Libre en el Sur

EN AMORES CON LA MORENA / Un ‘Oppenheimer’ altanero

En el dilema de Oppenheimer está la pregunta “¿ciencia para qué”? Pero Christopher Nolan no se pregunta ni se responde sobre sus contradicciones culturales.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Al consagrar su carrera como director cinematográfico con Oppenheimer, Christopher Nolan abre más que un dilema ético acerca del beneficio per se de la ciencia para la humanidad.

Tal dilema puesto en el personaje central –Robert Opppenheimer, el creador de la bomba atómica— parece sin embargo una encrucijada del mismo Nolan, que en el guión de su autoría apapacha por un lado los sentimientos antibélicos y por el otro justifica los excesos del mundo occidental. El argumento es fuerte y sostenible, eso sí; y el director originario de Londres lo lleva a cabo a través de una película producida con dinero norteamericano, impecable en cuidados técnicos y actuaciones que dinamitan la tranquilidad del espectador hasta el sacudimiento interno, como sin escapatoria en el asiento, por un tema que se daba por resuelto.

Y es que en Oppenhaimer todo es grandilocuente, aún cuando el director renuncia al uso de tecnologías de la computación para los efectos especiales y logra la nitidez imposible en la imagen y el sonido.  

En el espejo creativo del dilema planteado en la película está el Bhagavad Gita (por su fonética en castellano), un texto clásico que equivale a La Biblia para el hinduismo, una religión a la que en India siguen unos mil millones de personas, alrededor del triple del total de habitantes de los Estados Unidos.

Los hinduistas, que conviven en el territorio de manera pacífica con budistas, católicos y otras tradiciones religiosas, sostienen que cada una de las 700 estrofas que componen en sánscrito ese libro sagrado fueron dictadas por las diferentes divinidades a poetas, filósofos y sabios que vivieron 5,000 años antes de Cristo; aunque hay quienes sostienen que esos escritos fueron escritos hace unos 15 siglos. Como sea, su antecedente en medio de una complejidad histórica con una multiplicidad de ramificaciones se encuentra en una cultura efectivamente muy anterior a la ciencia occidental moderna, de dos milenios antes de nuestra era: los vedas, plural del vocablo que curiosamente quiere decir “conocimiento”.

El verdadero Oppenheimer tuvo efectivamente la frase en su cabeza, pero la manifestó en una situación muy distante de los sudores de la pasión.

El breviario viene al caso, primero, por una natural contrastación de la ciencia en occidente, que se presenta magnificente, una supremacía casi como verdad divina, frente a culturas milenarias donde había ya una gran sabiduría, que para ellos era dictada por los dioses. O sea que en un caso la ciencia se concibe como algo casi religioso y en el otro la religión es una ciencia. Ambas posturas tienden a no ver sus desventajas, y en ello va que no hay el reconocimiento de su falibilidad, aunque la ciencia yoguística busca siempre que se encuentren.

En ese prejuicio entona Oppenheimer, la película. Actuado magistralmente por un escuálido Cillian Murphy, el personaje es reinventado en una escena de cama, tal vez la secuencia mejor lograda de toda la película, ciertamente efectiva; no solo por la carga erótica de la muy bella actriz Florence Pugh, que transita poderosa y envolvente de la pantalla hacia las butacas sino porque, justo en el momento menos “científico”, se pretende justificar una acción criminal. En su dicha de ‘galán’ que seduce a una comunista, el Oppenhaimer de Nolan recupera la cita del Bhagavad Gita donde la divinidad postula: “Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”. Así, Nolan enfatiza la expresión en una escena imborrable por su fuerza, con una religión ajena (de origen judío, la familia de Oppenhaimer se aproximó al protestantismo), que se quedará en la mente del espectador.  

El verdadero Oppenheimer tuvo efectivamente la frase delhinduismo en su cabeza, pero la manifestó en una situación muy distante de los sudores de la pasión. No poca cosa cuando llevamos décadas escuchando que en el comportamiento bélico de los Estados Unidos ha estado más presente la idea de la omnipotencia racial que la de la defensa de todo ser humano. La misma sustitución de Dios, que ha designado a los estadounidenses los salvadores del mundo.

