Ícono del sitio Libre en el Sur

Reivindicar el derecho a la nada (y el desvarío en el umbral de una vuelta más al mundo)

Comer deprisa también ha sido una forma de intentar vencer al tiempo, de no pensar en la fecha exacta en el que el calendario vuelve a señalarme: una batalla perdida antes de iniciar.

POR MELISSA GARCÍA MERAZ

Me descubrí extranjera en un cuerpo donde habitaba mi alma melancólica.

Desde hace tiempo que he reafirmado mi “no gusto” por celebrar mi cumpleaños. Aunque sé que será pronto, me divierto intentando pensar en otras cosas para dejar atrás la larga espera de que el calendario me recuerde, nuevamente, un año más de vida. Quizás no sea la espera, porque no es mucho después de todo; conforme pasan los años algo pasa con el tiempo que se vuelve más corto, se percibe como apenas un suspiro. Como una fila constante de momentos entre apagar el despertador y empezar la vida.  Esa vida que se ha vuelto cada vez más difícil, más pesada. Apenas elijo unos breves momentos del día en el que la vida me deja sostener los ojos al aire, mirando las jacarandas que ya han florecido por todos lados para pensar: todo tiempo pasado fue mejor, todo tiempo difícil pasará. Aunque quizás, después de todo, no pase y solamente sea un momento de regocijo al pensar que, con cada día de celebración cumpleañera habrá un paso menos para el final.

A veces siento que he vivido mis cumpleaños como si viviese en un tour masificado. Recorriendo ciudades con prisa, andando por calles y museos como si quisiese vivir muy rápido, apresuradamente. Sabiendo que, detrás de mí —o mejor dicho a mi lado — se conserva la alarma del reloj, como vigía o espía sigiloso que no se detiene nunca. Espía de mis sueños y mis noches de desvelo.

Mi madre solía decirme que quería comerme al mundo, que fuera más despacio que dejara la pluma a un lado, el libro en el estante, el poema sin acabar. Que dejara el auto, las llaves, la carretera sin transitar… pero no pude. La sola muestra de inmovilidad me hacía sentir que mi finitud se ponía delante. Caminar a prisa, devorar los libros como se devoran las calles empedradas en caminares fortuitos; sí, así conocí la ciudad. Así aprendí sus calles, caminando sin parar; así conocí las ciudades, manejando un pequeño auto con la sensación de la brisa en mi rostro. Con una bicicleta y un andar en ruedas.

A veces, solo a veces, me sentaba en el sillón, contemplando, meditando. Entonces también había una recriminación: ¿qué haces ahí sin hacer nada? Porque en el ámbito femenino, en el hogar y lo privado, también se nos ha enseñado que se descansa haciendo adobes; que si tuve un tiempo para descansar del trabajo es para cocinar, para cuidar y para amar.

Es acaso que, en mis viajes solitarios, en mis desvaríos de conciencia contemplando la nada, ¿se acabó el amor y el cuidado? Tal vez, como propone Hélène Cixous, escribir el cuerpo implica también escribir su pausa.

Es ahí, en mis tiempos de conciencia desvariante, donde la memoria familiar se vuelve espejo ligeramente deformante. El pasado aparece como una fotografía que alguien dejó demasiado tiempo al sol. Mis memorias se confunden a tal punto de pensar si algo fue vivido o fue soñado. Si al partir, al negarme a mirar atrás, dejé la historia de mi abuela junto al comal, junto a la olla, y al dejar la comida en casa me acerqué a otra forma de memoria.

Me pregunto si realmente te conocí o te reconocí y te amé, si al verte no te vi a ti, sino a la imagen que esperaba ver con recortes de la infancia perdida, de una ausencia paterna o de una idealización que se me escapó al inconsciente en una película mal interpretada. Un querer regresar al amor de los brazos de mi abuela y de su comida casera.

Las narrativas de la vida, de mi vida se escapan del hogar, se escapan del ámbito de lo privado y se escapan de la mesa. No acostumbro a comer en el hogar, pero tampoco en el restaurante. Me gusta comer en encuentros diferenciales: en el pasto de un jardín, caminando por pasillos y banquetas. De pie frente a una bicicleta que lleva consigo unas deliciosas tortillas empalmadas, sudadas. A pie de banqueta devorando un helado, en una mesa improvisada a la mitad de la calle. En un parque de diversiones con una cerveza en la mano.

Porque la premura me mueve, la rapidez me moviliza; cada año que pasa, que llena mi cabeza de grises y mi rostro de grietas, es uno más que me acerca a la finitud. Porque los lugares cambian, las personas al lado se transforman. Un día estuve en una banqueta, sentada, escuchando a Nirvana comiendo unos cazares, escuchando sobre la muerte de Cobain. Otro día estuve en otra banqueta, de pie, con un tarro de pulque en la mano escuchando sobre la muerte de Rozz Williams. O no, quizás los recuerdos sean borrosos porque no he regresado a ellos. Comer deprisa también ha sido una forma de intentar vencer al tiempo, de no pensar en la fecha exacta en el que el calendario vuelve a señalarme: una batalla perdida antes de iniciar.

También volví a comer en compañía, cuando te amé como hombre o como ensoñación, te llevé a mis lugares favoritos, habitaste en los espacios que me significaron tanto. Cuando te fuiste tuve que buscar unos nuevos, tuve que cambiarlos porque, a diferencia de ti, yo no regresé a ellos. Me permití cambiar de ambientes, de “aires”, ver algo diferente, visualizar mi vida de otra forma. Aún hoy camino, ando y divago por caminos nuevos, sendas diferentes, corazones extraños, porque no soy de los que buscan amar en los mismos lugares.

Comer, degustar, devorar un platillo a la orilla de las sábanas después del tumulto que causa el encuentro de almas y cuerpos, de amar con el cuerpo. Beber entre suspiros, reír sin parar, dialogar sobre la vida mientras mis largas piernas recorren y abrazan tu torso. No sé si lo viví o lo soñé, si estuviste aquí o fue mi mente reconstruyendo compañía con trozos de imágenes que me ayudan a escapar de la soledad. Ese asesino imparable del tiempo que borra la memoria y da la sensación de estar entre diferentes versiones de mí misma.

Pero después de todo, aún no se ha agotado el tiempo. Al parecer, aún queda vida y, mientras haya, que se baile la resistencia, que se beba la alegría, que se colectivice el júbilo en bailes callejeros, que la bohemia local me arrastre a sus resistencias callejeras. Que el recuerdo de mi traidor sea devorado por el tiempo y el olvido. Quizás cumplir años no sea más que aprender a degustar la finitud sin dejar que se enfríe la vid

Compartir

comentarios

Salir de la versión móvil