Libre en el Sur

EN AMORES CON LA MORENA / Cuando Pinocho decidió morir

Pinocho nace desobediente y torpe, es rebelde y nos recuerda que los niños no son propiedad de sus padres; pienso en esta vocación que deberíamos tener de cuestionar todo y luego… cuestionar. Y en esa medida, aprender como seres únicos e irrepetibles que somos.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Desde niño tuve fascinación por las marionetas. Soñé con la posibilidad de ver resucitadas del propio sueño a los autómatas de la compañía legendaria de los Rosete Aranda, originarios de Huamantla, Tlaxcala. Desde finales del siglo 19 esta familia adaptó con sus figurillas, verdaderas piezas de arte talladas en madera de ayacahuite, la técnica italiana donde los titiriteros lograban que movieran no solo sus articulaciones, sino también las boquitas y hasta los párpados.

De su perfección estética dan cuenta los muñecos que se pueden apreciar en el Museo Nacional del Títere, en Huamantla, o en la ciudad de Zacatecas, donde está la colección de Rafael Coronel. Insertados los hilos a sus cuerpecitos, los Rosete lograban lo que parecía la magia de dar auténtica vida a los muñequitos, que en sus últimos tiempos y tras diferentes sucesiones, llegaron a medir un máximo de 30 centímetros de altura.

Allá en los ochenta pude conocer una sola actuación de aquellas maravillosas marionetas en la carpa Titiriglobo, que estaba ubicada en lo que hoy es un terreno baldío aledaño al Centro Cultural del Bosque, comúnmente usado como estacionamiento. El espectáculo se llamó Rosete Aranda como en su tiempo, y presentaba entre otros los números clásicos del circo y la corrida de toros. Una aproximación al encanto de lo que debieron ver los niños mexicanos del baby boom de la postguerra. Pero solo una aproximación. Porque los Rosete Aranda eran capaces de presentar un naufragio donde un barco se rompía en mil pedazos y antes de cada función debía ser reconstruido.  

Tenían música en vivo y dramaturgias originales. En sus mejores tiempos llegaron a contar con 5 mil marionetas. El Vale Coyote, se dice cada vez con mayor seguridad, fue un personaje que lanzaba monólogos con brebajes de crítica social en el que se basó Mario Moreno para inventar a Cantinflas. Una pieza única de la compañía es cotizada altamente hoy en dólares por coleccionistas internacionales.

Pero ¿qué es la vida de una marioneta? En el temblor de 1985 cayó el edificio en la colonia Juárez que albergaba la colección del INBA. Para hacer mi primer reportaje en la vida, que en realidad fue publicado mucho después en Libre en el Sur con modificaciones, tuve acceso a la bodega en que quedaron arrumbadas las marionetas de la colección del INBA, en las oficinas de Teatro Infantil ubicadas atrás del Auditorio Nacional. Decenas de cajas ponían: “Colección Roste. Pedacería”. Se me estrujaba el alma. Pensaba que literalmente se trataba de pedazos de personitas que nunca más iban a poder volver a moverse ni hablar ni cantar. Pero ahora, al gozar tanto con el Pinocho de Guillermo del Toro y la secuela de alegrías lagrimosas que van dejando los dolores de la vida, confirmo que, efectivamente, el amor no termina con la muerte.

Impregnado sin decirlo por el “amor incondicional” predicado en la religión del budismo, su muñeco está hecho con pino mexicano de verdad, aunque la asombrosa super producción, que por lo pronto ya ganó el premio de los críticos de Los Ángeles y tres nominaciones a los Globos de Oro, es estadounidense. Del Toro da a través de su Pinocho, que se asoma por momentos a los sitios lúgubres con ingenuidad, una lección del bien vivir, con su dolor y sus caídas, más no la ambición y la monstruosa autodestrucción, tema que ya exploró en El Callejón de las Almas Perdidas, estrenada a principios del año. Pinocho se sienta junto al viejo carpintero que lo fabricó en los tiempos fascistas de Benito Mussolini, durante la Segunda Guerra Mundial, frente a un Jesucristo de madera como él, inacabado como él. Es absolutamente conmovedor: ¿Por qué si los dos somos de madera, a él lo quieren todos y a mí no me quiere nadie?, pregunta a Gepeto.

