Libre en el Sur

La Plaza México

‘Cuando me enteré del cierre de la plaza (de toros) hace más de un año, por orden judicial, he de reconocer que me inundó una sensación agridulce’.

POR DIEGO A. LAGUNILLA

Como buen español que era, a mi abuelo Joaquín, le gustaban mucho “los toros”, cada vez que podía acudía a verlos en la monumental Plaza México, su alegría aumentaba porque les quedaban a solo dos cuadras de donde vivía la familia de su hijo en la colonia Nochebuena.

Evoco cómo los domingos, después de llevarme al parque y a comer, acudía a las entrañas del Coloso a ver lo que se denominaba como la “fiesta brava” y como también su servidor le reclamaba airadamente el por qué no podía acompañarle. Sólo respondía que “cuando tuviera edad”, lo cual recrudecía mis corajes y ganas de poder asistir.

Esas tardes y dependiendo del “cartel” que hubiera, mi vecindario se llenaba de “oles” o “chiflidos” según lo que el respetable atribuía a lo que acontecía en el ruedo y juzgaban las alturas. A veces se mezclaban unos y otros, producto de la famosa “opinión dividida” y sus consiguientes broncas en la tribuna.

Entre los de “sol”, qué eran los que sabían, y los de “sombra” que supuestamente no, porque ahí se sentaban los “turistas”, los “pudientes” y los célebres “villamelones”, que no tenían ni idea de lo que ocurría abajo, pero aun así se hacían los grandes conocedores, por lo menos de la “bota”, del puro o del cigarrito y buscaban que los retrataran para la prensa del día siguiente.

La “faena” creo que comenzaba cerca de las cinco de la tarde y dependiendo del tiempo que llevara a los “matadores” ejecutar sus “suertes” terminaba la “corrida”. Si quedaba alguno o muchos asistentes, procedían a lanzar sus cojines al ruedo para entonces regresar a sus casas, contentos y satisfechos, a veces y otras no tanto, pero eso si helados hasta la médula por el frío que hacía.

Cuando tenía 8 años, y lleno de júbilo, mi abuelo decidió llevarme con él, no sé si fue la primera o la segunda vez que lo acompañe que me tocó atestiguar la famosa por terrible cornada que Bermejo le instaló a Antonio Lomelí en 1975. Me quedó grabado verlo tomando sus intestinos con las manos y caminando a trompicones hacia su cuadrilla para que lo ayudaran y de ahí salir a la enfermería, donde afortunadamente le salvarían la vida. Horrible escena.

La otra imagen que no olvido, por espantosa, fue años después, cuando escuché el grito de dolor que un pobre toro lanzó al aire cuando le clavaron con el estoque un pulmón, en ese instante decidí no regresar, a pesar de tantos momentos que podría catalogar como electrizantes y arrebatadores, que había vivido por las estampas trazadas en la arena. Los que lo han sentido lo saben.

A pesar de ello tomé consciencia, cuasi epifanía, del dolor y sufrimiento que los pobres toros tienen en esos lugares donde la confusión y la agresión hacia ellos reina, sobre todo cuando los que tienen enfrente no tienen idea de llevar una lidia.

Cuando me enteré del cierre de la plaza hace más de un año, por orden judicial, he de reconocer que me inundó una sensación agridulce. De alegría porque se mandaba un mensaje contundente de evitar mayor sufrimiento a los animales, de tristeza porque se suspendía un lugar único para vivir literalmente el (un) mito, valga la expresión.

Me gusta ver la monumental cerrada, no, me gusta verla como lugar de conciertos, tampoco, (me da tortícolis el recuerdo de cuando Menudo hacía sus conciertos ahí y escuchar los gritos de sus seguidores enardecidos), me gustaría verla demolida, menos. ¿Cómo me gustaría verla? Transformada en una enorme instalación artística, donde se reacomode la humana animalidad. Tenemos gente y creatividad para hacerlo. Sí, sin duda. Por algo, la fiesta captó la atención de gente como Goya, Picasso, Rivera y Dalí.

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