Ciudad de México, febrero 21, 2026 00:14
Revista Digital Febrero 2026

Cafeína a la vista

“Tazas con café, que atestiguan sueños, habladurías, intrigas, quejas, rupturas, pactos, cercanías fraternales o románticas…”

POR ALEJANDRO ORDORICA SAAVEDRA

En el tablero de la vida, los rituales del café conllevan siempre aperturas y cierres, de los que nadie escapa.

¿Quién no ha estado frente a una mesa, mediando una taza de café, bien sea para alentar la reflexión o activar el pensamiento?, e igual en la proximidad del encuentro humano, inaugurando un romance, componiendo el mundo, celebrando una buena noticia, definiendo estrategias, criticando al gobierno o cerrando un buen negocio.

Tazas con café, que atestiguan sueños, habladurías, intrigas, quejas, rupturas, pactos, cercanías fraternales o románticas.

Una dimensión tan vasta, que parte de siglos atrás con la aparición de cafetines hasta llegar a entregas a domicilio que se solicitan en las plataformas digitales. Y que me llevó a confeccionar mi relato cafetero rodeado de mis hijas e hijos, licencia que me tomé y llamaría una especie de relato colectivo o de periodismo en y de familia, por lo que de paso pido comprensión y tolerancia por las acotaciones que haré en cada caso, pues sin excepción mis hijas e hijos son de primera.

El primer registro que recibí fue el de Adriana, mi hija mayor, una talentosa diseñadora gráfica que vive en El Paso, Texas, muy en consonancia con la globalidad explosiva de nuestros días: “… las cafeterías son puntos de encuentro casi sagrados. Ahí, pasamos horas y más horas convocando a la amistad y a soñar despiertos. Ni se diga cuando se trata de una primera cita y se convierte en el escenario perfecto para descargar los nervios, sobreponerse a las miradas tímidas… también puede ser refugio para recuperarse de disgustos, emociones intensas o de los vestigios del desamor. Cómo recuerdo de niña cuando nos llevabas a una y otra cafetería que representaban para nosotros aventuras fascinantes, donde aprendimos a convivir e igual a almacenar tantos y bellos recuerdos que quedaron atrapados en una taza caliente entre nuestras manos”.

Otro de mis hijos, Alejandro, que estudió Derecho, buen empresario y ahora reside en Salamanca, España, apuntó que “… para mí es inolvidable el aroma que por la mañana inundaba el hogar y la certeza de que nos convocaba a un desayuno delicioso, como también infaltable después de la comida en garantía de una buena sobremesa, como si fuera una olla de bruja de donde emanaba la magia de la conversación”.

Por su parte, mi hija Lorena, desde Tijuana donde vive y quien ha laborado en el ámbito de las relaciones internacionales, aunque por el momento está dedicada ejemplarmente a su hogar, afirma categórica “yo lo asocio con el amor, que igual comienza con una cuidadosa selección, que no se da de golpe y en cuya preparación se va graduando debidamente la temperatura… Un cómplice o aliado incondicional para rellenar los silencios incómodos e incentivar lo que se resiste para abrir el diálogo más espontáneamente y hasta una guía para saber las creencias o preferencias de quienes nos rodean, o rodeamos, a fin de generar una mayor empatía”.

Y se apuntaron por igual mis otras dos hijas e hijo, que han vivido aquí en la Ciudad de México y conforman un clan que bauticé como “Los aztecas”, coincidiendo con los comentarios ya vertidos antes, además de que los aderezaron así: Lisette, la única que decidió estudiar comunicación social, como yo, y que ha desempeñado importantes cargos en las áreas de información y prensa de diversas instituciones públicas, sostiene que “cuando piensa en el café, piensa en el amor en pareja, la algarabía amistosa, la unión familiar e incluso en el destino esculpido en los residuos del cafeto hasta el fondo de la taza”.

Andrés, valioso politólogo, maestro y funcionario de la UNAM, rindió tributo al café “por ser un generador de ideas de ida y vuelta, de un instigador de ardientes polémicas, siempre que sean civilizadas y provechosas”. Y de remate me evidenció con un “a ti te encanta también el café con charla, aunque no el de las cápsulas que se insertan y sirven en automático, pero especialmente el café lechero de los Bisquets”.

Cerré con la más pequeña de mis hijas, Rosalía, una muy ameritada abogada que se desempeña en el sector público y se refirió a las cafeterías como “esos espacios idóneos para las charlas entre amigos sobre las andanzas del día a día, o para entablar la inevitable plática del armado de argumentos en los asuntos del trabajo, siempre acompañada de un buen espresso, además de que el café que ahí saboreamos suele recrear en general los momentos más gratos y celebratorios”.

Y solo agrego, que mi compañera Martha Chapa publicó un interesante libro cuyo título es “Con sabor a Sanborns” e incluye sus recetas tradicionales y el café tan peculiar que ahí se sirve, junto a historias y anécdotas de personajes célebres que por ahí transitaron.

Desde luego, me sumé plenamente al manantial de sus certeras y lúcidas opiniones, a la vez que me condujeron por el largo peregrinaje de tantas cafeterías que he visitado y el cúmulo de vivencias entrañables, que no enlistaré ahora, si acaso un recuerdo de mi juventud del icónico café de Kikos, en la colonia donde nací y viví, Santa María la Ribera, que estuvo ubicado en la propia Alameda, y donde tantas veces acudimos enchamarrados muy al estilo de rebeldes sin causa con nuestras novias de la mano, a repasar cuitas, travesuras, inquietudes, inconformidades, que luego trastocarían en demandas airadas llegado 1968, exigiendo democracia y libertades, así como de la extinción del autoritarismo imperante, que quién lo diría, hoy reaparece y vuelve a amagarnos.

Compartir

comentarios

Artículos relacionadas