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Paremio y Logía, una charla doméstica

De cuando en la cocina los reproches y las carencias se transforman en complicidad y reconciliación a través de la memoria y los dichos populares.

POR JUAN CARLOS PANTOJA

Junto al fogón, Logia ocupaba el lugar que la historia y la tradición le habían asignado y que ella también ya se lo había apropiado. Sus pies seguían haciendo horma en el minúsculo espacio en el que acostumbraba pararse, sus huellas seguían erosionado el piso de tierra endurecida de su cocina, del mismo modo que lo había hecho su madre, su abuela… Meneaba los cucharones de una y otra cazuela, soplaba el vapor generado y atizaba o aminoraba el calor de las brasas, según el hervor, no tenía lugar la distracción.

Con voz ronca y fuerte, Paremio anunciaba su llegada, –Logía, ya llegué, mmhh

¡qué bonito recibimiento Logía! no hay duda de que la buena comida se anuncia a la nariz desde la cocina.

Ya sé que te gusta lo bueno, Paremio– contestó Logia y con tono de reproche le espetó: –pero nomás no veo claro cómo mantenerte tus gustitos, lo poco que das no alcanza; entiende que la casa se arruina por la cocina, por la calle andas gaste y gaste, aquí en el jacal todo el tiempo quesque apretándote el cordón, quesque no hay, quesque no te alcanza, pero pa´l pulque no hay retardo, aunque andes luego ay todo malo, tu dinero ¡mejor gástalo en la cocina y no en medicina! Ah, pero no conforme con eso, luego hasta a tus amigotes me traes y ay me tienes haciendo maromas: aguadito pa que alcance, y saladito pa que sobre, todos buenos de metiches igualitos a todos los bichos que caminan y que van a parar a la cocina, tú y tus metidos amigotes, estorban más que un colchón en la cocina…

Logía no le daba tregua a Paremio, que estaba encorvado, con la cabeza y la mirada gacha, carilla triste sin que le llegaran las ideas. Medio quería decir algo, pero lo único que le salían eran balbuceos, palabras entrecortadas, estranguladas por los labios. Logía hizo una pausa involuntaria, como para agarrar aire y recargar con más palabras la escopeta que le permitía seguir con su metralla.

El tenso silencio y afortunada pausa para Paremio, le dio un respiro, y aunque con cierta lentitud, para sus adentros se reprochaba el para qué había llegado en ese

momento en el que Logía parecía no andar tan de buenas. Con una sensación de auto consuelo solo atinaba a decirse que al que no le guste el calor, que no entre a la cocina, y a pesar de la muleada que recibía, no tan en el fondo sabía que la soportaba de buena gana, valía más la pena la visita a la cocina que la propia regañiza, sabía que buena es la carne, buena es la cecina, pero mejor es la cocina.

–No seas ansina Logia, parece que quieres más a este peludo chucho, echadote a tu lado, quesque cuidándote, quién sabe de qué, y pues claro, las llaves en la cinta y el perro en la cocina…

Con mi cachorro ni te metas Paremio, es mi mejor compañía. A ti nomás te trae el hambre, él me sigue en las buenas y en las malas con la panza llena o vacía…

-Pues sí que me mueve el hambre, pero pues también cada día gallina, amarga la cocina Logía

–Uy, ora quejándote de la comida, antes di que hay gallina, y eso porque mi pinto al que mal miras, salió bueno pa los ladridos y bravo pal coyote, ya ves que ya no se las han comido; si no fuera por mi perro, no más caldo de huesos sería lo único que te tocaría

El olor y sabor del caldo de huesos, se abrieron paso del olvido, el recuerdo le venía desde que era niño, recordaba cómo es que su abuela se los preparaba y con ese cocido les ahuyentaba el hambre y disimulaba la pobreza, calamidades que cuando uno es niño no más las ve, pero no las entienden. Paremio experimentó un cierto goce, el recuerdo de su infancia y su abuela le sirvieron de remedio para la cantaleta de Logía. Tan de buenas se puso que se le suavizó el rostro; miró firme y suavemente a Logía y, con el mejor de sus cariños, quiso acariciarle el oído:

-Logía, la mujer en la cocina es una mina. Tú eres mi mina, Logía.

Se repitió otro momento de silencio, solo que ahora era ligerito, ligerito. Se miraron los dos, con otro semblante, Paremio y Logía se sonreían, se miraban, se olían a sazón y campo, cuando de pronto, espontáneamente y al unísono se expresaban la

frase con la que ponían remedio a los eventuales malestares cotidianos: buena es la carne; buena es la cecina; mejor es la cocina.

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