En las investigaciones sobre citas de noviazgo que realizamos en la UNAM, una y otra vez, aparece el café como una bebida que es parte del ritual amoroso.
POR MELISSA GARCÍA MERAZ
Existen dos formas para mí de tomar café: la primera es de prisa, en un termo (mejor si es mi favorito en turno). En la parte delantera del auto y manejando a prisa por las calles de la ciudad, un café caliente, pero muy caliente, que me ha dejado más de una vez los labios quemados y que, sin duda, ha forjado en mí el arte de beber café en los semáforos. Eso sí, disfruto de ver el café salir de una “moka”, que ha dejado impreso su olor por toda la cocina. La segunda es mejor: el café sale de la “moka” también, pero en lugar de beberlo en el auto, lo bebo en casa, cómodamente en el sillón, donde lo vierto en una pequeña tacita de cerámica para que no se enfríe rápidamente. Mi hermano alguna vez me preguntó si el café sabía mejor en una tacita pequeña que en una grande, pregunta sincera de alguien que no conoce el arte (u obsesión, delirio, gusto o adicción) de tomar el café muy caliente. O quizás, como he dicho, la hazaña de beberlo sin “achicharrarse el labio”.
Quizás sí, y para los no bebedores parecería raro que se eligiera con tanto cuidado el café, leer de qué región proviene, preferir moler los granos al momento de la preparación, tener diversos artículos de filtrado: moka, prensa, cafetera. Y nada más, sin azúcar, sin leche, así, amargo, porque hay un momento de la vida en el que la dulzura solo se soporta si viene acompañada de un trago amargo. ¿No es acaso así la vida? Dicen que los que aman deberían saber que el precio, —si el precio de amar con locura y desatino— es estar preparado para el dolor y la amargura. Entre más alto subes, más grande es la caída. Quizás por eso el paladar cambia con el tiempo y algo sencillo, pero con calidad en su naturaleza, es lo mejor. Quizás por eso mi sensación y recuerdo de comer tortilla con sal en la tortillería, de probar aguacate con una pizca de sal en el tianguis, me tienen tan aferrada a esos sabores. Así comía mi abuela, una tortilla recién hecha, un poquito de sal y una salsita. Aún me recuerdo por las calles agrietadas o sin pavimentar del barrio en Iztapalapa, en una mano una tortilla hecha rollito y la otra sostenida por mi abuela. Placeres que solo aparecen una vez en la vida y desaparecieron cuando ella partió.
Y el café sí llegó despuesito a mi vida. En casa solo se bebía café soluble, bueno para acompañar el pan, porque pulquito y aguamiel también había, pero a mí me tocó otro México, el que bebe cerveza y toma café de cafeterías especializadas. No es mi caso, por fortuna, ya que haber conocido los tan famosos Remedios en Naucalpan, me acercaron también al pulque y al mezcal que se acomodan bastante bien a mi gusto, pero ese no es el punto. Regresemos al café. El segundo modo de beber café es el mejor momento, en casa con un pancito, resistiéndome al trabajo o disfrutando el fin de semana. Eso sí, es la bebida en soledad, en el más alto ritual de prepararlo en casa, molerlo, triturarlo, respirarlo en el ambiente y beberlo, como solo se beben las bebidas que vienen de los dioses.
Porque también hay una forma de beberlo en compañía. ¿Quién no ha pensado en la vieja frase: “Vamos por un café, ¿jalas?” Algo viene implícito en la invitación. Las citas amorosas a veces vienen con dulces, con ositos de felpa, con sonrisas coquetas entre los próximos amantes, pero a veces vienen con olor a café. Esas son mis favoritas. Recuerdo una anécdota que me fue contada de una chica que, estando en Italia, estaba emocionada porque un amigo italiano la invitaba a tomar café en las mañanas; ella pensaba que estaban saliendo o iniciando el cortejo; él pensaba que estaban haciendo solo eso que había propuesto: tomar un café. Diferencias culturales: la mañana en Italia es para beber rápidamente un espresso y, a veces, con compañía amistosa. Para ella, era claramente una intención romántica. Sin embargo, eso no es lo curioso de la historia sino el hecho de que, aún después de la decepción de la chica de saber que, en realidad, no estaban saliendo mientras tomaban café es que hoy están casados. ¿Realidad europea o rito mexicano? ¿No fueron acaso esas pláticas entre el sabor amargo y profundo del espresso, acompañado de una dulce migaja coqueta que se escapaba por sus labios lo que enamoró al italiano?
Porque hay algo muy claro en México: los chocolates, más si vienen en cajitas rojas o de corazones significan algo, pero compartir el café también. Alguna vez, un desconocido tocó a mi puerta de una oficina antigua, con un vaso de café en la mano y una galleta en la otra. Sabía que significaba ese olor de café recién molido acompañado de un delicioso perfume masculino y una galleta dulce. No, ahora recuerdo, no era una galleta, era un brownie, diablos, un chocolate disfrazado… debí azotar la puerta; ahora lo entiendo. Pero como dijo: Søren Kierkegaard: “la vida solo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero tiene que ser vivida hacia delante”. A veces, como decía mi abuela: es mejor arrepentirse que quedarse con las ganas. Dejar pasar ese café y Brownie fue aceptar que se puede amar, aunque después aparezca el dolor; que hay cosas que son amargas y que el dulce que nos acompaña solo es momentáneo.
En las investigaciones sobre citas de noviazgo que realizamos en la UNAM, una y otra vez, aparece el café como una bebida que es parte del ritual amoroso, que acompaña, que calienta y que se lleva a todos lados, en la cafetería, en el parque, en una banca, caminando por Coyoacán, porque sí, los mexicanos también hemos aprendido el delicioso arte de caminar, platicar y beber café. Cuando el café se popularizó en el continente europeo y después en el americano, traído de África y Medio Oriente, para mantener a los trabajadores en estado de alerta y a veces insomnes, alejándolos de las bebidas fermentadas y destiladas, jamás se imaginaron que hoy, así, como ritual amoroso aparece como: vayamos a tomar café y veamos qué sucede.
Pero, después de todo, nada como aceptar el café, el brownie y un beso dulce de tus labios que se transforma —como el café— en un corazón amargo. A veces, el corazón no se rompe por ingenuo, sino por valiente. Porque creyó, porque abrió, no cerró la puerta cuando pudo haberlo hecho. Porque al final, lo que permanece no es el aroma del café ni la dulzura del postre, sino la memoria de haberte amado.
*Facultad de Psicología, UNAM.
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