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EN AMORES CON LA MORENA / No basta con llamarse Marx

En su propio cuerpo, Marx Arriaga confirmó el fracaso de la teoría que invoca: el hambre no lo llevó a transformar nada, sino a abandonar la pose.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Hay nombres que parecen destino y otros que funcionan como advertencia anticipada. En la llamada Cuarta Transformación hubo uno que quiso convertirse en tesis viviente: Marx Arriaga. Su nombre ya era una declaración ideológica antes de abrir la boca, como si el acta de nacimiento hubiera querido escribir el prólogo de su biografía política.

Intentó darle vigencia doctrinaria al marxismo desde la burocracia educativa, no desde la cátedra ni desde el debate académico, sino desde la estructura misma del Estado. Los libros de texto dejaron de ser instrumentos pedagógicos para convertirse, en su narrativa, en trincheras culturales. No hablaba de método didáctico sino de hegemonía; no discutía aprendizajes sino revolución. El problema no fue la discusión, sino la teatralidad con la que decidió encarnarla.

Jugaba a hacer la revolución desde un escritorio, una revolución con aire acondicionado, sello oficial y conexión estable. Cuando fue removido del cargo convirtió su despacho en barricada simbólica, transmitió en vivo, denunció traiciones y asumió el papel de insurgente administrativo. La escena tenía algo de tragicomedia: una guerrilla con mobiliario institucional.

La resistencia duró poco y ahí apareció la ironía más cruda. La teoría marxista demostró una vez más su fracaso en el cuerpo de Marx Arriaga: las contradicciones materiales de sentir hambre en su despacho no lo llevaron a transformar nada, sino a abandonar la pose. La dialéctica pierde solemnidad cuando se enfrenta al cansancio real. Este tipo no habría aguantado más de diez horas metido en la sierra de Guerrero, donde la radicalidad no se transmite en vivo ni se suspende para cargar el teléfono. No es lo mismo escribir sobre contradicciones estructurales que enfrentarse a las propias.

La anécdota sería pintoresca si no se tratara de un funcionario responsable de política educativa nacional. La educación pública no es laboratorio para dramatizar convicciones personales; es política de Estado que exige responsabilidad, pluralidad y mesura. Mientras tanto, el contexto mundial ofrece advertencias suficientes para quien quiera mirarlas con sobriedad. Cuba, aislada tras décadas de resistencia a modificar su modelo, es lección histórica de inmovilidad ideológica; Venezuela, convertida en símbolo del desgaste del discurso revolucionario cuando la realidad económica lo desmiente, es recordatorio continental de que la retórica no sustituye resultados.

Morena hoy está obligado a moderar el discurso no por renuncia doctrinaria sino por necesidad histórica. México no opera en un vacío ideológico. La presión internacional, especialmente desde Estados Unidos en materia de narcotráfico y seguridad, no se neutraliza con declaraciones simbólicas sino con políticas eficaces. No se puede sostener una narrativa de pulcritud moral mientras persistan índices de criminalidad alarmantes ni hablar de transformación profunda si la corrupción estructural no se corrige con resultados tangibles. Esa es la realidad que exige cambio y no los modelos extemporáneos que algunos pretendieron imponer desde el escritorio.

Desde la crítica queda además una asignatura pendiente: la pluralidad. Gobernar no es imponer una nueva historia oficial ni sustituir un relato dominante por otro con distinto membrete. México ya conoció esa tentación en los años más cerrados del PRI, cuando el poder escribía el pasado para legitimarse. Cambiar el discurso sin cambiar la lógica no es transformación, es rotación simbólica.

Por eso, dentro y fuera de Morena, muchos pueden celebrar la salida de Arriaga como el fin de una etapa donde la pedagogía se confundía con proclama y el escritorio con trinchera. Sin embargo, sería ingenuo pensar que el problema se resuelve con mover una pieza del tablero si la lógica interna permanece intacta. Si la salida es apenas una jugada táctica en una partida donde hoy gana uno y mañana pierde otro, entonces no hay rectificación sino simple administración del desgaste.

El país no necesita dramatizaciones desde la oficina ni revoluciones imaginadas en streaming, sino eficacia institucional, reducción real de la violencia, combate frontal a la corrupción y respeto genuino a la pluralidad que compone esta sociedad. No basta con llamarse Marx Arriaga.

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