Libre en el Sur

POR LA LIBRE/ Siete casas (*)

Mixcoac es un caso único en la capital. Sólo el pueblo de Tlalpan le compite, pero de muy atrás, en cuanto al número de casas de religiosas en un territorio delimitado y muy reducido. No son más de doce manzanas en las que se ubican esos 15 santos recintos, ahí reunidos por alguna razón no dilucidada, en torno a un templo emblemático de la zona: la parroquia de Santo Domingo de Guzmán.

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

En el viejo barrio de Mixcoac existen 15 conventos y casas de religiosos. En el primer cuadro del Centro Histórico de la Ciudad de México sobreviven 13 cantinas históricas, excluidos bares y cervecerías. Ambos sitios representan dos opciones distintas y distantes de sobrevivir al tedio de los Días Santos que tenemos ya encima. Cosa de examinar, meditar y decidir. En los dos casos se puede intentar la visita de las Siete Casas. En el primero el éxito es prácticamente seguro, obvio; en el segundo, aun con la bendición del abad Mancera, el camino está lleno de riesgos y acechanzas. Ambos valen la pena.

Mixcoac es un caso único en la capital. Sólo el pueblo de Tlalpan le compite, pero de muy atrás, en cuanto al número de casas de religiosas en un territorio delimitado y muy reducido. No son más de doce manzanas en las que se ubican esos 15 santos recintos, ahí reunidos por alguna razón no dilucidada, en torno a un templo emblemático de la zona: la parroquia de Santo Domingo de Guzmán, con su maravillosa capilla de Nuestra Señora del Rosario del Rayo, construida por los evangelizadores franciscanos en el siglo XVII. Se erige en el centro del antiguo pueblo, frente al edificio que ocupó por décadas el palacio municipal de Mixcoac cuando era ayuntamiento, hoy sede de la casa de la cultura “Juan Rulfo”. En la zona hay otros dos templos. Uno es el de San Juan Evangelista y Nuestra Señora de Guadalupe, en el barrio de San Juan, justo frente a la plaza “Valentín Gómez Farías”  en que se ubica la casona de don Ireneo Paz, el abuelo de nuestro centenario premio Nobel de Literatura, que ahí pasó su infancia y parte de su adolescencia. El templo es una construcción del siglo XVIII, de dimensiones menores, rodeada de un atrio limitado por una barda de piedra. El otro es una construcción moderna sin mayor encanto, la capilla de Cristo Redentor, en la esquina de El Greco y Benvenuto Cellini.

La opción “B” es la del Centro Histórico, con sus cantinas. Ahora se han puesto de moda los recorridos cantineros, incluso en Turibús. Ya hasta el Gobierno de CDMX organiza tours…”

En esta tierra minada para los impíos, la Semana Santa tiene un entorno absolutamente natural. Literalmente huele a madres. El barrio de gratas callejuelas y añosas construcciones adquiere en esas fechas un ambiente místico, lleno de remembranzas y desbordante fervor. Y esto no es casual. La vida monacal de esos recintos, algunos centenarios, irradia a toda la comunidad especialmente en los llamados días de guardar. Tan sólo en la calle Campana están las sedes de tres de congregaciones: la de las hermanas de la Caridad, en el número 45; la de las monjas de la Visitación, que viven enclaustradas en el número 47, y el convento de las agustinas de Nuestra Señora del Socorro, en el 63. En la calle Goya número 58 están las hermanas capuchinas Sacramentarias, que viven en clausura y contemplación; en Poissin 45, las madres de María Reparadora; en Augusto Rodin 475 se ubica la prelatura del Opus Dei y en Río Mixcoac 143 la casa de las hermanas Franciscanas de la Inmaculada Concepción. También están, en Murcia 11, las hermanas guadalupanas de La Salle; en Galicia 8, la centenaria congregación de los hermanos de las Escuelas Cristianas Lasallistas; en Patriotismo 803, las hermanas de San José de Lyon; en Santander 27, las mercedarias Misioneras Mercedarias de Bérriz, y en Acordada 99, las religiosas de María Inmaculada para el Servicio y Protección de la Joven. En Augusto Rodin 355 hay una residencia de los padres jesuitas. En Empresa 45 viven las hermanas dominicas de la Presentación de la Santísima Virgen. Y en el número 8 de la plaza que lleva por nombre el del jacobino Valentín Gómez Farías, vaya paradoja, el ya mencionado convento de las madres dominicas de San Juan Mixcoac.

Las celebraciones de la Semana Mayor  se centran en las procesiones, la instalación de monumentos y los oficios del Jueves y Viernes Santo, así como la misa de Resurrección del domingo. Es costumbre de centenares de familias realizar la Visita de las Siete Casas en el perímetro de la parroquia, acudiendo a los monumentos, a cual más hermosos, instalados en las casas de las madres de la Visitación, agustinas, capuchinas, reparadoras, dominicas y guadalupanas, además por supuesto del que se instala en Santo Domingo de Guzmán. Conforme a la tradición, en estos recintos se exhibe el Santísimo y se rezan los oficios del Jueves Santo, que este año será el jueves 17 de abril. A las puertas se reparten estampas, panecitos y manojos de manzanilla benditos. Y a las ocho de la noche se inicia la procesión con el Santísimo. Entre las cosas especialmente interesantes que pueden conocerse durante la visita a las Siete Casas está la imponente escultura en madera de San Miguel Arcángel en el convento de las monjas de la Visitación, así como los aposentos, que se conservan intactos, de la madre María Angélica Álvarez Icaza, fundadora de esa comunidad en diciembre de 1948 y hoy en vías de beatificación, proceso respaldado por el descubrimiento de un prodigioso e inexplicable orificio en el esternón de su cuerpo exhumado en el Panteón Español de la capital mexicana.

