“Nunca, por fortuna, a esas alucinaciones que la conciencia en reposo permite se han colado los vientos adversos que hacían de los helicópteros de las Fuerzas Armadas un papalote en medio de la nada”.
POR IVONNE MELGAR
Cuando digo viento, soy la reportera en la inauguración de una planta eólica, en Oaxaca, al ras de la carretera, con mis compañeros de la fuente presidencial, intentando señal para enviar el adelanto de la nota.
Reímos y experimentamos un frío peculiar, bajo una resolana vespertina, perfecta para la foto, si no fuera porque el cabello nos pega rebelde en la cara, impidiendo el registro de la plenitud que nos cala.
Es un soplo que vuelve en esos sueños en que pierdo contacto con mi familia, mientras busco, al mismo tiempo, reencontrar el camino y una pausa para redactar el texto pendiente que, sé, esperan en el periódico.
El guión es recurrente: estoy con mi esposo e hijos, o con mi hermana y mis padres, o con todos, de paseo, y de pronto me alejo de ellos, apenas unos pasos y, de pronto, me pierdo, ignorando cómo regresar.
A diferencia de la vida real, en la que extraviarme en un lugar extraño me sofoca, por ansiedad y temor, en mi mundo onírico hay calma y urgencia por terminar ese pendiente laboral: la columna, una entrevista telefónica, un dato sin confirmar, una versión estenográfica. Gajes del oficio.
Son sueños con esteros, malecones sombríos en medio de fortalezas medievales, o hileras interminables de hoteles que se parecen entre sí, puentes venecianos, parques botánicos y, en todos, la tarde cae y anochece.
A veces, estoy en amplios salones con mucho mármol, madera y vidrio, como en el Palacio Imperial de Japón, y salgo al Oxxo de la esquina, sí, es de risa, para en seguida encontrarme en una calle de grava en la que cuesta avanzar.
Y es el viento de ese marzo de 2012 en el Istmo de Tehuantepec, en la inauguración del complejo eólico Oaxaca II, III y IV, acaso el más sonoro y recio del que tengo memoria.
Como sonido ambiental, ese recuerdo se cuela en la recurrente trama del subconsciente que, sin llegar a ser una pesadilla, consigue sacarme un suspiro de alivio cuando despierto.
En un principio, hace más de una década, la trama de la reportera incumplida que busca a los suyos se desarrollaba entre la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, la Línea 3 del Metro y el infinito.
Porque en esos años, Morfeo me dio permiso de volar, alzando los brazos en cruz, pero con el hombro tensado para que no se cayera la bolsa en que guardaba la pequeña computadora que, en la vida real, Martín me regaló para aminorar el sufrimiento de los envíos en aquellos días de cobertura presidencial.
Nunca, por fortuna, a esas alucinaciones que la conciencia en reposo permite se han colado los vientos adversos que hacían de los helicópteros de las Fuerzas Armadas un papalote en medio de la nada.
Sucedió en esa gira a La Ventosa, donde el viento columpió las aeronaves que trasladaban al presidente Felipe Calderón, a sus colaboradores y a los periodistas de la fuente. Generalmente eran cuatro o tres unidades.
De manera que los pasajeros reporteros veíamos despegar siempre a los dos helicópteros de los funcionarios, atestiguando entonces las travesuras del dios Ehécatl de nuestros ancestros.
Pero los momentos de incertidumbre aérea fueron, hay que decirlo, de excepción, si bien inolvidables por el susto, aun cuando los tripulantes a cargo minimizaban de manera estoica cualquier imprevisto. Por eso ahora, dudo de cualquier parte militar, y no porque considere a sus autores proclives a la mentira. Es que la experiencia de ese tiempo me mostró que parte de la disciplina castrense es sostener, acaso por procedimiento, que todo está bajo control.
Y fue en esos innumerables vuelos, cientos, con un promedio de al menos dos por semana, durante casi un decenio -la mitad del gobierno de Vicente Fox y casi todo el de Calderón-que sentí la belleza de todas las sierras mexicanas y el ulular de los vientos que las cobijan, sin tener conciencia, debo admitirlo, del privilegio del paisaje que cotidianamente consumía.
No había Instagram y los teléfonos que hacen todo vendrían después. Así que las bellas fotos corrían a cargo de quienes, como mis queridos colegas y amigos Juan Sebastián Solís y Cecilia Téllez, cargaban sus cámaras profesionales. De ese archivo procede la foto en la que Ceci y yo sorteamos el aire y el sol.
Por esos vientos y los que se volvieron en nuestra contra, escuchando que el piloto pedía otras coordenadas ante un aterrizaje imposible, cuando la palabra me resuena, soy la reportera en una carretera alemana contemplando las turbinas eólicas en el trayecto hacia una Cumbre del G-8 en el icónico balneario donde Hitler vacacionó o estoy en medio de la brisa marina de la plaza de Estoril, en un enlace de televisión contando cómo llueve y de los supuestos acuerdos entre presidentes latinoamericanos y europeos que hoy son humo,
Y cuando siento y pienso en la primera vez que vi dibujado el término como una luna redonda que sopla, en una portada de poemas o quizá prosa literaria, soy la niña de la Colonia Las Rosas en San Salvador, escuchando con mi madre a Doménico Modugno.
Es la hermosísima rutina de las tardes: suena la radio, son los días de Mi corazón es un gitano de Nicola Di Bari. Apenas voy a entrar a la primaria. Candelaria Navas es una joven maestra de 27 o 28 años, que cursa la carrera de Sociología en la Universidad de El Salvador en el turno vespertino/nocturno. Y antes de salir en la Ruta 11, canta un rato con mi hermana Gilda y yo.
Y nos encanta ese momento en que Doménico declama: “…te besé como siempre y te dije dulcemente: la distancia sabes, es como el viento… Apaga el fuego pequeño, pero enciende aquellos grandes”.
Porque enseguida el cuarto de mis papás se llena del estribillo: “Sabes que la distancia es como el viento…Se lleva con el tiempo de un olvido…Haya pasado un año es un incendio… Que me quema el alma”.
Son instantáneas de los refugios románticos de los años setenta e intuyo que el viento es doloroso, una sirena en las despedidas indeseables, un verso de amor. Y hoy sé que también el viento es un veleidoso runrún, la metáfora de la escenografía del azar que nos eleva, nos chifla y sin piedad ni aviso nos tira. Y es sonido y canciones que la memoria activa en la banda sonora de la vida.
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