La noche del 5 de enero, el tiempo en México parece detenerse en una frecuencia distinta. No es el estruendo festivo del Año Nuevo ni la solemnidad litúrgica de la Nochebuena; es un silencio expectante, tejido por millones de niños que, tras semanas de cuidadosa caligrafía en sus cartas, aguardan el rastro de paja y agua que confirma el paso de la caravana más famosa de la
















