Ciudad de México, febrero 1, 2026 08:17
Revista Digital Febrero 2026

¿Cuándo tomamos un café?

Todavía en esos años de la incipiente transición política -entendida como la alternancia en los gobiernos y la pluralidad en los triunfos electorales-, el “tomemo.s un café” se desahogaba en alguna sucursal de Vips, Sanborns, Toks, Lynis o Denny’ s“.

POR IVONNE MELGAR

En mi siguiente vida de reportera, iré caminando por colonias de la Ciudad de México donde alguna vez me habría gustado pernoctar, husmeando el clima comunitario en sus barras de café.

En medio de los descubrimientos, también me instalaré con calma en espacios ya visitados, esos que quisiera replicar cuando urge encontrar uno a medio camino, porque se hizo tarde para mandar un texto o toca entrevista remota.

Porque hay lugares que tienen el encanto de sus alrededores, como el café del parque de la Santa María la Ribera, o la gracia de sus peculiaridades, como esa del filtrado en sifón japonés que se ofrece a unos pasos del Metro Etiopía, en la salida oriente de Xola.

Ese será el hilo tejedor de mi reporteo en la caminable CDMX: los espacios libres de prisa, donde los comensales trabajan, los amantes conversan, las amigas se carcajean, los estudiantes intentan ponerse de acuerdo y los comerciantes pactan.

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Esos lugares ruidosos, donde cada uno puede perderse en su silencio y a su modo, son la versión cosmopolita de una ciudad multiusos que se puso al día cuando el recogimiento y la contemplación se volvieron negocio planetario, con el café como gancho de por medio, porque lo que ahí, en realidad, se compra y vende son momentos para el bien estar.

Y aunque otras generaciones gozaron de selectos salones para la convivencia, la conversación, el ocio y los acuerdos del poder y del dinero, la era de estos changarros que emulan el confort de una sala familiar y que tienen acceso para todas las edades y bolsillos comenzó recientemente.

Cierto es que la vertiginosidad de la vida capitalina reemplaza usos y costumbres que, de pronto, se vuelven borrosos recuerdos personales que, sólo cuando se activan, nos hacen conscientes de cómo el tiempo devora lo que alguna vez consideramos parte del paisaje.

Y es el caso del “tomemos un café” en nuestro ido Distrito Federal, así llamado desde el Siglo XIX y hasta enero del año 2016, fecha en que inauguró su hermoso acrónimo actual de CDMX,

Diría, ateniéndome a mis vagos cortes de época en la memoria que, bajo ese nombre, la capital del país entró de lleno y en la recta final del glamur de gran destino del mundo, si bien el ascenso inició una vez que sus habitantes comenzaron a elegir a sus autoridades en el verano de 1997.

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Todavía en esos años de la incipiente transición política -entendida como la alternancia en los gobiernos y la pluralidad en los triunfos electorales-, el “tomemos un café” se desahogaba en alguna sucursal de Vips, Sanborns, Toks, Lynis o Denny’ s, donde nuestra generación universitaria se citó para los trabajos en equipo, chacotear o echar novio.

Si bien Coyoacán tenía lugares diferentes para el mismo fin, en la calle de Francisco Sosa o frente a la Plaza La Conchita, y el café de la librería El Sótano, las tareas compartidas en los años de la Facultad de Ciencias Políticas trascurrieron principalmente en el Vips. Y, si la jornada iba para largo, qué mejor que la extinta sucursal de la esquina de Insurgentes y Altavista, con servicio de 24 horas.

Por las tasas de café consumidas en esos años, le tengo más nostalgia al de Miguel Ángel de Quevedo, el VIPS de los universitarios por décadas, y al que acudí a la salida del primer día de clases con mi adorado amigo Renato Ravelo, quien ahí me compartió las razones de porqué Ciencias Políticas era el lugar correcto para los que queríamos ser periodistas.

Y en la película de nuestro tiempo, ahí está la locación de una emocionada entrevista que le hicimos a Marcelino Pereyó para nuestro diario Conciencias Políticas, en pleno auge del Consejo Estudiantil Universitario.

Todos pedimos café. Porque no había para más. Y cuestionamos al gran ex dirigente del movimiento del 68, recién regresado a México, por sus críticas a las cúpulas de izquierda que capitalizaron aquella coyuntura.

En el rincón del ala derecha trascurrió la entrevista donde escuché por primera vez el poema Ítaca de Constantino Kavafis que el gran Marcelino nos leyó para ilustrarnos que esto de las causas democráticas no tenía fin.

Lilia Monroy, Cristina Gutiérrez y yo, estupefactas, felices, tomábamos nota de lo que aquel hereje nos decía contra las consignas políticas del entorno:

“Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo…”

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Había leído la entrevista que, en varias partes, le hizo la periodista Nidia Marín a Pereyó en Excélsior, pensando, sintiendo, soñando: “así quiero ser yo, como ella, conversar con personas así y publicar textos en los que no solo se transcriban las respuestas”.