La película es una oda a la imperfección: Un auténtico muñeco hecho de ser humano, a diferencia de las bien acabadas y finas marionetas de los Rosete, o las que vi en Salzburgo hace 26 años, tan famosas y tan tomadas en serio que la gente acude a verlas con la elegancia que va a la ópera.

En los simbolismos de las creaciones y las destrucciones, tanto Jesús como Pinocho son seres de amor, pero efectivamente la apreciación desarticulada del ser humano provoca contradicciones como cuando el fascismo mató en el nombre del cristianismo. Tampoco son responsables ni Jesús ni Pinocho de las pérdidas: es el hombre y la mujer, por incluir en justicia los defectos de ambos, los que no se hacen responsables de su comprensión, consecuencia medianamente lógica de los apegos que por cierto no tienen ni el Jesús de la iglesia al que se le reza ni el Pinocho de Del Toro, que altera nuestras emociones porque justamente no es convencional.

Pinocchio, que tal es su nombre original de la novela –sellado en este caso por el copyright aderezado con una música envolvente del alma como “El Pinocho de Guillermo del Toro”, aunque fue codirigida con Mark Gustafson—, es una cinta de Netflix realizada por el capitalismo de la industria millonaria, que tampoco es la culpable, por supuesto, como cuando bien me dijo un monje tibetano al referirse al “vacío” con el que viven los famosos del séptimo arte; lo importante es que este genio cineasta tapatío nos lo hace ver, sentir, vibrar. Con un guión escrito colectivamente por Gris Grimly, Guillermo del Toro, Patrick McHale y Matthew Robbins, de sus 114 minutos de duración no hay uno solo de desperdicio, ni siquiera un comienzo que parece largo pero es el muy necesario contexto para comprender la fragilidad humana ante la muerte.

Pinocho nace desobediente y torpe, es rebelde y nos recuerda que los niños no son propiedad de sus padres; pienso en esta vocación que deberíamos tener de cuestionar todo y luego… cuestionar. Y en esa medida, aprender como seres únicos e irrepetibles que somos. Yo admiro a Pinocho, un muñeco-niño hecho de pino mexicano que deja ver sus vetas y nudos y los huecos caprichosos de su tronco original, donde vive Sebastián J. Grillo. Porque Pinocho, que tenía vida propia y lo quisieron obligar a ser marioneta bajo la manipulación, se redescubrió en su capacidad de amar y decidió morir como un ser humano de verdad. Así Jesús, curiosamente. Uno y otro, quién tiene la certeza, pueden ser eternos, pues el amor los trascendió a ellos mismos.

La película en versión libre –aunque más cercana en sus sombras a la novela original del florentino Carlo Collodi (1883) que a l filme de Disney que hizo famoso a Pinocho en todo el mundo– es una oda a la imperfección: Un auténtico muñeco hecho de ser humano, a diferencia de las bien acabadas y finas marionetas de los Rosete, o las que vi en Salzburgo hace 26 años, tan famosas y tan tomadas en serio que la gente acude a verlas con la elegancia que va a la ópera.

Lo maravilloso de las marionetas es que sus creadores y quienes las manejan son capaces de transmitirnos emociones cual si se tratara de personitas de verdad.  Lo inaudito de este Pinocho, al que dio vida Del Toro a través del cinema motion, es que se trata de un muñeco de verdad que tiene la capacidad de confirmarnos que el amor es un relato, como dice el filósofo argentino Darío Sztajnszrajber. Ya lo de menos es que gane el Oscar, que bien se lo merece.              

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