No recordamos en orden: recordamos por canciones, por gestos, por imágenes que se nos quedaron
POR FRANCISCO ORTIZ PARDO
Uno pasa de largo. Siempre pasa de largo. El Metro no está hecho para quedarse mirando paredes, sino para llegar. Bajamos las escaleras con la cabeza en otra cosa, miramos el suelo, el teléfono, el reloj. Y aun así, en el Museo de la Radio, en la estación Parque de los Venados de la Línea 12, el mural se queda trabajando mientras nosotros seguimos. Está ahí para ese momento en que creemos que no estamos mirando nada, pero algo —sin ruido— se nos queda adentro.
Los rostros aparecen amontonados, superpuestos, sin jerarquía ni cronología. No es un mural de rock como el de la estación Auditorio. No intenta levantar un panteón ni ordenar genealogías. Es algo más modesto y, al mismo tiempo, más amplio: un registro de cómo la cultura popular se fue acumulando en nosotros sin pedir coherencia. Aquí no hay épica ni solemnidad; hay costumbre, herencia cotidiana…
El mural es, de sopetón, la música que acompaña nuestra memoria emocional, más allá del gusto de cada quien. No importa si fuimos fans o detractores, si alguna vez compramos un disco o cambiamos de estación. Estas canciones estuvieron ahí mientras crecíamos, mientras aprendíamos a nombrar la pérdida, la alegría exagerada, el abandono, el deseo. No son preferencias: son fondo. Son el sonido que se quedó cuando ya no estábamos poniendo atención.
Esos sonidos involuntarios que se colaban por las bocinas del microbús cuando de chamacos nos trasladábamos de un lado a otro. En la radio La Pantera, Radio Felicidad, Estéreo Cien, Radioactivo, Sinfonola…
Ahí está Pedro Infante, reconocible de inmediato. El rostro limpio, la mirada franca, la sonrisa que todavía cree. Representa un país que aprendió pronto que la tragedia podía cantarse sin romperse del todo. Cultura popular en su forma temprana: caricaturizar la desgracia para hacerla llevadera, para que doliera menos. Con Pedro, el dolor todavía podía silbarse.
Un poco más allá aparece José Alfredo Jiménez. Más ancho, más cansado, más definitivo. Si Pedro era la promesa, José Alfredo es el resultado. Aquí la caricatura se endurece y se vuelve sentencia. Ya no hay redención ni consuelo, solo verdades dichas de frente. Con él aprendimos que el fracaso también se hereda, se brinda y se canta sin pedir absolución.
Juan Gabriel está ahí sin defensa. El gesto abierto, vulnerable, desbordado. No hay contención ni cálculo: solo emoción expuesta. La cultura popular ya había decidido sentir desde mucho antes, casi siempre exagerando la tragedia, a veces desde la cursilería, a veces desde el pudor. Con Juan Gabriel ese impulso se lleva al límite: se exagera, se llora, se vuelve espectáculo la herida. No inaugura el sentimiento; lo empuja hasta que ya no cabe en el cuerpo.
Ahí está también José José. Su gesto melancólico y su voz, imposible de olvidar, se cuelan en la memoria colectiva de esta ciudad. Habla de la bohemia que se hace en bares casi vacíos, de los amores que terminan al salir de la oficina, de los días en que el desamor se convierte en rutina. Es la banda sonora de la vida después del reloj de tarjeta: música de oficinistas a coro, la subcultura godín que canta bajito frente a la computadora, que levanta la copa sola al final de la jornada y vuelve a casa con nostalgia contenida. Para muchos, su presencia en el mural no es solo un retrato; es un recordatorio de que la ciudad también sabe llorar mientras se emborracha con ron.
También están los que llegaron de fuera y se quedaron, porque esta ciudad siempre ha sido puerto. Elvis Presley, con la mandíbula dura y el cuerpo vuelto símbolo: la tragedia encapsulada en una imagen perfecta. Freddie Mercury, boca abierta, gesto total, la emoción llevada al exceso como forma de libertad. Gustavo Cerati, más hacia adentro, urbano, melancólico, como si el dolor necesitara pausa y pensamiento antes de decirse.

Madonna aparece con los labios carmín, la sensualidad asumida como lenguaje y la mirada frontal de quien sabe que el cuerpo también es un territorio político. No es solo control de la escena: es la feminidad reapropiada como poder. Su presencia, casi solitaria, revela otra cosa: la misoginia estructural del cartel cultural que heredamos, donde las mujeres casi no figuran. Ella no compensa la ausencia; la expone.
Y ahí está Beethoven, el anacronismo deliberado. El único que no pertenece al espectáculo ni a la cultura pop. Su presencia recuerda algo esencial: antes del ídolo, antes del escenario, antes del ruido, hubo alguien peleándose a solas con el sonido. La tragedia sin caricatura, sin público, sin coro.
Un poco más allá aparece Michael Jackson. La energía contenida en cada gesto, el movimiento imposible que parece desafiar la gravedad y el tiempo, lo convierte en un recuerdo colectivo que nunca deja de moverse en nuestra memoria. Es la fascinación por lo extraordinario en medio de lo cotidiano: los pasos de baile que imitan los adolescentes en el metro, los giros inesperados de la vida que parecen coreografiados sin previo aviso.
Lola Beltrán, que alguna vez habitó una casa muy cerca de ahí, en la colonia Narvarte, casi se difumina, haciéndose chiquita, cuando nos viene ese estribillo de “Mi ciudad es chinampa en un lago escondido…”. Cuando su voz llega en la memoria —ese timbre que parece acariciar el aire antes de llenarlo— nos recuerda que la historia de la ciudad está hecha de canciones que sobreviven en el murmullo de los que la habitan.
Y John Lennon, con sus gafas redondas y la calma de quien observa todo desde la distancia. Su mirada en el mural recuerda que la protesta, la utopía y la poesía pueden coexistir con la rutina diaria. Es la voz de quienes sueñan mientras hacen fila, toman café o miran el tráfico de la ciudad, un hilo que conecta la introspección con la acción, la memoria con la esperanza.
El mural no busca cerrar la lista ni ofrecer una enciclopedia. Amontona, porque así funciona la memoria real. No recordamos en orden: recordamos por canciones, por gestos, por imágenes que se nos quedaron. Puede que falten nombres, puede que sobren otros. No importa. No es una lista: es un espejo.
Todo eso sigue sonando abajo, en el subterráneo, como si la ciudad llevara su propio reproductor de recuerdos. Pasamos de largo. Pero lo llevamos dentro.
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