La opción “B” es la del Centro Histórico, con sus cantinas. Ahora se han puesto de moda los recorridos cantineros, incluso en Turibús. Ya hasta el GDF organiza tours. Por si se anima –y si lo dejan– debe partir del hecho de que hay que descartar aquellos negocios que han dejado de ser propiamente cantinas, como La Ópera, el Salón Luz o el León de Oro, hoy convertidos en restaurantes de buen nivel y una excelente cocina. Ya no tienen el mismo sabor. Tampoco se valen cervecerías, como La Faena. Piense en cantinas-cantinas, en las que se venden tragos fuertes, se sirve buena botana sin costo y se juega dominó y cubilete. De esas donde hasta que llegó Carlos Hank González a la regencia capitalina no se permitía la entrada a mujeres… ni a vendedores ambulantes ni a uniformados. Sólo al de los toques. ¿Se acuerda?

No son todas, pero estas son las cantinas de abolengo, algunas modestas, otras descuidadas y más de una francamente decadentes, que tengo registradas. La más antigua de la ciudad, una vez desaparecido El Nivel de la calle Moneda (que tenía la licencia número 1 del ramo) es La Peninsular, fundada en 1872, ubicada en Alhóndiga 26, esquina Roldán. La Tío Pepe es la única considerada aquí que está fuera del primer cuadro; pero merece el honor por ser la segunda más antigua (1874) y una de las más típicas de la capital. Está en Independencia 26 y Dolores, a la entrada de nuestro modesto Barrio Chino. Siguen la  Potosina (1890) de Jesús María y Emiliano Zapata; la Mascota, de Bolívar y Mesones; el Salón España, de González Obregón y Argentina; la Puerta del Sol, en 5 de Mayo y Palma; el Salón Madrid, en Belisario Domínguez 77, justo en el portal de Santo Domingo; la Vaquita, en Mesones e Isabel la Católica; la India, en Bolívar y República de El Salvador; la Dos Naciones, de Bolívar 58; la Montañesa, en Palma 9, y –¡qué ironía!– el Bar Mancera, en Venustiano Carranza, entre Bolívar e Isabel la Católica.

El orden y la forma ya son cosa suya y de sus cuates. Le platico que durante seis, siete años formé parte de un grupo de periodistas y profesores universitarios que nos reuníamos cada Semana Santa para realizar, muy a nuestro modo, la visita a las Siete Casas. Al hacerlo desvirtuábamos de entrada la liturgia: nuestro recorrido lo efectuábamos el Sábado Santo y no el Jueves. Se trataba en realidad de un singular ejercicio etílico-cultural- religioso cuyo objetivo central nada sofisticado era convivir y aprender. Éramos siete, ocho amigos, cuando mucho. Y acabamos por integrar una suerte de Cofradía, consagrada a la Virgen de la Soledad, en cuyo templo, en plena Merced, iniciábamos nuestro rito luego de reunirnos para un tentempié en la casa de uno de los cofrades. El ingreso a la iglesia, ubicada en una plaza poblada durante las 24 horas del día de jovencitas sexoservidoras (que por cierto cada 29 de octubre realizan en este templo un homenaje a las prostitutas víctimas del Sida y la violencia y colocan altares alusivos a sus compañeras muertas) está condicionado a por una frase literalmente lapidaria grabada en el dintel del portón principal: “Nadie cruce este umbral, sin confesar que María fue concebida sin pecado original”. A la visita a la Dolorosa –su imagen vestida toda de negro– seguía otra parada obligatoria en un pequeño tugurio ubicado justo enfrente del templo, la Cruz Azul, un cuchitril oloroso a orines cuyo encargado juraba que él y sus dos ayudantes nos esperaban ansiosos año con año. A partir de ahí, cada nueva visita era decidida por El Líder, a quien designábamos en cada etapa por consenso según sus méritos en campaña, y cuyo distintivo era ir tocado con la gorra de pelotero correspondiente. Todos los trayectos los hacíamos a pie y era frecuente que en el camino se incluyera algún lugar de interés histórico o cultural: un templo, una antigua casona, un museo. Como el bellísimo y rescatado exconvento de La Merced, por ejemplo; el colegio de las Vizcaínas o la iglesia de Regina Coeli, que de verdad valen la pena. Había también una escala especial para comer, en algún restaurante  tradicional del centro (casi siempre uno de los comederos españoles) aunque no contaba como casa visitada. Por alguna extraña razón, la designación de la sexta casa, ya al anochecer, provocaba invariablemente agrias discusiones que en más de una ocasión estuvieron a punto de terminar con nuestra entrañable tradición. No ocurrió nunca, por fortuna. La última parada era invariablemente la Catedral Metropolitana, ya al filo de las 11 de la noche. Calculábamos que estuviera por terminar el kilométrico Oficio del Sábado Santo –que incluye un número inacabable de lecturas– para penetrar en el magno recinto repleto de fieles pero totalmente a oscuras: ni cirios, ni lámparas, ni focos encendidos. Hasta el momento sublime en que, acabada la ceremonia, se abría la Gloria y el recinto se iluminaba paulatina y profusamente mientras el coro con el órgano monumental de Catedral atacaban el Aleluya de El Mesías de Händel. Una chulada. Y entonces, henchidos de emoción, sinceramente jubilosos, salíamos al Zócalo bajo una cascada de sonidos formada por los repiques simultáneos de todas las campanas de todos los templos del Centro Histórico que así anunciaban el advenimiento del festejo más importante y trascendente de la cristiandad… Válgame.

(*) Este texto fue publicado originalmente como columna de su autor en el portal de SinEmbargo.Mx, el 15 de abril de 2014.

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