón del Valle Inclán. Las tertulias de los escritores se hicieron tan célebres durante varias décadas, antes y después de la Guerra Civil, que a iniciativa del actor Fernando Fernán Gómez se inició en 1949 el Premio Café de Gijón de Novela Corta.

Los mosaicos afuera de A Brasileira, en Lisboa. Foto: Francisco Ortiz Pardo

Sobrará decirlo pero el Café de Gijón fue fundado por un gijonés. Hemos hablado por aquí de la también importante tradición surgida en aquella ciudad asturiana. “El Café Dindurra –escribí-, que era el nombre del teatro adyacente que hoy se llama Jovellanos. Una joya que, ahora me entero, se ha convertido en el más antiguo por ser el sobreviviente entre muchos otros cafés que con reminiscencias parisinas y londinenses surgieron en una época de bonanza económica en la ciudad. De estilo ecléctico primero y luego transformado en 1931 al ambiente decó, es una lindura donde sus columnas de hierro fueron recubiertas con molduras de escayola en forma de flores”.

Algo de todo aquello habrá quedado en los cafés que trajeron los españoles, incluido el Tupinamba (en la calle de Bolívar, Centro Histórico) que de origen catalán fue en otra época el café de reunión de los exiliados españoles pero también de los toreros, artistas y poetas, donde se daban las tertulias después de las faenas. En el drama de la extinción también hay historias confusas. Aunque en el Puerto de Veracruz ya habían hecho nombre cafeterías como La Parroquia, con todo y su tin-tin para pedir con la cuchara golpeada contra la taza la leche al café que se copió del sonido de los viejos tranvías, el establecimiento al que se tiene por más antiguo en el Centro Histórico de nuestra ciudad es el Café de Tacuba, de inicios del siglo 20.

Según una publicación de Algarabía en el periódico Excélsior, al Café de Tacuba siguió la apertura de otros establecimientos como Cazador y Minerva, el Café Colón, la Paix y el Monte Carlo, “que fueron puntos de reunión para las mentes más prolíficas de México, junto con otras tantas casas de café entre las que destacan La Mansión Dorée, Sanborns, el café París y, por supuesto, el Café la Habana ubicado en la esquina de Bucareli y Morelos, donde se reunían comúnmente los periodistas trajeados para conversar, realizar sus entrevistas y donde también, según se dice, se reunieron Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara para gestar la revolución cubana”.

En el Café La Habana. Foto: Francisco Ortiz Pinchetti

Hubo otras cafeterías más discretas pero no menos importantes. En nuestros terruños surgió La Veiga, también de españoles, a donde llegaba la “crema y nata” de la intelectualidad universitaria, sobre todo poetas y escritores de izquierdas, y también periodistas, que desapareció mucho antes del paso del virus. A la par de esos establecimientos, los chinos y los libaneses aportaban lo suyo, los primeros con el famoso “lechero” y los segundos con el café más intenso; como el del Jekemir en la calle de Parroquia, que combina cuatro semillas de tres entidades como para que la chica de cabello castaño claro disfrute de su lectura sin percatarse de su hermosura. En una tarde lluviosa…

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