Libre en el Sur

Veinte años

Hace 20 años, cuando nació ‘Libre en el Sur’, un nutrido público de lectores acudía a los puestos de revistas y periódicos para leer con avidez los titulares de las portadas y de las primeras planas. Una manera de informarse era ir a esos kioscos ubicados en las esquinas.

POR RODRIGO VERA

Por debajo de la puerta de mi casa alguien deslizaba de pronto, no se quién, la edición impresa de Libre en el Sur. Era por las mañanas. De manera que mientras desayunaba leía la publicación que me llegaba gratuitamente. Para mi sorpresa me di cuenta que la dirigían “Los Pacos”: Francisco Ortiz Pinchetti y su hijo Francisco Ortiz Pardo, “Paquito”, dos viejos amigos reporteros con quienes trabajé en la revista Proceso y a quienes entonces veía ocasionalmente, como lo sigo haciendo ahora.

Alguna vez, no recuerdo bien en qué circunstancias, fui a visitar a “Los Pacos” en las oficinas que tenía Libre en el Sur a un costado del Parque Hundido. Ahí me platicaron entusiasmados de su proyecto periodístico; dar cuenta sobre todo de los acontecimientos de la Delegación Benito Juárez, hoy convertida en alcaldía.

Y sí, abría las páginas de la publicación y leía sobre obras viales, proyectos de gobierno, molestias vecinales, parques, edificios emblemáticos, restaurantes y lugares recreativos de nuestra Delegación, que por aquellos años era distinta a lo que es ahora.

Muy diferente, recuerdo que entonces la avenida Cuauhtémoc estaba despejada y se circulaba por ella con rapidez. La veía anchísima mientras me dirigía a la Cineteca Nacional o rumbo a Coyoacán, lugares donde acostumbro ir. No existía la línea del Metrobús que hoy la cercena en dos partes y provoca un ruidoso caos vial. Ni tampoco existían los aparatosos edificios de departamentos que hoy flanquean a la Cuauhtémoc, como las llamadas “City Towers”, por cuya construcción –según la fiscalía capitalina— Christian Von Roehrich siendo titular de la Benito Juárez recibía millonarios sobornos, por lo que hoy está preso en el Reclusorio Norte acusado de pertenecer a un “cartel inmobiliario”… ¿Será?

Igual, entonces estaban generalmente despejados los ejes viales Eugenia y Ángel Urraza, que sigo tomando diariamente para ir y venir del trabajo. Ahora, en cambio, ya es común ir a vuelta de rueda por ambas vialidades atascadas de tráfico hasta los fines de semana, algo entonces impensable.   

Y es que en la alcaldía Benito Juárez empezaron a construirse edificios de manera indiscriminada, aquí y allá, sin ningún control urbano. Hoy siguen demoliéndose casas en donde antes vivía una sola familia para dar paso a condominios donde habitan 7, 10, 15 o más familias. Tan solo en la calle donde vivo –en el corto tramo que va de San Borja al Eje Eugenia— en un tiempo se estaban construyendo tres edificios a la vez, entre asfixiantes nubes de polvo y el estruendo de los marrazos y de las revolvedoras de cemento.  

Ya levantados los cubos de concreto con ventanales de aluminio, y vendidos a precios estratosféricos, viene como secuela la escasez de agua y la saturación vehicular. Hoy es común comprar agua en pipas para llenar nuestras cisternas, lo mismo pagarle a los “franeleros” para que nos consigan un espacio de estacionamiento en calles atestadas de vehículos.

La construcción de la altísima torre Mítikah, y de su enorme centro comercial, vino a golpear rudamente la vida comunitaria de la zona donde se levantó; el poblado de Xoco, muy apegado a sus tradiciones y festejos patronales con cohetones lanzados al aire. Esta moderna torre de 62 pisos forrados de cristal resulta emblemática; simboliza los estragos que la saturación urbana trajo a los habitantes de la alcaldía.

Hace poco me dieron en la calle un volante promocional de otro de estos nuevos desarrollos inmobiliarios; se trata de Sthana, con 106 departamentos (los más baratos cuestan 5.7 millones de pesos) cuyas áreas comunes tendrán alberca, pista de jogging, dog park, bussiness center, ludoteca, gimnasio con vestidores y otras “amenidades interiores con seguridad privada”. Sthana se construye en el poblado de Santa Cruz Atoyac, igualmente golpeado por los empresarios del ramo. ¿Un cartel inmobiliario es el gran beneficiado?

Otro cambio evidente; hace 20 años, cuando nació Libre en el Sur, un nutrido público de lectores acudía a los puestos de revistas y periódicos para leer con avidez los titulares de las portadas y de las primeras planas. Una manera de informarse era ir a esos kioscos ubicados en las esquinas. Algún titular los enganchaba y compraban la publicación para llevársela a leer a casa. Yo me contaba entre ellos. Diariamente compraba el periódico La Jornada y de pronto algún otro. Y también adquiría la revista semanal Tiempo libre porque me mantenía al tanto de la cartelera teatral y cinematográfica, con sus horarios y sus secciones de crítica. Era mi guía.

Pero al venirse las redes digitales toda esa información comenzó a leerse en los teléfonos celulares. Las publicaciones impresas decayeron, y por tanto se vio muy menguado el público lector que acude a los puestos de revistas. Incluso muchas publicaciones dejaron de imprimirse y hoy únicamente circulan por Internet. Por lo que respecta a mí, ahora solo ocasionalmente compro algún periódico, alguna revista. Fue un fuerte cambio socio cultural en todo el mundo.  

Así, no sé en qué momento dejaron de deslizarme, debajo de mi puerta, la edición impresa de Libre en el Sur. De pronto ya no me llegó, se esfumó… Pero luego apareció, mágicamente, su versión digital en la pantalla de mi teléfono celular, y desde ahí me sigue relatando el acontecer de la alcaldía Benito Juárez, como lo ha hecho durante dos décadas.    

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