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EN AMORES CON LA MORENA / Mujer tomando el sol en Palacio Nacional

“Primero fue una sensación —esa incomodidad leve de saberse observada— y luego la certeza. Giró apenas el rostro. Vio movimiento abajo. Teléfonos levantados. Ese gesto tan contemporáneo de convertir cualquier instante en registro”.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Dicen que una de las grandes frustraciones de los científicos es estar siempre tan cerca de la exactitud que olvidan imaginar la digresión. Viven pegados a la evidencia, a lo comprobable, a lo que puede sostenerse con datos. No tienen —o no se permiten— esa flexibilidad que sí tiene un pintor cuando decide que la luz no entra por donde entra, sino por donde debe entrar.

Ella, en cambio, sí se permitió eso.

Pensó —aunque después no sabría explicarlo así— que si un moderno Vincent van Gogh no la habría pintado, al menos podía sentirse dentro de un encuadre. No un cuadro, quizá, pero sí una escena. Una imagen sostenida por unos segundos, como esas tomas largas del cine donde no pasa nada y, sin embargo, todo está ocurriendo.

Por supuesto, lo hizo bajo una condición esencial: que nadie la vería.

Se acomodó en el ventanal del Palacio Nacional con la naturalidad de quien ocupa un espacio que le ha sido ofrecido. Shorts, piernas extendidas, la espalda recibiendo el calor tibio de una primavera que apenas comenzaba a asomarse sobre la ciudad. No había nada extraordinario en el gesto. Tal vez ahí estaba, precisamente, lo extraordinario.

Afuera, la plaza seguía su ritmo.

Un grupo de manifestantes se amontonaba en la plancha del Zócalo. Voces, consignas, carteles levantados como pequeñas banderas personales. Y entonces ocurrió lo mínimo: alguien alzó el dedo.

—Ahí.

No fue un grito. Fue una seña. Un índice suspendido en el aire, señalando hacia arriba, hacia ese rectángulo de luz donde ella, sin saberlo, había entrado en escena.

Ella lo notó tarde.

Primero fue una sensación —esa incomodidad leve de saberse observada— y luego la certeza. Giró apenas el rostro. Vio movimiento abajo. Teléfonos levantados. Ese gesto tan contemporáneo de convertir cualquier instante en registro.

Entonces vino la sorpresa. No el miedo. No la vergüenza. La sorpresa. Como si de pronto hubiera entendido que la escena ya no le pertenecía.

Pensó, fugazmente, en cerrar la ventana. Las dos hojas. Borrar la imagen antes de que existiera del todo. Le pareció incluso lógico: nadie habría tenido tiempo suficiente para confirmar nada. Siempre queda un margen para la duda. Para la negación.

Y, sin embargo, ya era tarde.

El cuadro estaba hecho.

Quizá pensó también —con una calma que sólo tienen quienes no sienten que han hecho nada indebido— que no había razón para dramatizar. Al fin y al cabo, estaba en una habitación destinada a visitas. Un espacio habitable dentro de un edificio cargado de historia.

Un palacio que fue de virreyes y que ahora pertenece a quien ocupa el mayor poder político del país.

Y sí, pensó en su hija.

No con culpa, sino con una especie de lógica doméstica:

—Para eso es su casa.

Le había dicho más de una vez que se sintiera cómoda. Que no avisara por todo. Que usara el espacio como propio. Y ella, obediente a esa confianza, decidió hacer lo más simple: sentarse a leer, dejar que el sol le tocara las piernas, sentir el viento leve de la ciudad.

Si no era ahora, ¿cuándo?

Lo demás vino después.

Las versiones. Las negaciones apresuradas. Los portavoces adelantándose a lo que aún no terminaba de entenderse. Como si la realidad necesitara corrección inmediata.

Pero ella sabía algo que los demás no:

Que no había historia.

Que no había escándalo.

Que no había intención.

Sólo una mujer tomando el sol.

Y, sin embargo, ahí estaba todo.

Un gesto mínimo, atrapado entre la mirada pública y la necesidad de explicarlo todo. Una escena que ningún científico podría justificar del todo, pero que cualquier artista entendería sin esfuerzo.

El cuadro ya tiene título: Mujer tomando el sol en Palacio Nacional.

Lo demás —los comentarios, las discusiones, los señalamientos— es apenas ruido. Porque el sol, al final, no distingue entre quién lo merece y quién no.

Y las piernas —como el instante— siempre son de quien decide exponerse a la luz.

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