“En el fondo late la certeza de que vaya a dónde vaya acabaré por sentirme igual pues la nostalgia que me invade estos días tiene otro origen: aceptar que los sueños rara vez se concretan al menos como uno los sueña”.
POR PATRICIA VEGA
Otro enero, ahora el del 2026, se cierne sobre nuestras vidas y me encuentra en el mismo lugar sin plegarias atendidas y sin resolver los retos que enfrento dese larga data, con una diferencia sustancial: el tiempo del que dispongo se acorta cada vez más.
Vivir en la Ciudad de México me parece desde hace tiempo una experiencia cada vez más inhóspita, que me provoca una gran nostalgia por la ciudad a la que llegué a vivir hace más de 50 años, cuando todavía su tamaño tenía una escala humana, muy lejos de la megalópolis que es hoy con todo el caos y distorsión que implica su crecimiento
El contraste entre el pasado y el presente se agudiza de golpe porque acabo de regresar, por carretera, del hermoso Valle de Oaxaca. Y la realidad se impuso sin adornos: un viaje que debió durar a lo sumo unas seis horas se convirtió en un traslado que duró el doble de lo previsto. Invertí más tiempo en llegar a mi domicilio desde la entrada a la ciudad, que el que hice entre las ciudades de Puebla y la capital del país, con el consiguiente hartazgo y dislocación de la agenda. Esta aparente nimiedad sintetiza en sí misma la titánica tarea de continuar viviendo en la otrora magnífica Ciudad de México.
El advenimiento de un nuevo año me vuelve a atrapar sin estar preparada para simplemente “agarrar mis chivas” e irme a vivir a otro lado, tal como lo he deseado hacer sin éxito desde hace años. Sin embargo, a la hora de la hora, a la hora de tomar la decisión, me topo con un cúmulo de imágenes y buenos recuerdos que me atan fuertemente a estas calles.
En el fondo late la certeza de que vaya a dónde vaya acabaré por sentirme igual pues la nostalgia que me invade estos días tiene otro origen: aceptar que los sueños rara vez se concretan al menos como uno los sueña y que conforme avanza la vida ésta se convierte en una larga hilera de adioses.
Será que he tomado conciencia de la gran cantidad de amistades queridas que he perdido de manera involuntaria a lo largo de los últimos años, simplemente porque las personas han dejado de existir y no me han ayudado a resolver ese gran misterio: qué sigue o no al dejar de respirar.
Desde hace mucho tiempo la poesía se ha convertido en un buen refugio y fuente de respuestas. Esta vez acudo a los versos del poeta griego Konstantínos Kaváfis (1863-1933):
La ciudad
Dijiste:
“Iré a otro país, veré otras playas;
buscaré una ciudad mejor que ésta.
Todos mis esfuerzos son fracasos
y mi corazón, como muerto, está enterrado.
¿Por cuánto tiempo más estaré contemplando estos
despojos?
A donde vuelvo la mirada,
veo sólo las negras ruinas de mi vida,
aquí, donde tantos años pasé, destruí y perdí.”
No encontrarás otro país ni otras playas,
llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad;
caminarás las mismas calles,
envejecerás en los mismos suburbios,
encanecerás en las mismas casas.
Siempre llegarás a esta ciudad:
no esperes otra,
no hay barco ni camino para ti.
Al arruinar tu vida en esta parte de la tierra,
la has destrozado en todo el universo.
Lo más seguro es que mis días terminen en la amada-odiada Ciudad de México, porque aunque no nací en ella, aquí he vivido la mayor parte de mi vida y aquí me enamoré de manera definitiva Así que, aquí me quedo.
Tendré que reacomodar una vez más los recuerdos de lo que fue y sigue siendo la Ciudad que deslumbró a propios y extraños. Y lo sigue haciendo aunque ahora tenga mucho de insufrible.
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