Ciudad de México, enero 22, 2026 09:26
Alcaldía Cuauhtémoc

Alessandra Rojo de la Vega encabeza todas las encuestas de aprobación en Ciudad de México

Los ataques del oficialismo no la debilitan: los capitaliza en redes y refuerza su perfil político y carismático

Las mediciones coinciden en un liderazgo sostenido, mientras el segundo al quinto lugar se disputan encuesta tras encuesta.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

Alessandra Rojo de la Vega se ha consolidado como la alcaldesa mejor evaluada de la Ciudad de México en las principales encuestas de aprobación y desempeño levantadas a lo largo de 2025 y principios de 2026. Más allá de coyunturas políticas o diferencias metodológicas, los ejercicios demoscópicos coinciden en un punto central: el primer lugar no está en disputa.

En todas las mediciones relevantes, la alcaldesa de Cuauhtémoc aparece en la cima de los rankings, con niveles de respaldo ciudadano que se mueven de forma consistente entre 61 y 68 por ciento. No se trata de un pico aislado ni de una sola encuesta favorable, sino de una tendencia sostenida que se repite mes tras mes y con distintas casas encuestadoras.

El consenso, sin embargo, se rompe a partir del segundo lugar. Las posiciones del dos al cinco cambian de manos según la encuesta, el momento del levantamiento y la metodología utilizada. Gustavo A. Madero, Miguel Hidalgo, Álvaro Obregón, Coyoacán, Xochimilco y Benito Juárez aparecen de forma alternada en ese bloque competitivo, con diferencias mínimas entre sí.

Los datos lo confirman. En el ranking de alcaldes de la Ciudad de México elaborado por CE Research, correspondiente a finales de 2025 e inicios de 2026, Alessandra Rojo de la Vega ocupa el primer lugar de aprobación, con porcentajes que oscilan entre 64 y 65 por ciento, mientras que las posiciones subsecuentes varían entre alcaldías como Álvaro Obregón, Coyoacán, Xochimilco y Benito Juárez, con márgenes muy cerrados.

Un patrón similar aparece en las mediciones de GobernArte, que a lo largo de junio, agosto y octubre de 2025 colocan a la alcaldesa de Cuauhtémoc de manera consistente en el primer sitio, con niveles de aprobación que van de 61.3 a 62.1 por ciento. En estos ejercicios, el segundo, tercer, cuarto y quinto lugar se intercambian entre Gustavo A. Madero, Miguel Hidalgo, Álvaro Obregón y La Magdalena Contreras, sin que ninguna de estas demarcaciones logre desplazar a Cuauhtémoc de la cima.

A ello se suman los rankings mensuales de evaluación de alcaldes levantados en agosto y septiembre de 2025, donde Rojo de la Vega vuelve a encabezar la lista con cifras que alcanzan incluso entre 66 y 68 por ciento de aprobación, ampliando momentáneamente la distancia respecto del resto. En estos ejercicios, la competencia vuelve a concentrarse del segundo al quinto lugar, confirmando la volatilidad de ese bloque intermedio.

La medición más reciente de LaEncuesta.mx, enfocada en evaluación de desempeño y aprobación de alcaldías en la Ciudad de México, reproduce el mismo esquema. En ese estudio, Cuauhtémoc aparece nuevamente en el primer sitio de aprobación ciudadana, mientras que el resto de las demarcaciones se agrupan en rangos muy cercanos entre sí. La coincidencia entre encuestas con metodologías distintas y periodos diferentes refuerza la lectura de un liderazgo sostenido y transversal.

Ese liderazgo no ha pasado inadvertido para Morena. En los últimos meses, legisladores federales del oficialismo —sin responsabilidad directa sobre la Ciudad de México ni sobre la alcaldía— se han subido de manera llamativa al ring político para confrontarla. Los ataques han ido desde cuestionamientos administrativos hasta descalificaciones personales, en una ofensiva que contrasta con los resultados de las encuestas.

Lejos de replegarse, Rojo de la Vega ha optado por capitalizar los embates, especialmente en redes sociales. Cada ataque es convertido en narrativa, contraste y visibilidad, subrayando la distancia entre quienes critican desde la tribuna y quien gobierna una de las alcaldías más complejas de la capital.

Ese manejo del conflicto no es improvisado. Forma parte de un estilo político reconocible: responde cuando conviene, elige el tono y controla el ritmo. Evita el registro institucional rígido y apuesta por una comunicación directa, a veces irónica, a veces emocional, que conecta con audiencias cansadas del discurso tradicional.

En redes, ese estilo se expresa con claridad. Rojo de la Vega aparece como madre con sus hijos en escenas domésticas sin producción, como mujer en pijama dentro de su cuarto, sin maquillaje ni solemnidad, o como figura corporalmente presente en bikini en la playa o entrenando en el gimnasio. No hay descuido, hay decisión. Ella controla cuándo y cómo mostrarse, y convierte la intimidad en una forma de autoridad blanda que desarma el ataque frontal.

Ese uso del cuerpo y de lo cotidiano no diluye el mensaje político, lo reencuadra. Mientras el oficialismo intenta arrastrarla a la lógica del expediente, la denuncia o el escándalo, ella desplaza la conversación hacia un terreno donde el ataque pierde filo. No responde endureciéndose; responde existiendo.

A ese estilo se suman decisiones de alto voltaje simbólico. Uno de los episodios más visibles fue la remoción de las estatuas del Che Guevara y de Fidel Castro del espacio público en la alcaldía, una acción que detonó críticas inmediatas desde sectores de la izquierda y de Morena, que la acusaron de provocación ideológica. Rojo de la Vega defendió la decisión como un acto de recuperación del espacio público y de neutralidad institucional, asumiendo el costo político sin matizar.

A esa secuencia se añadió su convocatoria directa a una marcha masiva propia, presentada como parte de un movimiento que define como de alcance nacional. Impulsada desde redes y replicada por simpatizantes fuera de la capital, la movilización buscó mostrar capacidad de convocatoria más allá de Cuauhtémoc. El oficialismo la acusó de anticipar campañas y de provocar deliberadamente, pero Rojo de la Vega asumió el señalamiento y defendió la movilización como expresión ciudadana legítima.

Más tarde, otro momento de fricción se dio con su respaldo a la llamada marcha de la Generación Z. Desde Morena, las críticas escalaron y la acusaron de alentar la confrontación con la policía y de usar la protesta como plataforma política. La alcaldesa respondió reivindicando el derecho a la manifestación y subrayando que su papel era garantizar libertades, no contenerlas.

En todos los casos, el patrón se repite. No se desmarca del conflicto, no retrocede ni pide permiso. Integra la polémica a su narrativa y la convierte en una nueva capa de visibilidad. Las acusaciones no la arrinconan; la colocan en el centro.

Así, la madre, la mujer en pijama, la figura en la playa o en el gimnasio, la alcaldesa que quita estatuas, convoca marchas propias y respalda movilizaciones juveniles no son piezas contradictorias, sino partes de una misma construcción política. Frente a la ofensiva del oficialismo, Rojo de la Vega no se esconde ni se endurece: se muestra, ocupa el espacio y controla el relato. Y en ese gesto —tan simple como político— convierte el ataque en ruido y la polémica en capital.

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