Libre en el Sur

POR LA LIBRE/ El Organillero

Fueron testigos de la Revolución Mexicana y de la consolidación del México post revolucionario. Siguieron ahí a través de los años y miraron la trasformación de la metrópoli. Sobrevivieron a la Decena Trágica, los terremotos, las inundaciones, los gobiernos priistas y otras calamidades y animaron con su música la llegada de la costosa democratización del país y la alternancia…

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI


Me parece que si algún personaje citadino merece ser declarado Patrimonio Intangible de la Ciudad de México es el organillero. Su presencia data de principios del siglo pasado y representa lo urbano de la capital mexicana. Está metido en las calles, las plazas, los barrios, las vecindades del México viejo, pero subsiste en la fisonomía actual.

El también llamado cilindrero está ahí, con su armatoste de casi 60 kilos de peso, en la esquina, bajo el sol, en la fiesta popular, en las películas. Siempre con su uniforme caqui que recuerda al de los dorados de Pancho Villa, con su gorra tipo quepí. Han sobrevivido más de 100 años, desde tiempos de Don Porfirio.

En mi caso personal, el organillero ha estado presente en mi vida desde la niñez, cuando iba de compras con mis padres al viejo Centro de la ciudad…”

Fueron testigos de la Revolución Mexicana y de la consolidación del México post revolucionario. Vieron pasar frente sus ojos, sin dejar de darle a la manivela, la historia misma de la capital, sus cambios, su modernización. Soportaron terremotos, inundaciones y animaron con su música la llegada de la democratización del país y la alternancia. Soportaron heroicamente la reciente pandemia del Coronavirus y ahí siguen, con sus melodías entrañables que salen de esa caja mágica llamada organillero, de origen alemán.

Los evoco ahora, en ocasión de que el pasado fin de semana se llevó a cabo el Primer Festival de Organilleros de México, un evento singular que lamentablemente pasó casi desapercibido. Fue sin embargo un primer esfuerzo por reivindicar a esos personajes y a su instrumento, dignificarlos y rescatar la aportación incalculable que han hecho a través de los años a la cultura popular mexicana.

En mi caso personal, el organillero ha estado presente en mi vida desde mi niñez, cuando iba con mis padres al Centro Histórico de la ciudad a realizar compras. Ahí estaba el organillero. Llegué a ver alguno con acompañado con un monito araña vivo, que trepaba al cilindro o jugueteaba a su alrededor sujeto con una fina cadena de metal.

Su sonido melancólico, inconfundible, me acompañó a los largo de lo adolescencia y mi juventud, primero en las calles de la colonia Cuauhtémoc, donde nací, y luego por los rumbos de Tacubaya, en las cercanías del Bosque de Chapultepec: Las mañanitas, Cielito Lindo, Sobre las olas, la Marcha de Zacatecas, Granada, María Elena, Dónde estás corazón, Farolito, Silverio, Las golondrinas…

Hoy los organilleros se ubican en los sitios más tradicionales y concurridos del Centro Histórico, en plazas como Santo Domingo y las inmediaciones del Palacio de Bellas Artes, al Zócalo y la Alameda Central. También, claro, en esquinas estratégicas del Paseo de la Reforma, Madero, Cinco de Mayo e Insurgentes Sur.

Tengo el privilegio de vivir frente a un parque, en la colonia Tlacoquemécatl. Cada jueves se instalan ahí, entre los árboles y los juegos infantiles, cuatro o cinco organilleros para afinar sus instrumentos. Ellos guardan sus pesados organillos en el garaje de una casa cercana, en la calle de Fresas, utilizada como bodega para los enseres de vendedores ambulantes y van al jardín para poner en tono sus instrumentos. Sus sonidos agudos y repetitivos, no siempre precisamente agradables, se han vuelto ya parte de mi entorno cotidiano.

Mi organillero favorito, uno de ellos, es ahora el que se coloca todos los días en las afueras de un concurrido gimnasio ubicado en la avenida Feliz Cuevas, el Eje 7 Sur, vecino a la tienda Liverpool de la colonia Del Valle. En realidad son dos, que se turnan para tocar, uno, mientras el otro se dedica a recabar las dádivas de automovilistas y transeúntes.

El cilindro u organillo, leemos, toma su nombre del mecanismo que le permite crear melodías. Consiste en un rodillo de madera con incrustaciones de metal que funciona como partitura, aunque su sistema se compone de cientos de elementos trabajando en sincronía. El organillo tradicional consiste en una caja portátil con una manivela que, al ser hueca, tiene unas puntillas de bronce que dan las notas de cada melodía.

Cada melodía está grabada en 1,200 puntillas y un cilindro puede tocar ocho piezas, es decir, tiene aproximadamente 9,600 puntillas. Así, al girar la manivela se reproduce un sonido melancólico y dulce.

Me dicen que en Tepito hay una mujer que heredó de sus ancestros el oficio de reparar organillos. Se llama Marcela Silvia Hernández Cortés, y es nuera del hombre que trajo por primera vez estas pesadas cajas de música a México, Gilberto Lázaro Gaona. Desde hace casi 40 años se dedica a reparar y rentar organillos con más de un siglo de antigüedad, esos clásicos aparatos que se convirtieron en emblema sonoro de la zona centro de la Ciudad de México.

Quienes conocen del tema previenen que hay un número elevado de organillos que no son originales, sino réplicas de los que en efecto tienen más de un siglo de haber sido fabricados y que constituyen verdaderas reliquias. Algunos son burdas imitaciones y otros tienen ya un mecanismo eléctrico para sonar. Son falsos organillos.

Se calcula que en el país sobreviven unos 500 organilleros, la gran mayoría de ellos en la capital. De ellos, sin embargo, menos de 300 están oficialmente registrados y son miembros de la Unión de organilleros de México, la asociación que organizó el Primer festival. Estos músicos callejeros, entrañables, viven de las propinas que reciben del público, en las esquinas o en las plazas, y del pago de su trabajo cuando son contratados para amenizar alguna fiesta, lo que ocurre cada vez menos.

Ellos merecen no solo el reconocimiento un tanto simbólico de que su figura y su instrumento sean declarados como mencionaba al principio, Patrimonio Intangible de nuestra ciudad. También deberían tener algún apoyo decidido de las autoridades capitalinas para preservar una tradición incomparable de la vida y la historia de la ciudad. Una ayuda bien tangible, material. Piense en eso cuando los mire y los escuche en la esquina de su colonia o en la parada del micro.

Por lo demás, ya tienen hasta su “himno”, El organillero, una canción de Agustín Lara que es el mejor homenaje para ellos:

Cantando por el barrio del amor
Se cansa mi organillo de llorar
Se mete en las orejas su rumor
Y se oye por todita la ciudad

Ya se va el organillero
Con su tema juguetón
Que es olvido y es amor
Y se aturde todo el barrio
Y se salta el corazón

Cuando canta su canción
En sus quejas dolorosas
Cuántas cosas me contó
Sonecito callejero
Lastimero y juguetón

Ya se va el organillero
Nadie sabe a dónde va
Dónde guarda su canción

Pobrecito organillero
Si el manubrio te cansó
Dale vuelta al corazón

Un tesoro sin duda de la cultura patrimonial de la antigua Ciudad de los Palacios, nuestro entrañable México Distrito federal. Válgame.

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