Libre en el Sur

El cordón umbilical se corta por los dos lados

Cuando vi nacer a mis hijas pensé que nunca me alejaría de ellas, pero sin saberlo me preparaba para ese momento.

POR MARIANA LEÑERO

Se acabó el resguardo familiar. Hay que despedir a las hijas y acostumbrarse de nuevo a la vida sin ellas. Las despedidas colocan en pausa besos, olores y risas. Te cambian de lugar pero no te quitan el pasado, lo vivido, el tesoro de ser madre.  Se me había olvidado el dolor incómodo del adiós pesado como sus maletas y que en Estados Unidos los hijos se despiden más temprano.

La maternidad llena, aprieta, estira, alegra, entristece, entusiasma, apabulla, doblega, ensalza…  Es un ir y venir de bienvenidas y despedidas.       

Por 21 años viví con mis hijas una vida paralela. Sus logros y fracasos eran mis logros y mis fracasos. Esperaba con ansiedad los regalos de Navidad y me emocionaba usar el nuevo disfraz para la fiesta. Aprendí de memoria el guión de la obra de teatro escolar, la coreografía del festival de baile. Ganó mi equipo y también perdió.  Cada mes cambiaba la talla de mi ropa, me crecían los pies como mis sueños e ilusiones.

Viviendo con mis hijas sentí el dolor de las vacunas, la fiebre y los paños de agua fría, los retortijones y el insoportable dolor de oído y muelas.  Mi vida tenía la imaginación acelerada y la emoción a flor de piel.

Con el pasar del tiempo las piernas comenzaron a quedarme cortas para alcanzarlas. Las líneas paralelas de mi vida se iban separando implacablemente obligándome a encontrar su intersección.        

Cuando vi nacer a mis hijas pensé que nunca me alejaría de ellas, pero sin saberlo me preparaba para ese momento. Las empujé a crecer, aplaudí sus primeros pasos y primeras palabras, alimenté su curiosidad y creatividad para que aprendieran acompañarse solas. Me empeñaba a que no le temieran a su individualidad, a los rechazos, a los miedos, a las lágrimas, en fin, a los dolores de la vida.  

Al convertirme en mamá tampoco sabía que sería capaz de gritar y enojarme exageradamente, que las llenaría de mis propios miedos y que podría ser injusta.  No me imaginé en que habría momentos que no sabría quedarme callada cuando tenía que escuchar y que existirían días en que las abrazaría tanto que no las dejaría respirar.

Aunque sabía que cometería errores, no me imaginé el montón de huecos que dejarían mis imperfecciones. Hay varias cosas que espero puedan perdonar, algunas las sé, otras no.   

Pero pese a todo eso, cuando las alcanza mi vista veo que están bien, que puedo dormir tranquila y comenzar a soñar mis sueños.

Sin la presencia de los hijos te toca escribir y aprender los guiones de tu propia vida, te ocupas de tu fiebre y tus retortijones. Esperas cumplir proyectos que dejaste en pausa usando tu propio calendario. Aun cuando no cambias de talla de ropa, ni número de zapato, encuentras gustos nuevos y aparecen nuevos planes.

No puedo negar que a través de las despedidas comienzo a verme con más detenimiento. En el vacío de su silencio se han agudizado mis oídos para escuchar mis sonidos y disfrutar de los que produce la vida en pareja.  

También confío que ellas, en la distancia serán capaces de traer a su memoria canciones aprendidas, historias escuchadas, aventuras vividas y un montón de carcajadas.  Sé que hay amores que no olvidan, porque están tallados en el árbol de la vida.  Estoy segura que cuando les hagan falta abrazos incondicionales y la ternura del amor que solo un padre puede dar, regresen.

Y pese que cada despedida duele soy capaz de admirar su prisa por conocer el mundo y aprendo de su valentía por vivirlo.  Cada vez que las despido y que me encuentro mirando lo que a mí me espera, me toca recordar que el cordón umbilical se corta por los dos lados y que hay que continuar viviendo.

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