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SALDOS Y NOVEDADES / Convenciones

El pinche 2022 abre la puerta al 2023, el nuevo Año Nuevo, la esperanza individual y colectiva, la nueva oportunidad de volver a creer y también de sentir, de vivir y de amar que, por cierto -que no se olvide-, también podrán traer sufrimiento”.

POR GERARDO GALARZA

De acuerdo con nuestras convenciones, el fin de año es el mejor motivo para hacer recuentos.

Es un momento en que los recuerdos acumulados a lo largo de 12 meses regresan casi como acuden las plaquetas -la células sanguíneas más pequeñas- a taponar cualquier herida.

El escribidor tiene claro que la medición del tiempo, como otras mediciones, inclusive las científicas, son meras convenciones humanas, que nos convienen, como ya lo ha escrito por aquí. ¿Acaso para los marcianos H2O significa agua? O ¿la hora venusina tiene 60 segundos?  ¿La primavera de Júpiter comienza el 21 de marzo? ¿Existen nuestros doce meses en Saturno o más allá de la Vía Láctea? ¿Cuándo es año nuevo en algo más cercano como Venus?

Nuestras convenciones son necesarias para ponernos más o menos de acuerdo y en desacuerdo también. Ya ven ustedes el caso del Horario de Verano en México: muchos querían regresar al él, pero en cuanto se dieron cuenta que a las seis y media de la tarde había que decir buenas noches, pues protestaron. Y ¿quién nos dijo que las seis de tarde son las seis de la tarde? Lo aceptamos en un supuesto beneficio de la vida en común, aunque en nuestra misa tierra esa hora ocurre a diferente “hora” según la parte del mundo donde se esté.

Así, para nosotros un año equivale al tiempo en el que nuestro (es un decir, claro) planeta recorre una órbita a nuestro sol, que en números humanos equivale a 364-366 días, a según del año que se trate, ya ven que hay años bisiestos. Y con la medida de los años medimos nuestra propia edad. Pero ¿los 999 años o algo así de Matusalén equivalen a 999 años del siglo XXI? O ¿por qué nuestros años cristianos no coinciden con los años judíos? En fin.

Generalmente, las pérdidas duelen mucho más que lo que se disfruta de las ganancias. Éstas siempre aparecen, se cree, como respuestas a la lucha, a los esfuerzos, a los sacrificios.

El caso es que nosotros, en nuestro mundo occidental judeocristiano, estamos celebrando el fin del año 2022 después de Cristo. Judíos, chinos y los de otras culturas tienen su propia medida del tiempo.

Y como ustedes saben, el 2022 de “nuestra era” ha sido un año muy peculiar. Digamos que, como dice el pueblo malo e ignorante, cada quien habla según le fue en la feria.

Y en esa feria, la personal y la del entorno, el 2022 ha sido un año muy pinche, por decirlo de alguna manera más o menos clara y exacta. Aunque para otros haya sido un buen y hasta un gran año. Es un año, como otros, que no se va a olvidar, por lo bueno y por lo malo.

Generalmente, las pérdidas duelen mucho más que lo que se disfruta de las ganancias. Éstas siempre aparecen, se cree, como respuestas a la lucha, a los esfuerzos, a los sacrificios. Las otras, no; son inexplicables; ¿por qué a mí?, es la pregunta sin respuesta. Las victorias son merecidas; las derrotas, injustas, tratamos de consolarnos.

El 2022 fue el segundo año de una pandemia que no acaba de ser controlada, con sus efectos en la salud pública, en la salud familiar y en la salud personal y sus daños colaterales (al parecer así se dice), sin contar con otros daños más o menos importantes; económicos (personales, pero también colectivos), políticos y sociales. Lo fue para todos.

Pero a la hora de recuento, los humanos nos vamos a lo individual y, -honda y lamentablemente-, pesan más las pérdidas: la muerte de la pareja, del amor de la vida; la propia salud quebrantada, la salud afectada de los hijos, los hermanos, los sobrinos, los amigos, los padres para quienes todavía los gozan. También el desempleo, la angustia, el estrés, los dolores físicos, la desesperanza en el futuro.

No es un buen recuento, pero estoy seguro de que hay peores… la letanía es casi para terapia.

A cambio del recuento de las desgracias, a nadie escapa la buenaventura de los amigos, los muchos que reaparecen, los presentes y los ausentes. Todos ellos también son las plaquetas que de inmediato acuden a resanar las heridas.

Por ellos, los amigos, el escribidor conoció, reconoció palabras, frases, versos, poemas, canciones, libros, historias, películas, besos y abrazos que le hacían falta.

La muerte contra Sonia Elizabet me agarró leyendo “Volver la vista atrás”, del colombiano Juan Gabriel Vásquez (ella leía a Walt Whitman y a Elías Chávez), y me obligó a releer “La ridícula idea de no volver a verte”, de Rosa Montero, que ambos ya habíamos leído y comentado meses antes y que se nos volvió realidad a la mala. Una ridícula idea que se transformó en un estúpido hecho, una infinita tristeza.

Recuperé “Los locos bajitos” y “Las malas compañías” de Serrat, que compartíamos, y también “Una pálida sombra” de The Procul Harum, y adopté “Lágrimas en el cielo” de Eric Clapton como una de nuestras nuevas canciones, porque no fue la única.

En medio de la desventura y como de pasada, Adela MacSwinney sugirió buscar en You Tube la canción “Aunque tú no lo sepas” con Enrique Urquijo y Los Problemas. Y a estas alturas de la vida, esa canción se ha vuelto un nuevo himno personal, una nueva ganancia. Ya les contaré un día, si el tiempo y la autoridad, como decían los carteles taurinos, lo permiten.

Perdón por la disgregación. La historia personal es la misma que la de todos. También celebro la vida, cuyas fiestas la mantienen viva.

Todos hemos tenido ganancias y pérdidas a lo largo del año. Cada uno y todos hemos sabido como resolverlas sobrellevarlas, sufrirlas y festejarlas. A la hora de recuento, del balance según dirán los contadores, deberá mostrar superávit, una ganancia, aunque sea de lágrimas.

La única ventaja de un Año Viejo es que permite la llegada de un Año Nuevo.

El pinche 2022 abre la puerta al 2023, el nuevo Año Nuevo, la esperanza individual y colectiva, la nueva oportunidad de volver a creer y también de sentir, de vivir y de amar, que, por cierto -que no se olvide-, también podrán traer sufrimiento. Ya ni modo. Es la vida, sin convención humana alguna.

¡Feliz Año Nuevo!

…con él deberán llegar de inmediato y nuevamente los Reyes Magos, aquellos que traen regalos; no los olviden, son parte de la misma historia, otra de las convenciones humanas, esas que permiten que a partir de enero deseemos ya la esperanza que significará el 2024 y así.                                         

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