Padres ‘helicóptero’, hijos ansiosos
Especial.
Los pequeños retos que nuestra generación vivió han desaparecido. En esta época a los niños se le protege de cualquier fracaso.
POR ESTEBAN ORTIZ CASTAÑARES
Recuerdo bien la primera vez que viajé solo en un autobús. Tenía once años. Mi madre me forzó a subirme a un Ruta 100, los viejos autobuses del gobierno que recorrían toda la ciudad a principio de los 1980s. Este iba por Insurgentes. Le pidió al chofer que me avisara cuando llegáramos al Metro Insurgentes y, sin mucho más, se despidió.
Yo estaba nervioso. Hubiera preferido caminar los siete kilómetros hasta casa, pero la realidad era simple: ya estaba dentro del vehículo, el pasaje estaba pagado y tenía que llegar. No hubo aplausos, ni medallas, ni palabras de ánimo. Incluso aprendí algo importante ese día: preguntarle al chofer cada dos minutos si ya habíamos llegado; solo lograba irritarlo.
Ese pequeño episodio fue mi debut en el transporte público… y también el inicio de algo más grande: aprender a moverme solo por la ciudad.
Mi historia no era excepcional. De hecho, para muchos de mis amigos fue tardía. En la colonia Roma, prácticamente todos los niños nos desplazábamos así. Era solo uno de los muchos elementos de independencia que desarrollamos durante la infancia.
En esa época, nuestros padres rara vez sabían exactamente dónde estábamos. Pasábamos horas jugando en la calle, visitábamos vecinos, íbamos a casas cercanas de amigos. La única regla clara era regresar antes de las siete de la noche. Nadie supervisaba si hacíamos la tarea o si estudiábamos para un examen. Solo había una consecuencia simple: cada mes había que llevar las calificaciones para que fueran firmadas, y si no eran buenas, se reducía nuestra libertad. Tocaba quedarse en casa para trabajar más en la escuela y salir mejor para el siguiente mes.
Es probable que en nuestra niñez la combinación de menos información, ciudades más pequeñas y una vida cotidiana más absorbente hiciera que no se considerara grave no saber dónde estaban los hijos durante horas. También existía una expectativa clara: los niños debían ir adquiriendo responsabilidades poco a poco, y los adultos no tenían tiempo —ni intención— de resolver cada pequeño problema.
Hoy el escenario es muy distinto.
Gracias a las tecnologías móviles, madres y padres no solo se comunican constantemente con sus hijos, sino que saben exactamente dónde están en todo momento. Además, vivimos expuestos a un flujo incesante de información, sobre todo de noticias negativas, violentas o escandalosas, que se vuelven virales y amplifican la percepción de peligro.
Con el paso del tiempo, la reducción en el número de hijos, el aumento en la calidad de vida y un cambio profundo en las expectativas familiares, se ha generado una auténtica revolución en la cultura parental. Hoy, la crianza se centra en evitar cualquier tipo de problema, frustración o incomodidad para los hijos.

No solo se les monitorea constantemente, sino que se interviene de inmediato ante cualquier conflicto: discusiones entre niños, desacuerdos escolares, malas calificaciones. En algunos casos, los adultos incluso presionan a maestros para mejorar notas que no reflejan el desempeño real.
A este fenómeno se le conoce como “padres helicóptero”: siempre sobrevolando, siempre vigilando, siempre listos para intervenir y evitar que sus peques se enfrenten a un problema que –de acuerdo con ellos, quizá no puedan resolver– y los puedan llevar a un potencial trauma.
El resultado es que los pequeños retos que nuestra generación vivió —que en realidad eran pocos— han desaparecido. En esta época a los niños se le protege, en la medida de lo posible, de cualquier fracaso.
Paradójicamente, esta sobreprotección no ha generado mayor seguridad. Al contrario, ha dado lugar a lo que se ha llamado la “generación de cristal”: jóvenes con menor tolerancia a la frustración, menos confianza para enfrentar problemas nuevos y, sobre todo, grandes dificultades en el ámbito social.
Lejos de vivir más tranquilos, los hijos de familias helicóptero presentan niveles mucho más altos de estrés y ansiedad, hasta en un 80%, de acuerdo con diversos estudios realizados desde la primera década del inicio del milenio.
Un experimento interesante ilustra este fenómeno. En 2018, el investigador David E. Levari, especializado en el estudio del juicio humano, pidió a un grupo de personas que clasificaran 800 fotografías de rostros como “intimidantes” o “inofensivos”. En una segunda ronda eliminó la mayoría de las imágenes consideradas intimidantes, pero no les informó del cambio.
El resultado fue sorprendente: el porcentaje de rostros considerados intimidantes se mantuvo casi igual. Cuando disminuye el peligro real, las personas ajustan sus criterios y perciben amenaza donde antes no la había.
Esto sugiere que la protección excesiva no elimina el miedo: solo vuelve a las personas más sensibles a cualquier señal de riesgo.
Venimos de antepasados que tuvieron que enfrentar constantemente situaciones nuevas, inciertas y difíciles. Estamos biológicamente diseñados para sentirnos bien resolviendo problemas. Esa capacidad ha sido, de hecho, el motor de nuestro desarrollo como sociedad.
Al eliminar los retos —y los fracasos que inevitablemente los acompañan— nos alejamos de esa esencia.
Un estudio reciente en China encontró que jóvenes provenientes de zonas rurales, con entornos más hostiles y mayores carencias que las ciudades, presentan 21% menos probabilidad de sufrir ansiedad y 39% menos depresión.
Todo esto da contexto a la preocupación que motivó este texto. En círculos cercanos he escuchado un aumento alarmante de casos de depresión en adolescentes en las primeras etapas de la pubertad —menores de 15 años, en su mayoría mujeres— que han derivado en intentos de suicidio, muchos de ellos trágicamente exitosos.
Las cifras oficiales confirman esta tendencia. De acuerdo con datos del INEGI, la atención a personas en riesgo de suicidio en Ciudad de México aumentó más de 1,000% en cinco años: de 365 casos en 2019 a 4,434 en 2024.
El miedo de los padres es comprensible. Nadie quiere que a sus hijos les pase “algo”. Pero es urgente construir nuevos mecanismos que permitan exponerlos gradualmente a retos reales y a la interacción entre pares, antes de que ese “algo” termine siendo provocado, paradójicamente, por las personas que más los quieren.
El problema debe ser atendido desde su origen, los padres. En todo el mundo están apareciendo múltiples ONG’s que tienen como objetivo: 1) Asesorar en técnicas de educación que fomenten independencia y resiliencia. 2) Programas que expongan a los niños a pequeños retos para que activamente empiecen a desarrollarse.
El movimiento de mayor importancia se llama “FRIENDS Program”, avalada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), y tiene presencia en México. El problema es que se conoce poco y hace falta que los padres se sensibilicen del riesgo para actuar antes de que sea tarde.
La modernidad nos ha dado seguridad en el alimento, la vivienda, la medicina y la supervivencia. Ahora tendremos que resolver los nuevos problemas que esta vida de confort trae consigo.