En atomicarhcive.com encuentro las palabras reales de Oppenheimer, aunque el video no precisa la fecha de la conferencia en que las dijo:

“Sabíamos que el mundo no sería el mismo. Algunas personas se rieron, algunas personas lloraron, la mayoría se quedó en silencio. Recordé la línea de la escritura hindú, el Bhagavad Gita. Vishnu está tratando de persuadir al Príncipe de que debe cumplir con su deber y, para impresionarlo, adopta su forma de múltiples brazos y dice: ‘Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos’. Supongo que todos pensamos eso de una forma u otra”.

En una interpretación más teológica, en el contexto del hinduismo, la expresión se refiere a “yo soy el tiempo, ellos están muertos”. En otras palabras, se trata del karma, paradójicamente hoy tan zarandeado por la cultura del consumo en este lado del mundo.

La ciencia occidental no puede presumir verdad cuando aparece el ejemplo de ella en la bomba atómica, según el reconocimiento implícito de un Oppenheimer arrepentido. Recientemente vivimos la impotencia de los científicos ante una cifra que supera –oficialmente– siete millones de muertos por el Covid-19, a pesar de los recursos incalculables destinados a la investigación científica en el último siglo. La frase lapidaria de “es ciencia” desdeña la validez de otras ciencias en otros mundos. La llamada “evidencia” es el arma de la supremacía que desconoce las tantas veces en que la ciencia occidental no ha hecho más que confirmar, con el “método científico”, viejas sabidurías.

En el dilema de Oppenheimer está la pregunta “¿ciencia para qué”? Pero Nolan no se pregunta ni se responde sobre sus contradicciones culturales; se descubre involuntariamente en su guión, que prácticamente victimiza a los científicos norteamericanos. Así que el nacionalismo no termina siendo una exclusividad de los nazis, como tampoco lo es de los radicales en India.

A propósito Uday Mahurkar, funcionario de alto rango de la Comisión de Información del gobierno de India, escribió una carta a Nolan:

La Bhagwad Geeta es una de las escrituras más veneradas del hinduismo. La Geeta ha sido la inspiración de innumerables sanyasis, brahmcharis y leyendas que viven una vida de autocontrol y realizan nobles acciones desinteresadas.

Desconocemos la motivación y la lógica que hay detrás de esta escena innecesaria sobre la vida de un científico. Pero se trata de un ataque directo a las creencias religiosas de mil millones de hindúes tolerantes, más bien equivale a librar una guerra contra la comunidad hindú y casi parece formar parte de una conspiración mayor de las fuerzas antihindúes.

Vivimos en un mundo muy polarizado. Las agencias, los medios de comunicación, la política e incluso la industria cinematográfica de Hollywood son muy sensibles al hecho de que el Corán y el Islam no se representen de ninguna manera que pueda ofender el sistema de valores de un musulmán común, incluso si se hace algo basado en el terrorismo islamista. Hay un término que se ha hecho popular para aquellos que intentan cruzar esta línea roja: islamofobia.

¿Por qué no extender la misma cortesía a los hindúes?

Usted goza de gran admiración en la India por su arte cinematográfico. Creemos que si elimina esta escena y hace lo necesario para ganarse el corazón de los hindúes, contribuirá en gran medida a establecer sus credenciales como ser humano sensibilizado y le regalará la amistad de miles de millones de personas agradables.

Le instamos, en nombre de los miles de millones de hindúes y de la eterna tradición de vidas transformadas por la venerada Geeta, a que haga todo lo necesario para defender la dignidad de su venerado libro y elimine esta escena de su película en todo el mundo.

Si decide ignorar este llamamiento, se considerará un ataque deliberado a la civilización india.

Nunca se defenderá aquí la censura, por supuesto; ni siquiera se avalará la solicitud de ella. Pero se apreciará que haya menos altanería y en su lugar sea colocada la mesura que reconoce al mundo como un sistema de creencias diversas. Nada de eso demerita esta obra enorme de Nolan, la más divina de todas las suyas porque es la mejor. 

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