Libre en el Sur

Tiene que ser hoy

Tiene que ser hoy,  insistía.   Quería decir no, pero me moría de curiosidad,  por no decir de miedo y  escuchar lo que me tenía que decir.  Acepté. Si me iba a cortar que me cortara de una vez. O más bien si me iba a cortar que lo cortara yo primero. 

POR MARIANA LEÑERO

Acaba de pasar el 14 de febrero y aun cuando todo el teatrito comercial no me gusta, tengo que reconocer que ese día, corrijo, el día anterior a ese día, resulta ser significativo para Ricardo y para mí y lo celebramos desde hace 27 años.

Remontémonos al año de 1994 cuando Ricardo y yo éramos novios. Reenamorados, con las maripositas revoloteando por todo el cuerpo pero también dispuestos a discutir rápidamente por todo. Coincidíamos en cosas fundamentales. Luego nos ganaba las ganas de querer que el otro cambiara. Vivíamos en esas relaciones de novios estilo montaña rusa. Por dos risas, un pleito; por dos besos, tres gritos; por un silencio, tres suspiros.

Unas veces me tocaba ser la insoportable y otras a Ricardo; o te tocaba ser el que aguantaba más, el que luchaba más, el que perdonaba más; o te tocaba ser el terco, el enojón, el ajeno.   Ni quién nos diera un mes. Al principio nuestros amigos nos consolaban cada vez que “tronábamos” pero después resultábamos incómodamente predecibles. Así pasaron 3,  9, 13, 16, 24 meses  y seguíamos.  Nos negábamos aceptar que no éramos compatibles y nos negábamos aceptar que lo éramos.

A dos años de novios,  después de una de nuestras ya conocidas  y esperadas peleas, nos despedimos, cerré la puerta y como cuando explota un fusible, Ricardo me dejó de hablar, puff… desapareció.

Esperé un par de días. Ricardo mudo. Intenté unas cuantas veces buscarlo pero después yo también me enmudecí.  Una semana, dos semanas, tres semanas, cuatro semanas…

Si tan solo me hubiera avisado que ese pleito era el definitivo, pensaba.  

El 13 de febrero por fin  sonó el teléfono. Era él. Con voz seria me pedía que saliéramos a cenar.  Tiene que ser hoy,  insistía.   Quería decir no, pero me moría de curiosidad,  por no decir de miedo y  escuchar lo que me tenía que decir.  Acepté. Si me iba a cortar que me cortara de una vez. O más bien si me iba a cortar que lo cortara yo primero. 

Llegamos a cenar. Un mesero nos recibió y nos mandó a sentarnos ahí hasta atrás en una esquina cerca del piano. Lugar más que privado incómodo.  Nos acompañaba metiche un pianista tocando música estilo elevador. Ya no me aguantaba por comenzar con mi discurso de ofendida. Pero él comenzó diciendo:

-Voy a escuchar lo que quieras decirme  pero primero déjame explicarte y darte una cosa.

-Lo que me tienes que dar es una disculpa. Lo interrumpí.

-Eso también, pero en estas semanas  (4 largas semanas cabrón) he estado pensando muchas cosas sobre mi vida (ni que estuvieras en el Tíbet haciendo retiro de silencio cabrón), revisando lo que quería en mi vida (pero avisa cabrón), y  lo que quería en la vida contigo… Mientras más filosofaba yo iba leyendo en mi mente, en close captions: cabrón,  cabrón y más cabrón.  Pero antes de que yo sacara las uñas, continuó:

-Y lo único que importa es construir una vida para siempre juntos.

Y así de su mano apareció la cajita. Sí, la mentada cajita del anillo.  Por supuesto, era de esperarse que Ricardo,  mi Ricardo, iba a seguir con la tradición de comercial,  esa de hincarse y pedir matrimonio. Los “cabrones” desaparecieron instantáneamente de mi cabeza. Ni tiempo de escuchar el pianito ridículo que Ricardo ya tenía planeado desde unos días antes. Lo único que me importaba era esa propuesta de matrimonio convencional, pero maravillosa, de la que ahora yo era partícipe.   

-Sí sí sí sí,  dije, con voz estilo Cenicienta.

Rápidamente Ricardo se levantó para aclarar:

-Tenía que ser hoy.  No quería ser cursi  y darte el anillo el mero Día del Amor y la Amistad.

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