Libre en el Sur

POR LA LIBRE/ México en una laguna

Tamaño desastre hidráulico es sin embargo algo que se ha vuelto cotidiano en la capital. Las calles anegadas del centro histórico y de colonias céntricas era ya una imagen común hace sesenta años… y lo sigue siendo.

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

Hay quienes aseguran que la vocación lacustre del Valle de México hace absolutamente irremediable que nuestra capital sufra inundaciones de menor o mayor grado cada temporada de lluvias, como la que ahora vivimos de manera un tanto adelantada. Lo ocurrido en esta semana así parece demostrarlo. Nuevamente los aguaceros que han caído y afectado diez de las 16 alcaldías capitalinas han provocado lo que la autoridad define habitualmente como “encharcamientos”, pero que en realidad son inundaciones insuficiencia del sistema de drenaje, desbordamientos de aguas negras  e incluso desbordamientos de ríos.

El puro recuento de los daños nos da idea de los estragos sufridos por nuestra ciudad debido a las lluvias de diversa intensidad, con rachas de viento de 40 kilómetros por hora. Álvaro Obregón, Azcapotzalco, Benito Juárez, Coyoacán, Cuauhtémoc, Cuajimalpa, Magdalena Contreras, Tláhuac, Tlalpan y Xochimilco. También se vieron afectadas  las líneas 1, 2, 3, 4, 5 y 8 del Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro.

Igualmente, sumado a la demora del servicio público de transporte y a algunos encharcamientos, los servicios de geolocalización reportan un estancamiento en las principales vialidades de la región capitalina. Los mapas de varias aplicaciones de tránsito reportan un avance lento en Viaducto Río de la Piedad, entre el tramo entre Anillo Periférico y Av. Pdte. Plutarco Elías Calles. También se reflejan en los mapas estancamientos en varios tramos del Periférico, sobre todo en el poniente de la Ciudad. Otras de las vialidades que se encuentran señaladas por el caos de tránsito son Insurgentes Sur, Constituyentes, Río Churubusco y Río San Joaquín.

Y que no me vengan con el cuento de que, como lo dice la canción, hay que resignarse, porque Guadalajara en un llano, México en una laguna...”

Tamaño desastre hidráulico es sin embargo algo que se ha vuelto cotidiano en la capital. Las calles anegadas del centro histórico y de colonias céntricas era ya una imagen común hace sesenta años… y lo sigue siendo. En mi álbum de recuerdos infantiles tengo guardadas las escenas que eran habituales en la época de lluvias en las calles de Tacubaya o San Miguel Chapultepec, donde yo vivía. Era común ver lanchas navegando en la avenida San Pedro de los Pinos o la calzada de Tacubaya, en la calle de Alumnos o en otras de la zona. Lo mismo ocurría en Madero y Cinco de Mayo, en Niño Perdido, en Anillo de Circunvalación.

Y la ciudad se sigue inundando seis, siete décadas después.

Cierto: también cinco, seis siglos después. La primera gran inundación registrada data de 1604, recién consumada la Conquista de México. Se anego la capital de la Nueva España cuando apenas se desecaba el lago en que se ubicaba la isla de la Gran Tenochtitlan. La historia recoge otras más, muy graves, que llevaron en 1866 (más de dos siglos después) a iniciar la apertura del “Gran Canal” o “Canal del Desagüe”: se concibió como un canal de casi 40 km, que iniciaba en el lago de Texcoco y culminaba en el túnel de Tequixquiac. La obra se terminó en 1900. Sin embargo, en 1925 ¡la ciudad volvió a ser víctima de la naturaleza al sufrir otra gran inundación.

Ocurrieron otras. Entre 1941 y 1951 la ciudad sufrió una serie de este tipo de catástrofes recurrentes y cada vez mayores. Entre la más impactante fue en 1950. Por fin, en los años 60, se inició la magna obra del Drenaje Profundo. Y el problema de fondo sigue: la ciudad se inunda.

El argumento se utiliza sin embargo para evadir responsabilidades.  Si, la vocación lacustre del Valle de México tiene que ver; pero más, diría yo, la ineficacia de las sucesivas autoridades a través de más de medio siglo, incapaces de encontrar y ejecutar verdaderas soluciones al problema. Quizá el mayor esfuerzo en ese sentido ha sido la construcción dificultosa y tardada del sistema de Drenaje Profundo –cuya construcción inicio en los años 60 y concluyó en 1975– que nos vendieron los gobiernos priistas como la solución al problema de las inundaciones. No fue así.

Una explicación bastante obvia a esa ineficacia está en el desinterés de los gobernantes de invertir en obras subterráneas que no se pueden lucir como ocurre en cambio con las vialidades, el transporte o el desarrollo de áreas verdes. Enterrar miles de millones de pesos, como requeriría ese esfuerzo, no es políticamente atractivo.

La verdad es que se trata de una combinación de ineficacia, demagogia e ignorancia con esa resistencia a invertir en obras no lucidoras. Y eso indica no sólo falta de sensibilidad, sino también exceso de corrupción. La pérdida de su patrimonio para millares de habitantes de la capital, el riesgo para sus vidas, el costo de millones de horas perdidas por el caos vial provocado por las inundaciones y sobre todo los riesgos que esto significa para la seguridad y aun la vida de los capitalinos importa menos que las aspiraciones políticas de los gobernantes. Así de claro. Y que no me vengan con el cuento de que, como lo dice la canción, hay que resignarse, porque Guadalajara en un llano, México en una laguna. Válgame.

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