Luminiscencia ante el olvido
“Esa luz nos permite distinguir lo que en otro momento nos costó penas y sobresaltos, aquello que ni siquiera éramos capaces de nombrar sin que se nos revolviera el estómago o comenzáramos a sudar por reflejo”.
POR OSWALDO BARRERA FRANCO
Que no se trata de echarle la culpa a alguien, para nada. Sólo pasa y así hay que aceptarlo. A veces olvidamos aquello que tuvo un significado especial pero a la vez confuso para nosotros porque, más allá del inevitable tiempo transcurrido, hay algo que hoy nos atrae o nos entusiasma de otra forma, o a lo que debemos poner mayor atención. Por ello, lo que adquirió en algún momento una gran relevancia se ve desplazado por otra cosa, otra persona, otra emoción u otra situación que nos interesa más.
Ese olvido involuntario, en la penumbra de una memoria selectiva que responde a intereses y afectos mutables, es más común de lo que pensamos, y de lo que deseamos en ocasiones, pero no es del todo negativo, ya que no podemos vivir aferrados a aquellos recuerdos de un pasado lejano sin estar del todo en el presente, más si se trata de los recuerdos de aquellos acontecimientos que nos pusieron a prueba y cuyas consecuencias ya no tienen remedio. Así que debemos dejar ir aquello que sólo nos mantiene atados a una ilusión pasada, que no tiene además posibilidades de volver a acontecer en nuestro día a día, al menos no de la misma manera, para enfocarnos en aquello que hoy nos ofrece un bagaje nuevo de emociones y aprendizajes. Hasta que, de repente, como un alma en pena de lejanos ayeres, se manifiesta de nuevo.
Porque algunos olvidos son adioses a medias, que de un momento a otro, en especial con la cercanía de ciertas fechas o al inicio o cierre de ciclos significativos, se hacen presentes para revolver apegos y aflicciones por igual, según el ánimo de nuestra memoria afectiva. Cuando nos damos cuenta, un olor particular, un sonido del pasado o una luz melancólica durante un atardecer abren de lleno la puerta para que aquel olvido entre furtivamente y sin remordimiento alguno a las recámaras de nuestra memoria. Y uno que creía haberlo superado, después de tanto tiempo.
Nos encontramos entonces a merced de una evocación que llega a manifestarse incluso en un ligero estremecimiento y un vacío en el estómago, en un brote inesperado de lágrimas largamente contenidas, en una sonrisa involuntaria pero a la vez satisfactoria; no es una ilusión ni un sueño, sino una manifestación de aquello que hemos anhelado u ocultado por años y que nos recuerda que tuvimos un pasado en el cual nuestras emociones nos hacían respirar, mirar y sentir de otra manera.
Al volver del olvido, una luz distinta y a la vez familiar alumbra rincones que alguna vez permanecieron en las sombras, donde quizá nos sentíamos a gusto, protegidos de miradas indiscretas o incriminatorias, en los que nos costaba trabajo hallarnos incluso a nosotros mismos, antes de que los cambiáramos por otros más luminosos donde queríamos ser vistos, reconocidos y apreciados. Esa luz nos permite distinguir lo que en otro momento nos costó penas y sobresaltos, aquello que ni siquiera éramos capaces de nombrar sin que se nos revolviera el estómago o comenzáramos a sudar por reflejo. O quizá ilumine un pasaje afortunado y de gran sosiego para beneplácito nuestro, el cual quisiéramos revivir tal cual lo recordamos.
Ahora que cerramos otro año, no dejo de descubrir en esos rincones que mencioné la subrepticia presencia de aquellos olvidos que cambiaron, para bien o para mal, lo que sería el trayecto que hoy me ha llevado hasta aquí. Los amargos cumpleaños por otros estropeados, las fiestas que alegraban los encuentros familiares y con los amigos, los viajes que ilusionaban las aspiraciones adolescentes, los recelos que arruinaron amistades y querencias, la vez que una llamada fue el preludio de un adiós apresurado, todos olvidos que, justo en este mes de cierre, se invitan por su cuenta para acompañarme y hacerme reconocerlos.
Y entre esos olvidos, la cálida luz de una vela que proyectaba sombras en el techo y las paredes de la casa de mis padres. Un regalo de quien llegó a formar parte de mi familia por un corto tiempo, pero el suficiente para agradecerle su presencia y compañía, a la que le abrimos más que las puertas de la casa y le brindamos la confianza que, antes de ella, sólo era un vano empeño de mi parte, hasta que se perdió ante la incertidumbre de una deslealtad real o imaginada. Como otras presencias en estas fechas, su imagen se va diluyendo en las décadas que han pasado desde la última vez que compartimos un mismo recuerdo hasta volverse tan sólo un reflejo opaco de lo que fue un ilusorio porvenir. Se marcha, como otras, entre la neblina del ineludible extravío.
Otras son las luces que ahora iluminan nuevos trayectos cuyos destinos todavía no se conocen. Ahora es más fácil caminar bajo ellas o dejarse guiar por aquella que surge de uno mismo, sin el temor de que un día se apague y con la seguridad de que alcanzará a alumbrar más allá de la memoria fugaz.















