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Enero no es un comienzo

“El teléfono no solo guarda memoria. La acumula. Se vuelve depósito de lo importante, de lo urgente y de lo que no sabemos soltar. No siempre lo usamos. Lo aseguramos. No lo consultamos. Lo protegemos como un amuleto precioso”.

POR MARIANA LEÑERO

Enero llega con una publicidad engañosa. Como si fuera un botón de “inicio” emocional, financiero y existencial. Como si alguien apagara diciembre y, al día siguiente, amaneciéramos ligeros, ordenados, con propósitos claros y una agenda limpia. Pero no. La verdad es que enero no borra nada, o no por completo. Sigue. Para los optimistas, está en proceso de rebobinado. Pero, siendo sinceros, los conflictos que no se resolvieron antes de las uvas siguen ahí. Los cuerpos están cansados también. Las ciudades no se detienen. La vida, básicamente, sigue su curso.

Y para recibir diciembre llegué a un lugar al que nadie quiere ir. No empezó como metáfora. Fue un evento concreto, absurdo y profundamente moderno.

Mi teléfono colapsó.

No se perdió. No me lo robaron. No se cayó al mar ni lo olvidé en un Uber. Simplemente dijo basta. Saturado. Exhausto.                                            

Y ocurrió cuando no debía. A días de Navidad, antes de un viaje, cuando todo depende de ese aparato. El último mensaje del trabajo para cerrar los pendientes de enero. El pase de abordar. Los textos de mis hijas con preguntas perfectamente razonables y, por lo mismo, urgentes. A eso súmale proyectos a punto de firmarse, el invoice que tienes que mandar para que llegue el cheque y cuadren los gastos del viaje.

La pantalla habló

Storage Full.

iPhone Storage Almost Full.

iCloud Storage is Full.

No era un aviso. Era un reclamo.

¿Qué más chingados quieres guardar?

¿Cuántos recuerdos te parecen suficientes?

¿Cuántas apps necesitas bajar a tu home page?.

Y ahí estás tú, sosteniendo un rectángulo negro que hace cinco minutos era tu vida completa, con la sensación de haber sido lanzada desde un paracaídas sin encontrar el listoncito para abrirlo. No es pánico total. Es algo peor. Una caída lenta y consciente, en la que sabes que todo lo que no puedes resolver depende justo de lo que ya no funciona. Y además el cuerpo reacciona como si te hubieran quitado medio pulmón. Respiras raro. Golpeado.

Y al lugar al que nadie quiere ir, que no es la muerte, sino donde se supone que te van a ayudar, ni siquiera puedes llegar bien. Sin teléfono no sabes la dirección, ni a qué hora cierran. Ignoras qué plan tienes con tu compañía. No recuerdas el passcode de iCloud porque, claro, lo tenías guardado en las Notas del teléfono ya muerto. El coche no arranca porque se despierta con una app. No tienes mapa. Tu memoria, tu agenda. Tu vida, así de literal, deja de operar.                 

Pero llegas. Gateando emocionalmente, sudando la gota gorda, sin Uber porque tampoco eso funciona, pero  poniendo tu mejor carita amable para que el dependiente te vea como todo menos lo que eres. Una desquiciada que quiere resolver el problema lo antes posible.  Estás lista para vender el alma, para exponer tu neurosis, con la esperanza de que ese escuincle con nombre latino, al que seguro le recuerdas a su mamá, se convierta mágicamente en tu chamán tecnológico, aunque te hable solo en inglés.  Pero lo único que recibes es:

Estamos muy ocupados. Tome su número y espere a que le llamemos.

Y en ese tiempo de espera fantaseas con cubrirte la cara con una media de ladrón, desenfundar una pistola imaginaria y anunciar que es un asalto, encerrarlos a todos y que el técnico sea exclusivamente para ti y te ayude a revivir a tu verdugo portátil, ese objeto que te esclaviza y te sostiene a la vez. Pero respiras. La cordura vuelve o más o menos. Y entonces te observas. Y lo ves claro. Has tenido la audacia y la estupidez en alta definición, de llevar ese tabique negro tan cerca de ti que casi no apareces sin él.                

Yo le puse una cadena. No metálica. De piel. Discreta. Elegante. Para no parecer exagerada. Ajá. Con el tabique colgando. Siempre listo. Cling, clang. En esa cadena va casi todo. Identificación, tarjeta del seguro, métodos de pago, tu licencia.                                                        

El teléfono no solo guarda memoria. La acumula. Se vuelve depósito de lo importante, de lo urgente y de lo que no sabemos soltar. No siempre lo usamos. Lo aseguramos. No lo consultamos. Lo protegemos como un amuleto precioso. Pasan las horas y viene el diagnóstico del psicólogo improvisado: No hay nada que hacer. Hay que comprar uno nuevo.  Y ahora, pasar la información a iCloud. Transferir datos. Aceptar términos. Confirmar códigos. Todas esas madres. Sales con un teléfono nuevo, más caro que el anterior, y un cable nuevo que vuelve obsoletos todos los cables que ya tenías por toda la casa, para evitar la desgracia de quedarte sin batería.                                                                                   

Y aun así, el sistema insiste. Se necesita limpieza. Espacio. Orden. Aunque tengas más memoria y mejor conexión, sigues llena. Sigues a full.

Entonces, en enero entendí que debería ser eso. Una limpieza incómoda. Nada simbólico. Como cuando descubres que traes sarro en los dientes. Puedes fingir que no pasa nada, pero al final hay que ir al dentista para que raspe y, sin decirlo, te recuerde que el hilo dental no era opcional. Que la acumulación existe. Y pasa factura.

Y no estoy hablando solo del teléfono.

Con los días entendí que el cansancio no venía solo de diciembre. Venía de cargar más de lo necesario, de intentar estar en todos lados, de responder a todo, de sostener versiones de mí misma que ya no me quedaban bien. Incluso en los vínculos más importantes, donde el amor existe, pero el desgaste también.                 

Cambiar patrones se parece mucho a liberar espacio. No es un giro épico. Es un movimiento pequeño y difícil. Retirarse de inercias, dejar de culparse tanto, mirarse con un poco más de honestidad y un poco menos de castigo.                      

Por eso enero no me parece inicio. Me parece continuación honesta. Un mes que no absuelve, pero revela. Que no borra, pero muestra. Que no inaugura nada, pero te pregunta, sin mucho tacto, qué estás guardando y por qué.                                       

De ese colapso absurdo, me quedaron algunas certezas simples.

Que no todas las memorias necesitan guardarse para ser valiosas.     
Que desconectarse confirma que uno puede sentirse más ligero de lo que cree.      
Que nada es tan urgente como creemos.      
Y lo que de verdad importa, siempre vuelve a aparecer.   Por eso aparezco aquí otra vez.
No para inaugurar nada. 

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