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México en Fitur: la vitrina y el espejo

Entre los empresarios españoles, la pregunta más insistente no fue sobre playas ni gastronomía, sino sobre seguridad. Y es ahí donde la narrativa oficial comienza a resquebrajarse…

POR NANCY CASTRO

MADRID. México fue país socio de la Feria Internacional de Turismo (FITUR) en Madrid. Durante cinco días —del 21 al 25 de enero— el país desplegó un pabellón de mil setecientos metros cuadrados donde los 32 estados de la República, acompañados por gobernadores, autoridades locales y empresarios, exhibieron su oferta turística. El mensaje fue claro: México está de moda. La primera vez que el país acude a una feria Internacional. El objetivo muy claro: escalar del sexto al quinto lugar entre los destinos más visitados del mundo rumbo a la Agenda 2030.

El despliegue fue impresionante. Más de 190 empresas privadas participaron en un evento marcado por un año clave: el del Mundial de Fútbol, del cual México será sede. En ese marco, el país llevó hasta el estadio Santiago Bernabéu una representación de su historia deportiva a través del ancestral juego de pelota. Cerca de 155 mil profesionales del sector turístico se desplazaron a la capital española. La industria, al menos en cifras, tiene con qué sostener el entusiasmo: el turismo representa el 8.7 por ciento del PIB, es uno de los principales empleadores de jóvenes y el año pasado recibió a 88 millones de visitantes internacionales, además de movilizar a unos 100 millones de viajeros nacionales.

Pero toda vitrina también funciona como espejo.

México enfrenta hoy el reto de replantear el relato que construye sobre sí mismo; un relato menos complaciente, más honesto…”

Entre los empresarios españoles, la pregunta más insistente no fue sobre playas ni gastronomía, sino sobre seguridad. Y es ahí donde la narrativa oficial comienza a resquebrajarse. Porque México no solo se proyecta al mundo como potencia turística; también carga con una reputación marcada por la violencia, la criminalidad, las desapariciones forzadas y los feminicidios. Esa tensión —entre el país que se vende y el país que se vive— no puede seguir siendo ignorada.

La promoción turística, cuando se reduce al espectáculo, corre el riesgo de maquillar la crisis. Se privilegia la experiencia estética, el exotismo y la hospitalidad, mientras la violencia queda fuera del encuadre. Sin embargo, ocultar el conflicto no lo resuelve. Al contrario, profundiza la distancia entre los discursos oficiales y la realidad cotidiana de millones de personas. Para el viajero contemporáneo, cada vez más informado y consciente, estas contradicciones inciden directamente en la percepción de seguridad y en la manera de consumir el territorio.

Además, FITUR dejó preguntas incómodas que no han sido respondidas con claridad: ¿qué gana realmente México con este tipo de exposiciones? ¿La derrama económica es equitativa? ¿Cómo se financia un evento de esta magnitud? ¿Cuánto cuesta la participación de cada comitiva? ¿Dónde termina la promoción y dónde comienza el uso discrecional de recursos públicos? El caso de la exsecretaria de Turismo de Chiapas, destituida tras una polémica fiesta y una gira marcada más por el turismo personal que por la promoción cultural del estado, es apenas un síntoma de un problema mayor.

México alberga el segundo arrecife más grande del mundo, posee una diversidad cultural y natural extraordinaria y una riqueza histórica innegable. Pero el verdadero desafío no es atraer más turistas, sino repensar el modelo. Promover un turismo sostenible implica comprender el territorio como un sistema vivo: comunidades, saberes, prácticas, memorias y conflictos. No basta con ocupar ni visitar; hay que entender y respetar.

Conciliar turismo y realidad social exige un cambio de paradigma. No se trata solo de blindar zonas turísticas, sino de pensar el turismo como una posible herramienta de transformación social. Un turismo que no silencie la violencia, que no explote a las comunidades, que no convierta la cultura en mercancía vacía. Un turismo que dialogue con las heridas del país en lugar de esconderlas.

México enfrenta hoy el reto de replantear el relato que construye sobre sí mismo. Un relato menos complaciente, más honesto. Porque solo reconociendo sus contrastes —y no negándolos— el turismo podrá dejar de ser una vitrina para convertirse en un espacio de aprendizaje, responsabilidad y dignidad compartida.

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