Libre en el Sur

EN AMORES CON LA MORENA / ¿La Esperanza muere al último?

La Esperanza puede ser la misma, de ponerse en singular, con artículo, altas y bajas y nombre de mujer, mantenida viva por los que nacen después de los muertos.

FRANCISCO ORTIZ PARDO

Si la pregunta se limitara a los hechos lacerantes que vivimos en nuestro México probablemente se respondería –con el acento puesto de un lado u otro de la polarización política que se vive— que de ninguna forma habrá que sucumbir ante algo que no es un destino de tragedia griega. Y es que ilusos esperamos que los mismos que arruinaron el mundo lo corrijan, como manifestó recientemente Joan Manuel Serrat.   

Pero el final de una esperanza sí que es ineludible, sobre todo a sabiendas de que nada permanece para siempre. Hay “esperanzas” muertas (si es que cabe el plural) a las que les sobreviven quienes las postulan. Y hay en cambio personas que mueren sin esperanza, salvo los creyentes –por supuesto– que confían en la vida después de la vida. Sin adivinar sus creencias, este último es  el caso del empresario panadero que llevó la esperanza hasta en el nombre de su exitosísimo negocio, expandido de tal forma en esta ciudad capital que ya se integra a su inventario culinario y cultural. En el logotipo de esta fábrica de trenzas y bolillos de trigo, un tierno paquidermo se transforma modelando su trompa y sus patas en la letra inicial con que se anuncia la palabra sostenida por el artículo en femenino –y con mayúscula—, justo en estos tiempos de reivindicaciones de género: La Esperanza.  

Hace apenas unos cuantos días pasé por la sucursal de la colonia Del Valle, un amplio galerón montado a la orilla del Eje 7 Sur Félix Cuevas, y que hoy está en remodelación. Imposible pensar que un día llegará a su fin, cuando “la cola” para comprar los pollos y las “piernas” de pavo rostizados en el anexo del sitio suele llegar hasta el acceso a la estación del Metro de la Línea 12, esa misma que hoy está clausurada porque hace un año la tragedia mató la esperanza de dignificar y hacer seguro el transporte público que se construye con nuestros impuestos. Al mismo tiempo, durante toda una jornada en que van saliendo del horno cientos de hogazas, barras, chapatas y bizcochos trasportados en anaqueles con rueditas, tres despachadoras en el mostrador derrochan su arte y agilidad al abrir la bolsa de papel y depositar en ella, con la sola habilidad de su muñeca que mueve la pinza, cada pieza de pan en dos segundos, cinco segundos en el caso de requerir una envoltura de papel encerado por la pegajosa mermelada o el merengue.  

La clave del éxito de don Francisco Javier Juampérez, que así se llamaba el fundador de la panadería La Esperanza, fallecido apenas este lunes, fue inventarse un modelo para los consumidores de hoy, combinando la herencia de nuestros padres y abuelos por el gusto de las tradicionales figuras con las que se hacían “chopitos” en el chocolate “Abuelita” y el pan hecho al modo artesanal europeo, que cada vez es más consumido en nuestro país. Con los ingredientes básicos de la harina de trigo (y gluten) y el azúcar (refinada), estos productos no representan la esperanza en la buena salud, sino la de los sabores perennes, que sobrevivieron a nuestros ancestros y forman parte de la cultura nacional. Al fin de cuentas, con autoridades caprichosas, estas delicias no incluyen etiquetado frontal.  

Por la información proporcionada por la propia panadería, nos enteramos ahora que Francisco Javier abrió en 1975 con su hermano Pedro la primera tienda, ubicada en Escuadrón 201 en la alcaldía Iztapalapa. Y hoy cuenta con más de 100 sucursales en toda la República, donde se puede conseguir una amplia variedad extendida a los postres, los bocadillos y los pasteles. De tal forma que Juampérez legó harta esperanza a los consumidores de pan.

En contraste, en el caso de las historias de personas que han sobrevivido a sus esperanzas rotas, recibo un  golpe de tristeza al enterarme del cierre de la Papelería La Esperanza, tras 90 años de haber dotado de útiles escolares a varias generaciones de alumnos de los colegios de gran tradición y prestigio en la zona de Mixcoac.

Suena imposible cuando La Esperanza había sobrevivido prácticamente a todo, incluso a la expansión de grandes almacenes papeleros paridos por la modernidad. Hace apenas 10 meses, en agosto de 2021, hice un nuevo repaso de la historia de este negocio familiar, mientras seguramente estaba por llegar a su fin. Lo que perdura es el testimonio de Guadalupe Luna, que afortunadamente vive a sus 88 años de edad. Ella empezó a trabajar en el negocio de su padre, José Guadalupe Luna, que la adquirió en traspaso en 1931, cuando tenía trece años.

Dejo aquí una parte de lo contado, que ya habrá más párrafos ulteriores sobre el triste desenlace:  

Alternaba sus labores con estudios de piano, repostería y corte y confección, estos últimos en la Academia Singer de Tacubaya. La papelería era un anexo de su casa; por eso al escuchar cada mañana, antes de las 7:30, que su papá quitaba la tranca de la puerta, sabía que era el momento de irlo a apoyar con la bola de chamacos que se amontonaban frente al mostrador (“ya más tarde desayunábamos”): Que los lápices, que los cuadernos, que los mil y un tipos de papel, que las botellitas de goma para pegar, que las puntillas para anotar, que las plumas falcon, que el papel paspartú, que el tintero de seguridad, que el papel secante”.

Pienso en la esperanza que ha tenido doña Lupita a lo largo de su larga vida. No me consta su tristeza, pero la imagino en la medida de mi pesar, que sin embargo se entrelaza con el deseo de que cuando muere una esperanza surge alguna otra. O que se trata de la misma, al ser puesta en singular, con artículo, altas y bajas y nombre de mujer, mantenida viva por los que nacen después de los muertos.

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