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Hay recuerdos que llegan con la lluvia

“Yo solo quería que descubrieran que la lluvia también podía ser un lugar para jugar. Que no siempre había que correr a esconderse”.

POR MARIANA LEÑERO

No sé por qué ocurre. Basta con que el cielo empiece a cambiar de color para que aparezcan personas y lugares que llevaba años sin visitar. Quizá por eso nunca he podido pensar en la lluvia como un simple acto de la naturaleza. Para mí, la lluvia siempre llega acompañada.

Cuando llueve en San Pedro de los Pinos cambia el ritmo de la gente. Los más precavidos abren el paraguas antes de que caigan las primeras gotas. Otros se cubren con un periódico o con una bolsa de plástico, convencidos de que eso bastará para engañar a la lluvia. Los demás simplemente aceptan su suerte y apresuran el paso. Pero hay algo de lo que nadie escapa: los charcos. Tarde o temprano, todos terminan  mojándose  los pies, aun cuando traten de brincarlos.

Otro de los recuerdos que trae la lluvia es el de  mi papá.

Cuando era niña, me gustaba salir con él a mirar la lluvia desde el pequeño techo de la entrada de la casa. Nos quedábamos ahí, casi sin hablar. Él fumaba despacio, aprovechando hasta la última bocanada. Yo estaba convencida de que aquel cigarro debía saber tan bien como esas enormes paletas rojas que había que lamer durante horas para llegar al premio final: un chicle pinchurriento que duraba apenas un suspiro antes de convertirse en un pedazo de cera. Nunca entendí por qué los adultos preferían un cigarro a una paleta.

Mi papá decía que las gotas eran bailarinas.

Yo las miraba durante mucho rato, tratando de encontrarlas.

Una tarde le dije:

—No son bailarinas.

—¿Entonces qué son?

—Coronas.

Sonrió.

—¿Coronas?

—Sí. Hoy salieron todos los reyes.

—¿Y por qué salen cuando llueve?

Pensé unos segundos.

—Porque los reyes nunca lloran cuando la gente los ve. Esperan a que llueva para que nadie se dé cuenta.

Mi papá volvió a sonreír.

—¿Y las bailarinas?

—Ellas no lloran.

—¿Entonces?

—Se enojan.

—¿Y cómo se enojan?

Como si el cielo hubiera estado escuchando nuestra conversación, un trueno interrumpió el silencio.

—Así.

Nunca me dijo que estaba equivocada. Nunca intentó convencerme de que las gotas seguían siendo bailarinas. Desde entonces entendí que dos personas pueden mirar la misma lluvia y ver cosas completamente distintas.

Con la lluvia siempre vuelve Eugenia. Más que la lluvia, eran los rayos los que le daban —y todavía le dan— pavor. La recuerdo, detrás de la ventana, contando con los dedos la distancia entre el relámpago y el trueno. Yo la miraba con tristeza porque no podía disfrutar de la lluvia como yo. Todavía hoy, cuando escucho un trueno, antes de pensar en la tormenta, pienso en ella.

El día en que murió mi abuelo Uriel.

Mi mamá recibió la noticia y, como estaba sola conmigo, tocó la puerta de mi tío Luis y Maricarmen.

—¿Me la pueden cuidar un rato?

—Pero nos vamos a Cuernavaca…

—Pues llévensela.

Recuerdo la cara de mi mamá intentando contener el llanto. Yo todavía no entendía por qué había lugares a los que los niños no podían entrar cuando alguien se iba. Hoy me  imagino que, después de dejarme con ellos,  mi madre se subió al coche para empaparse de lleno en su dolor.

Mis tíos hicieron todo para distraerme. Me prometieron que podría pasar el día entero en la alberca.

Y así fue.

Mi recuerdo es borroso, pero hay una escena que permanece intacta. Estoy nadando feliz cuando el cielo empieza a ponerse gris. De pronto una mano entra al agua y me saca de golpe.

—¡Salte, mijita! ¡Te puede caer un rayo!

Durante años no recordé la tristeza de aquel día. Recordé el miedo. Miedo de que las albercas atrajeran rayos.  A veces los niños encontramos refugio en un miedo sencillo para no mirar un dolor demasiado grande.

Mucho tiempo después llegaron Regina y Sofía. Vivíamos en Miami cuando, una tarde, empezó a llover.

Ellas dejaron de jugar de inmediato.

—Podemos quedarnos afuera. —les dije

Me miraron sorprendidas.

Sofía comenzó a brincar levantando sus manos para sentir las gotas que caían cada vez más fuertes.  Regina necesitó preguntármelo dos o tres veces más, como si no terminara de creer que mojarse estuviera permitido.

Después, las dos brincaban en los charcos como si el mundo hubiera sido inventado para ese momento. Regina volteaba constantemente para comprobar que el permiso seguía ahí. Sofía, inconforme con la lluvia que caía del cielo, abrió también la manguera para fabricar aún más.

Con ellas nunca inventé reyes ni bailarinas. Mi papá ya me había regalado suficientes personajes. Yo solo quería que descubrieran que la lluvia también podía ser un lugar para jugar. Que no siempre había que correr a esconderse. Que, cuando termina, el aire huele distinto y el mundo parece empezar de nuevo.

No sé si ellas recuerdan aquellas tardes. Me gusta pensar que sí. Me gusta imaginar que algún día, cuando una tormenta las sorprenda, todavía exista en ellas una parte que quiera salir a mojarse.

Hace apenas unos meses, mientras caminaba por las montañas del Perú, volvió a llover. Bajo la lluvia pensé en todas las veces que había intentado protegerme de ella, en todos los techos, paraguas y pretextos que había buscado para no mojarme. Quizá el miedo a la lluvia se parezca un poco al miedo a la tristeza. Los dos parecen enormes cuando uno los mira desde lejos. Pero cuando finalmente decides caminar bajo ellos, descubres que no siempre vienen a destruirte. A veces solo vienen a refrescar la memoria.

Hoy nunca sé cuál de todas esas lluvias va a volver primero.

A veces aparece San Pedro de los Pinos, o mi padre fumando su cigarro y mirando a las bailarinas. Otras, una ventana desde la que Eugenia esperaba que los truenos terminaran.  Hay días en que regreso a una alberca en Cuernavaca, donde me sacaron del agua antes de que cayera un trueno,  y otros en que vuelvo a ver a Regina y Sofía brincando felices en los charcos.

Tal vez por eso nunca he dejado de querer la lluvia.

Porque siempre llega acompañada.

Y porque, cuando finalmente se va, deja el mismo olor de siempre: el del asfalto mojado mezclándose con la tierra… y el de  memorias que vuelven, por un instante, a sentirse vivas.

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