La Luna que baja a Paseo de la Reforma
La luna de Jerram. Foto: Francisco Ortiz Pardo
Un satélite hecho de aire, luz… y datos científicos
La obra global que convierte el espacio público en asombro colectivo.
STAFF / LIBRE EN EL SUR
No es piedra, no es metal, tampoco es de queso. Es una Luna construida para engañar al ojo y, de paso, detener a la ciudad.
La que hoy cuelga sobre Paseo de la Reforma es Museum of the Moon, una instalación del artista británico Luke Jerram, nacido en Bristol en 1974, cuya obra ha explorado durante años la relación entre arte, ciencia y percepción. No trabaja para galerías: trabaja para la calle, para los espacios abiertos, para el momento en que alguien se detiene sin haberlo planeado.
La pieza es una esfera de aproximadamente siete metros de diámetro, ligera, inflable, aparentemente simple. Pero su complejidad está en la superficie: una impresión de alta resolución construida a partir de imágenes reales de la Luna captadas por la NASA. Cada cráter, cada sombra, cada relieve corresponde a la geografía lunar auténtica. La escala es precisa: cada centímetro representa varios kilómetros del satélite.
No hay volumen real en los cráteres. La superficie es lisa. Pero la combinación de imagen y luz logra lo contrario: profundidad, textura, distancia. El cerebro completa lo que no existe.
El proceso parte de datos científicos. Jerram utilizó cartografía lunar de alta precisión para desarrollar una imagen continua de gran formato, que después se adapta a una esfera inflable. Esa esfera se fabrica con materiales sintéticos resistentes, similares a los utilizados en globos aerostáticos, capaces de soportar montaje, traslado y exposición en distintos entornos.
El elemento decisivo es la iluminación interna. Sin ella, la pieza sería un objeto más. Con ella, se convierte en un cuerpo suspendido que parece emitir su propia luz. La instalación se fija mediante cables y tensores, cuidadosamente colocados para desaparecer en la oscuridad. No flota, pero lo parece.
Cada montaje implica condiciones específicas: altura, anclaje, nivel de luz ambiental. La obra está pensada para verse de noche, cuando el contraste permite que la ilusión funcione en toda su potencia.
Una Luna que recorre el mundo
Desde su creación en 2016, la pieza no ha dejado de viajar. No es única: existen varias versiones idénticas que circulan simultáneamente, lo que permite que aparezca en distintas ciudades casi al mismo tiempo.
Se ha presentado en más de 200 ocasiones en al menos 30 países. Ha estado en museos como el de Historia Natural de Londres, en catedrales europeas, en festivales de luz, en plazas públicas y espacios no convencionales. Su paso por ciudades de Reino Unido, Francia, Bélgica, Países Bajos, Estados Unidos, China e India ha convocado a millones de personas.
En México, antes de instalarse en Ciudad de México, la Luna ya había pasado por Querétaro, donde formó parte de circuitos culturales similares. Ahora se encuentra sobre Paseo de la Reforma, integrada al Festival Internacional de las Luces, ocupando el espacio entre la Estela de Luz y el Ángel de la Independencia.
La escena se repite en cada ciudad: personas acostadas mirando hacia arriba, teléfonos levantados, conversaciones que se detienen. No hay instrucciones. La pieza opera sola.
Lo que parece una experiencia única es, en realidad, una obra diseñada para repetirse. Una Luna replicable, transportable, montable en distintos contextos sin perder su efecto.
Y sin embargo, funciona. Porque aunque se sabe artificial —hecha de aire, impresión y luz—, logra activar algo más antiguo: la necesidad de mirar el cielo, aunque sea una versión reconstruida a escala.
En una ciudad que rara vez se detiene, esa pausa ya es parte de la obra.
















