Libre en el Sur

Sustancia, escenario y promesa

Una taza de café contiene química, conversación y destino.

POR JUAN CARLOS PANTOJA MARTÍNEZ

Una amplia variedad de evocaciones y significados emergen con la sola mención del concepto café. Alude a una bebida, a un lugar, a una promesa, sabe a una posibilidad y eventualmente a compañía.

El café se disfruta, se saborea, sería un despropósito estudiarlo, no obstante, hay quienes lo hacen para y por diversos fines, por ejemplo, económicos -se estima que la industria del café ocupa el 0.5% del Producto Interno Bruto en el sector agrícola- o botánicos con el objeto de cuidar o mejora la calidad de los cafetos. Al respecto y como mera curiosidad e inquietud, nos surgió una interrogante, el grano de café ¿de qué está hecho?, ¿qué contiene?

La curiosidad nos llevó a la química, donde descubrimos que su fórmula es: C8H10N4O2. Se trata de un alcaloide cuyas propiedades estimulan el sistema nervioso central y cuando la cafeína se presenta en estado puro sus cristales son blancos de sabor amargo. La sustancia de mayor rating y fama del café, sin duda es la cafeína, empero también se encuentran diversos minerales y otras sustancias como Trigonelina, Lípidos, Acido Clorogénico, Acido Alifáticos, Oligosacáridos, Polisacáridos, Aminoácidos, Proteínas, Ácidos Húmicos.

Foto: Francisco Ortiz Pardo

Estos ingredientes existentes en el café, desde cierto punto de vista no dejan de ser interesantes, aunque dadas nuestras filias referenciales, también podemos pensar al café ya no como sustancia, sino como escenario, -ahí donde se instalan los actores en la ejecución de su personaje, el solitario, el que hace como que lee, el hace como que escribe, el que está acompañado, el que escucha, el platicador, así como la decoración según la temática, los complementos en las mesas con ahora la imprescindible azúcar light-; como establecimiento -sea el lugar tradicional, el café familiar, el del barrio, o las marcas emergentes del marketing que dan una efímera fantasía de posición social, dejando al lado precisamente el café-; o bien, se trata de, en palabras de Marc Augé, un no-lugar, en el que estamos de paso, es un lugar que nos pertenece mientras dura el café, una vez concluido seguimos nuestro tránsito.

Foto: Francisco Ortiz Pardo

Desde la psicología colectiva el café podría ser visto como un espacio público al que, en el mejor de los casos, puede ingresar cualquiera persona; el área que ocupan las mesas se trata de otro espacio, ahora semi público porque no ingresa quien no sea invitado y semi privado porque solo acepta interrupciones derivadas de los actores del servicio.

Las líneas precedentes van del mismo modo en que se empieza a disfrutar de un buen café: bordeando los contornos de la taza, y es que solamente se ha rodeado un poco sobre el café y sobre los cafés, nos falta adentrarnos al café en sí, al momento en el que la calidad y cualidad de la bebida y del escenario, pasan a un segundo plano. A ese momento sublime en el que se deleita el paladar con el sabor amargo, instante en el que el vapor dibuja siluetas en el aire. Es aquí donde se construyen expectativas, ideas, el mundo, se comparten chismes, nostalgias, reclamos, se hacen planes, proyectos, emergen deseos y fantasías, se exalta la pasión por la promesa dicha o no dicha de la compañía, donde se tejen expectativas, donde se disfruta el sabor del tiempo; aunque también en el café, es posible cancelar posibilidades, concluir relaciones. Sea lo que sea, fortunios e infortunios no son lo mismo cuando se acompañan con un buen café.

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