Y aquella conversación sería acaso la primera de un oficio que meses después se formalizó con la cobertura de los trajines universitarios para el periódico unomásuno y que incluyó decenas de cafecitos con dirigentes estudiantiles, académicos y sindicales en ese mismo Vips de Miguel Ángel de Quevedo.

Ese café de reporteo cotidiano de finales de los 80 y principios de los 90 tuvo tres sedes más, recurrentes entonces por la comunidad grilla de la UNAM: el Centro Universitario Cultural (CUC), al ras del Paseo de las Facultades; el Sanborns de San Ángel y, cuando se trataba de Rosario Robles, una de mis fuentes predilectas de esos años, el encuentro ocurría en el Wings de El Relox, un centro comercial ubicado en Insurgentes y Paseo del Río.

Fue hasta que llegué a Reforma, a principios de 1997, que me sumé a la práctica de vamos por un café al punto de venta que había en el segundo piso del periódico y que, muy pronto, competiría con el Coffe Station ubicado en Avenida Universidad, a unos pasos de la calle San Lorenzo.  Esa fue la primera franquicia cafetera que visibilicé como tal, una vez que el giro comenzó a proliferar, convirtiéndose en mi preferida la que se ubicaba junto a los cines en Pabellón del Valle, y a la que pasábamos mi querida Rosa Elvira Vargas y yo al regresar de las giras de Vicente Fox en la mitad de su sexenio, entre 2003 y 2005.

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De regreso del Hangar Presidencial, ella me ofrecía aventón, desmenuzábamos lo ocurrido en los eventos, los del personaje, compartíamos a medias nuestros adelantos, ocultándonos mutuamente el ángulo y los detalles de la crónica que aspirábamos a escribir esa tarde noche; ella dejaba su carro en el estacionamiento de La Jornada y nos íbamos caminando por nuestros frapuccino light, hasta que nos despedíamos en la esquina del Reforma.

Un par de años atrás había disfrutado, asombrada, gracias al oportuno consejo de mi querido colega Víctor Fuentes Coello, el placer de comprar un café y sentarme a escribir la nota, esa vez a mano, en una sala que emulaba la de una casa confortable.

Y es que cuando ese junio del año 2000 me tocó conocer Nueva York para cubrir la Conferencia de Beijing más 5, la primera evaluación de la icónica realizada en China en 1995, gracias al entusiasmo que nuestros excelentes jefes, Roberto Zamarripa, René Delgado, Lázaro Ríos, le ponían a la agenda de las mujeres, varios fueron los consejos de quienes habían disfrutado la gran manzana: de los restaurantes imperdibles del barrio chino y la comida italiana del Carmene se encargó el querido Miguel de la Vega, mientras Víctor, “el abogado”, como le decimos de cariño, fue escueto como siempre: “Hermanita, no te pierdas los Starbucks, puedes sentarte por horas y disfrutar tu café”. ¿La dirección?, pregunté. “Los verás en cualquier avenida”, respondió.

Y así fue, como una década después sucedió en nuestra CDMX, donde las franquicias globales y locales sentaron sus reales por todas partes, logrando que los cafeinómanos de los 80 encontráramos compañía y sitios de pretexto en todos los recovecos que transitamos.

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Pero hubo un tiempo en que las cafeteras y las bolsas de grano en el refrigerador eran una práctica escasa, sibarita, de desvelados, lejana, lejanísima, a las ahora infaltables cápsulas y maquinitas que las exprimen en el despertar de los chilangos.

Sí, fueron años en que un buen café era elixir de un restaurante italiano y las humeantes jarras para el reffil, en las cadenas mencionadas, aun cuando los consumidores serios acudíamos ansiosas al Jarocho, cuando nadie imaginaba que alguna vez habría una fila completa sobre la calle de Aguayo aguardando su turno.

Fue en esos ayeres que mi bella y querida suegra, Lupita Beltrán, la tarde que la conocí, unos meses antes del terremoto de 1985, después de un inolvidable banquete elaborado por ella, sabedora de vicio, le dijo a Martín: “tómense un cafecito en Sanborns -se refería al de Xola y Eje Central-, invítala de mi parte”. Pero mi amado novio prefería el café con los postres del Helens, otro clásico de aquellos días.

Hilvanando esos preciosos recuerdos, en mi siguiente vida de reportera también recorreré los resilientes sitios que sobrevivieron al vendaval cosmopolita y buscaré a los baristas del poniente y el oriente de la Ciudad.  

Y deambularé ligera por los rincones cafeteros de la Postal, la Álamos y la Iztaccíhuatl; y cataré la espuma del expreso americano en los mercados de Nativitas, la Escandón y San Pedro de Los Pinos. Y brindaré por el privilegio de vivirlo.

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