Libre en el Sur

EN AMORES CON LA MORENA / Muertos y fantasmas en Portales

Hay un puesto de disfraces en el costado norte del mercado, donde uno se puede convertir lo mismo en Cenicienta que en monstruo cualquier época del año. Pero sin duda en estos días ganan nuestras tradiciones.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

De una cubeta vieja de plástico maltrecha surgen los tallos con unas calabacitas naturales a los lados. Son una aportación de la transgenética para una fiesta, que eso es, la del Día de Muertos. Aunque esta fiesta tan mexicana sí tiene raíces profundas y religiosas que van más allá de costumbres como la del Halloween y sus fantasmas impostores, tan gozoso para los pequeños.

No está padre, como dicen los chavos, que a ellos ya no les tocó como en mis tiempos la formidable manera de pedir “la calaverita” con una calabaza de verdad, de esas grandotas y redondotas a las que les sacábamos primero todo su relleno y a la cáscara le hacíamos los orificios con un cuchillo para asemejar los ojos y la boca por donde, con una vela, escapaba la radiante luz de una vela –también de verdad— puesta en el interior de aquella cabeza hueca.    

Los panecitos.

Ambas tradiciones compiten en la colonia Portales, una de las más tradicionales de toda la ciudad, que se localiza en la hoy alcaldía Benito Juárez. Portales es el segundo punto comercial de la ciudad después del Centro Histórico y aparte de la Central de Abastos y La Merced, donde se puede encontrar casi todo lo que uno se imagine, excepto los sueños. Hay todo un mercado de plomería y tiendas de lámparas e iluminación. Locales de piñatas, de frutas y verduras mil, de refacciones de autos y bicicletas, además de talleres mecánicos; artículos de mercería y reparaciones de sastres, enmarcados de cuadros, tlapalerías, cerrajerías, farmacias, tendajones, cafeterías legendarias y restaurantes de comida típica, auténtica. Sobra hablar de las carnicerías y las pollerías de barrio.

Calabacitas en tallo.

 

Por supuesto hay una infinidad de locales de ropa para niños, chicas, señoras y don juanes. Y zapaterías, muchas. Surrealistas puestos informales ofrecen ropa interior, lencería que va de lo sensual a lo sórdido y que ya son parte del inventario de la banqueta al poniente de la calzada de Tlalpan, en donde por las noches posan las prostitutas, muy cerca del legendario California Dancing Club. Por ahí mismo hay varios establecimientos de vinos y licores, cristalería, semillas, quesos y embutidos a granel, reparadoras de teléfonos celulares y computadoras. La modernidad ha llegado ahí a través de almacenes de electrodomésticos que endeudan a la gente pobre con pagos semanales o quincenales.   

Venta de flores.

Hay también un puesto de disfraces en el costado norte del mercado, donde uno se puede convertir lo mismo en Cenicienta que en monstruo cualquier época del año. Pero sin duda en estos días ganan nuestras tradiciones, desperdigadas dentro y alrededor del mercado, o a unas cuadras. Una pick-up en una esquina está retacada de flores de cempasúchitl, que son las flores anaranjadas que le ponen a los difuntos en los altares, aunque también le llaman así a otras flores moradas, que son en realidad de la especie celosia argentea, mejor conocida como flor de terciopelo o cresta de gallo. Son una belleza. No hay nada de las ofrendas que no se encuentre en la Portales, salvo que el muerto al que se ofrece tuviera en vida gustos por cosas austriacas, húngaras o turcas.

Figuras de barro.

Hoy no es políticamente correcto decirlo, pero los muertos siguen bebiendo refrescos. También golosinas que se venden en un puñado de tiendas que operan siempre, para las fiestas infantiles. Ya no importa demasiado si el difunto era en vida diabético u obeso; ni modo de no darle gusto. Como una postal del pasado aparecen unos niños afuerita del mercado que cargan canastos con unos panecitos de muerto de colores. Otros vendedores ofrecen bolsitas con papel picado de colores vivos y figuras de catrinas. No parecen ser ya muy comunes las calaveras de azúcar, que poco a poco van siendo sustituidas por otras de cerámica o de cartonería con finos trazos decorativos de pintura. Hay también unas pequeñas artesanías de esqueletos en sus tumbas. También gatitos y perritos calacas. Y máscaras, veladoras e inciensos de copal.

El Halloween.

En estos días hay clientes que acuden disfrazados. Son ellos mismos el sincretismo que va en busca de los artículos para la ofrenda de muertos, cada vez más conocida –y reconocida—en el mundo. Ya las guayaban y las calabazas, para hacerlas en tacha, es decir con piloncillo y canela. Ya un buen tequilita que colocarán junto a la Coca Cola y la cerveza y el champurrado, en esa extraña mezcla de todo lo que somos con los olores revueltos del mole poblano, los tamalitos, los cocoles y el Carlos V. No es que a los vivos se le olviden sus muertos en ninguna fecha del año. Es que en Portales la gente va a recordar que no los olvidan. Y que, con todo y el disfraz, están dispuestos a bailar con ellos un cha cha cha, al estilo del Califas, cada que llega la fiesta del 2 de noviembre… en un ritual que termina nunca.  

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