Ausencia: la mujer del Café Central
Imagen creada.
¿Qué sería de él sin la presencia de su musa absorta, figura espigada, vestido otoñal que parece alzarle un vuelo frágil, aquella con la que nunca ha cruzado palabra?
POR NANCY CASTRO
En el Café Central la retrata con notas,
texturas improvisadas.
Cada noche ella se sienta en la misma mesa
deja ir la mirada,
como si quisiera capturar de la Plaza del Ángel
aquel instante que años atrás
le consagró la sonrisa a pinceladas.
Suspira
y regresa a las notas que el jazzista
teje entre las cuerdas de su contrabajo.
¿Qué sería de él
sin la presencia de su musa absorta,
figura espigada,
vestido otoñal que parece alzarle
un vuelo frágil,
aquella con la que nunca ha cruzado palabra?
El lugar de ella:
La mesa junto a la ventana que da a la plaza,
cristaleras de arriba abajo,
escaparate del mundo.
Corrobora:
Sigue intacta la banca,
tan vacía de presencia
que, si no fuera por la estatua de Lorca,
testigo de tantas tardes
pensaría que nunca sucedió:
Salía de trabajar con el corazón sincopado, ardiente
a cada paso se acercaba
al lugar donde la tarde se abría como un compás.
No corría.
Dejaba que la ciudad le marcara el tiempo,
los semáforos, las sombras largas,
el pulso desigual de la plaza.
A cada paso se acercaba
a la banca intacta,
a la espera repetida,
a la certeza breve
de ser mirada antes de ser nombrada.
A cada paso se acercaba a la banca bajo la estatua,
al hueco exacto de su cuerpo en la tarde.
Sabía leer el modo en que él levantaba la vista,
el gesto mínimo,
el tiempo detenido
antes de la sonrisa.
A cada paso se acercaba
Con el corazón desordenado
Y la certeza intacta de encontrarlo
hasta el día en que la banca estuvo sola.
En que la tarde pasó de largo
en reconocerla.
En qué él ya no la esperó.
Se esfumó hacia ninguna parte.
Ella siguió yendo.
Fue entonces que el jazz le dio forma a su dolor
y entró por primera vez al Café Central.
Desde entonces,
al caer la tarde
y hasta que la noche se impone,
se sienta allí
a ser parte de la estampa del día.
Las luces del pequeño escenario
alcanzan a delinear su perfil;
la melena detrás de la oreja
resalta las clavículas,
como una llave que podría abrir algo
que nadie nombra.
El jazzista se esconde tras su sombrero de ala ancha. No lo sabe,
pero cada nota que arrastra con el arco
roza un nombre
que no pronuncia.
Cree tocar para el murmullo del café,
para los vasos,
para la tarde que cae,
y sin embargo
afina ese resto:
lo que queda de ella,
que siempre se sienta junto a la ventana y escucha sin mirarlo.
No busca al jazzista.
Busca lo que ya no está
y que, aun así, vuelve
cuando el contrabajo aprende
a decir adiós.
Y cuando perfila la nota hacia la ausencia,
ella lo mira.
Entonces, por segundos,
Se comunican.















