“La responsabilidad no recae sólo en los organizadores: corresponde a los aficionados, a las federaciones y a los medios exigir transparencia y ética en cada gran evento deportivo. El fútbol no debería necesitar mártires para existir…”
POR NANCY CASTRO
Un mundial de fútbol que encuentra muertos, revela tarde o temprano, la realidad oscura que quiso enterrar bajo sus estadios. Y es que cuando una fiesta se construye sobre cuerpos que nunca tuvieron despedida, algo, queda vibrando en el aire. La celebración más vista del planeta puede ser, también, el escenario perfecto para esconder la tragedia.
En Zapopan, Jalisco, mientras las máquinas abrían la tierra para ajustar los cimientos del estadio que pronto recibirán al mundo entero, ocurrió un hallazgo que apenas logró romper la superficie del silencio. Más de cuatrocientas bolsas negras, hinchadas, pegadas imposibles de ignorar aparecieron el pasado noviembre.
El negocio del fútbol implica intereses económicos que destapa cloacas, cubre tragedias y sacrifica vidas…”
Una verdad enterrada que ya no aguantaba más. No eran cifras, eran restos. No eran datos, eran cuerpos. Pero aún así, la noticia pasó rápido, casi sin ruido, como si se tratara de un contratiempo menor en la maquinaria que se prepara para el Mundial.
Un evento así puede traer turismo, inversión, festividad… pero también puede funcionar como una cortina brillante que intenta ocultar, sin lograrlo del todo, la violencia que sostiene un país en luto con más de 40 personas desaparecidas diariamente. La fiesta global no borra los cuerpos ni las ausencias; sólo ilumina un contraste brutal entre la euforia de la vitrina y el dolor cotidiano persiste, invisible para los que solo miran los reflectores.
Se reunieron los mandatarios de los tres países anfitriones, México, Canadá y Estados Unidos en Washington en el sorteo de la Copa Mundial. A simple vista, una cumbre diplomática más: banderas alineadas, alfombras perfectamente aspiradas, sonrisas ensayadas frente a los flashes. Una puesta en escena meticulosamente diseñada para transmitir armonía, cooperación, futuro compartido.
No fue un encuentro cualquiera. Era la primera vez que se veían. Después de un año entero en el que Trump ha mantenido a México bajo presión constante, subiendo aranceles como si fueran palancas de castigo, empujando al país a concesiones silenciosas, casi humillantes.
Ahora, frente a las cámaras, los tres mandatarios intentan reconstruir una imagen de diálogo, aunque el desequilibrio se muestra en los micromovimientos: en que avanza primero a estrechar la mano, en quién se inclinaba más, en quién evitaba sostener la mirada. Y mientras los mandatarios posaban con sonrisas prestadas: la conversación pública estaba en otra parte: en la Copa del Mundo, un evento que —como suele ocurrir cada cuatro años— se convierte en el espejo donde se proyectan ilusiones nacionales, frustraciones colectivas y una especie de tregua emocional.

Pero incluso ese espectáculo global funciona como recordatorio incómodo: mientras el mundo celebra goles, alianzas improvisadas y narrativas de “competencia justa”, en la política continental seguimos jugando un partido donde las reglas cambian según el capricho del más fuerte. La FIFA presume meritocracia; en Norteamérica, la diplomacia opera más como un torneo amañado. Y quizás por eso la Copa del Mundo sirve para medir expectativas: en el fútbol, México sueña con un quinto partido; en la geopolítica, apenas con que no vuelvan a ponerle la bota en el cuello.
La Fundación para la Democracia Internacional lo ratificó en 2022: detrás de la pasión por el fútbol se esconde una realidad que muchos prefieren no mirar. Más de 6,500 trabajadores han muerto en las obras vinculadas a este espectáculo global, un promedio de doce vidas por semana desde 2010.
La cifra fría y contundente, revela el costo humano de un deporte que moviliza multitudes y fortunas, pero que también puede levantar estadios sobre silencios incómodos. Mientras celebramos goles, trofeos y narrativas de grandeza, es inevitable preguntarse cuántas de esas historias se sostienen, literalmente, sobre sacrificios invisibles.
La responsabilidad no recae sólo en los organizadores: corresponde a los aficionados, a las federaciones y a los medios exigir transparencia y ética en cada gran evento deportivo. El fútbol no debería necesitar mártires para existir.
Si pensamos en el Mundial como una cortina comercial —un evento que concentra atención, emociones y consumo— entonces cuando termina suelen ocurrir varias cosas a nivel social, económico y emocional. No es una “catástrofe”, pero sí un reacomodo:
1. Se cae la burbuja emocional.
Durante el Mundial hay un clima de euforia, identidad colectiva, eventos sociales y un sentido de propósito compartido.
Cuando termina, vuelve el ritmo cotidiano y muchas personas sienten una especie de “bajón post-evento”. Es normal: desaparece ese foco común que reunía a todos.
2. Se reconfigura la agenda mediática.
Los medios dejan de saturar con fútbol y retoman temas que habían quedado desplazados:
Problemas políticos
Conflictos económicos
Escándalos pausados
Debates locales
En ese sentido, el fin del Mundial suele traer de vuelta lo que estaba “tapado”.
3. Se ajusta la economía.
La maquinaria publicitaria y comercial alrededor del Mundial es enorme. Cuando se apaga:
Bajan las ventas impulsadas por el torneo (alcohol, comida, televisores, merchandising)
Desaparecen muchas campañas de marketing
Algunos sectores sienten una caída
Otros recuperan espacio (cultura, cine, turismo, etc.)
4. Queda un vacío de cohesión.
Los eventos deportivos globales funcionan como pegamento emocional. Al terminar, resurgen tensiones sociales o políticas que habían quedado diluidas por la narrativa de “todos unidos”.
5. En algunos países, empieza la resaca política.
Gobiernos suelen usar el Mundial como distractor o amortiguador emocional. Al terminar, el desgaste, la inconformidad o las reformas vuelven a la superficie.
Finalmente el negocio del fútbol implica intereses económicos que destapa cloacas, cubre tragedias y sacrifica vidas. Todo para seguir enriqueciendo a unos cuantos a costa de millones de personas.
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