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Habitaciones del mundo

No existe una sola forma de habitar: algunas ciudades nacen del privilegio y otras de la necesidad, pero todas muestran cómo el ser humano transforma el espacio para sobrevivir…

POR NANCY CASTRO

MADRID. El reto habitacional contemporáneo ya no es acceder a una vivienda digna, sino apenas a un espacio que permita resguardarse, aunque sus condiciones resulten cuestionables.

Las ciudades convertidas en metrópolis reflejan con claridad la crisis de vivienda actual. Hoy, intentar vivir con un salario mínimo equivale a sobrevivir entre carencias y penurias. Pareciera que nadie nos enseñó realmente a habitar este mundo; porque, si vivir significa hacerlo de esta manera, entonces nada de esto compensa.

Frente a la escasez de vivienda formal y asequible, en México, la creatividad se vuelve una forma de defensa: autoconstrucciones en laderas sin drenaje, cuartos de azotea divididos con tablaroca, familias que comparten estancias improvisadas con tal de conservar un código postal cercano a sus trabajos. “Soluciones” comprensibles, sí, pero también insostenibles y peligrosas; auténticos refugios de plástico levantados para sobrevivir a una crisis que parece haberse normalizado.

Vivir bien no tendría que ser un privilegio ni una costumbre aspiracional. Es un derecho. Sin embargo, el derecho a la vivienda digna parece haberse vuelto una ficción.

Hoy, intentar vivir con un salario mínimo equivale a sobrevivir entre carencias y penurias…”

Y aunque las ciudades que habitamos han sido construidas a imagen y semejanza de nuestras necesidades básicas, existen otras levantadas desde la urgencia, el abandono y la desesperación.

Está el caso de Makoko, en Nigeria: un antiguo pueblo de pescadores convertido hoy en un asentamiento de más de doscientas mil personas construido sobre el agua. Las condiciones sanitarias son devastadoras; la contaminación y la ausencia de drenaje han deteriorado tanto el ecosistema que la pesca dejó de ser una fuente viable de ingresos. Sus habitantes viven además sin acceso pleno a servicios médicos o educativos, pues el gobierno ni siquiera reconoce oficialmente el asentamiento.

O La Rinconada, en Perú, considerada la ciudad más alta del planeta. A más de cinco mil metros de altitud, cerca de las minas de oro, sobreviven alrededor de trescientas mil personas en condiciones paupérrimas, sostenidas únicamente por la esperanza de encontrar en el oro una posibilidad futura de vida digna

Las llamadas casas clavo en China permanecen insertadas en medio de autopistas y complejos urbanos como una forma extrema de resistencia. Mientras las ciudades continúan expandiéndose, algunas viviendas quedan atrapadas entre carriles de concreto, rodeadas de motores, humo y contaminación. Quienes habitan esos espacios viven aislados en medio del flujo incesante de la ciudad; hay días en los que simplemente no pueden salir de sus casas.

En Fort Erie, Canadá, aunque el resto del año pueda ofrecer una vida aparentemente apacible, el invierno transforma por completo la experiencia de habitar. Los vientos alcanzan hasta noventa y cinco kilómetros por hora y, como en gran parte de la región del Niágara, las tormentas invernales cubren las viviendas bajo enormes acumulaciones de nieve. Las casas quedan literalmente congeladas, inmóviles bajo capas de hielo.

En Alaska existe un complejo habitacional donde viven alrededor de doscientas setenta personas bajo un mismo techo. Mercado, escuela, farmacia y viviendas conviven dentro de una sola estructura, diseñada para resistir el aislamiento extremo y las condiciones climáticas severas. En ciertos lugares, la supervivencia obliga a reducir la ciudad a un único edificio.

No existe una sola forma de habitar: algunas ciudades nacen del privilegio y otras de la necesidad, pero todas muestran cómo el ser humano transforma el espacio para sobrevivir.

Al suroeste de China en lo alto de un risco existe también un asentamiento de más de doscientos años de antigüedad donde viven alrededor de dieciocho mil personas. Para descender de la montaña, sus habitantes deben hacerlo mediante una extensa escalera; a paso rápido, el trayecto toma aproximadamente dos horas. Ahí, la geografía determina por completo la relación entre el cuerpo, el tiempo y la vida cotidiana.

Cada uno de estos lugares redefine la idea de ciudad: la geografía, el clima y la economía no sólo moldean las construcciones, sino también la forma en que las personas viven, conviven y resisten. Como lo hacen en Santa Cruz del Islote, frente a las costas de Colombia, una diminuta isla donde viven alrededor de mil doscientas personas. La electricidad funciona apenas unas horas al día y el asentamiento carece de alcantarillado y agua potable; el suministro debe llegar desde el exterior. Muchos de sus habitantes decidieron permanecer allí debido a la falta de oportunidades en otros lugares y, paradójicamente, por la ausencia de plagas de mosquitos que afectan otras zonas costeras. En un territorio mínimo y precario, la vida continúa reorganizándose alrededor de la necesidad.

En Kandovan, un pequeño pueblo construido sobre una ladera volcánica en Irán, sus cerca de seiscientos habitantes adaptaron antiguas formaciones rocosas en forma de cono para convertirlas en viviendas. Las casas parecen surgir directamente de la montaña, como si la piedra hubiera terminado por absorber la vida humana. Allí, habitar significa integrarse por completo al paisaje, revelándose ante las condiciones más adversas.

Quizá por eso cuando hablamos de vivienda no significa únicamente hablar de arquitectura o urbanismo. Si hablamos de vivienda debemos hacerlo pensando en la desigualdad, en la necesidad de adaptación y  resistencia. Porque la forma en que una sociedad habita revela también aquello que está dispuesta a tolerar.

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