Alguien obligado a pararse porque el cuerpo adolorido así lo exige, no puede instalarse en un presente estático; su esperanza y motor están puestos en el futuro.
POR ANA CECILIA TERRAZAS
Dice un joven, estudioso, amable y muy ético doctor ortopedista, Gilberto Villeda, que todas las personas hayan o no hecho deporte de jóvenes, cuando son adultas, tienen desgaste de meniscos. Los meniscos son (esta no es la definición que él da, aunque sabe dejarle clarísimo a las y los pacientes qué sí son en realidad) esos sujetadores-amortiguadores-de la rodilla, que la exceden, la ayudan, la apoyan. Cualquier cambio brusco de dirección, salto, alto impacto o movimiento súbito, puede lastimar más a esos meniscos desgastados y entonces puede venir el famoso “dolor de rodillas” de muchas personas adultas o adultas mayores. La fortuna es que, si no están completamente desechos, quizá con medicamentos, fisioterapia, infiltraciones, descanso y compresas se pueda superar el dolor para volver a caminar como se debe. La mala noticia es que, esos movimientos rápidos y contradictorios, para rodillas gastadas, nunca más podrán dejar de ser una amenaza, que pueda incluso derivar en cirugía. Bailes y coreografías, saltos y movimientos que vayan y vengan abruptamente, que fuercen las vueltas, pueden dejar a una persona adolorida y hasta sin caminar. Son, dijo Villeda, “microtraumatismos agresivos”.
Dar la vuelta sin caminar, como se ha dicho en otras columnas, por supuesto, es posible. Está la vuelta mental y la circunspección. Está también la vuelta por la imaginación que distraída va cayendo en puertos confusos, difusos y sin atracar. Existe la vuelta a causa de una lectura, la vuelta mística y la vuelta astral, que dicen quienes la experimentan les permite dejar el cuerpo (cualquiera que sea su estado) para navegar timoneados por la pura conciencia (alma, espíritu o como se le quiera llamar). La vuelta que se dará, en un futuro, esa es la más complicada; esa conlleva paciencia. Conozco a una persona inigualable que, de hecho, quiere tomar un día la decisión –cuando su organismo esté en condiciones tan adulteradas que ya no le agrade esa forma de funcionar– de dar la media vuelta y salirse voluntariamente de su cuerpo para comenzar el otro inconmensurable viaje.
Cuando alguien deja de poder caminar está forzado a sentarse, a suspender sus rutinas, a cambiar de rumbo. Sin embargo, alguien obligado a pararse porque el cuerpo adolorido así lo exige, no puede instalarse en un presente estático; su esperanza y motor están puestos en el futuro, aquel en el que recupera los pasos y las posibilidades de andar. Cualquier fisioterapeuta, si es profesional, recomienda, de todas maneras (sin autogenerar dolor) que nadie deje de moverse, que se siga avanzando como se pueda. Cuerpo inmóvil, cuerpo en fuga. Dar la vuelta a pasitos, con rengueo, con cojera, es lo único posible para, eventualmente, poder volver a dar la vuelta con todo, la vuelta luminosa, la vuelta que viene directo del Qi primigenio, original.
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