Ciudad de México, febrero 1, 2026 07:10
Revista Digital Febrero 2026 Vida

El test de Szondi y la elección del destino

Cada individuo está condicionado por una herencia psicológica que no solo configura su mundo interno, sino que también guía sus decisiones, vínculos y trayectoria vital.

POR NADIA MENÉNDEZ DI PARDO

 Todo lo que vemos o parecemos, no es más que un sueño dentro de un sueño.
(Edgar Allan Poe, 1849)

El test de Szondi fue una de las propuestas más singulares del siglo XX para explorar el inconsciente humano. Fue creado y aplicado en 1935 por el psiquiatra húngaro Leopold Szondi. Esta prueba psicológica consistía en que los sujetos seleccionaran entre retratos de personas con diferentes trastornos mentales, aquellos rostros que más les atraían o repudiaban.

El test estaba pensado para la población general (clínica, escolar, vocacional, forense), no solo para pacientes con trastornos mentales. La idea era que todos —enfermos o no— revelamos impulsos inconscientes al reaccionar emocionalmente frente a ciertos rostros.

El patrón de estas elecciones se interpretaba como una manifestación de impulsos instintivos “satisfechos” o “insatisfechos”, permitiendo elaborar un perfil de las tendencias subyacentes de la personalidad (Psytests.org; Boredpanda.com; Szondiforum.org). Detrás de este acto de selección, Szondi observaba una revelación profunda, planteando que nuestras elecciones estarían guiadas por impulsos heredados y reprimidos que emergen a través de afinidades inconscientes (Szondi, 1947). Szondi creía que las expresiones faciales de las personas retratadas en las fotografías generaban en los sujetos una manifestación de impulsos humanos intensos o extremos. Al elegir (o rechazar) esos rostros, el sujeto estaría revelando qué impulsos reprimidos o latentes habitan en él, de forma oculta o patológica.

La expresión “la elección del destino” se refiere a la idea central del test: nuestras decisiones personales, aparentemente libres, estarían en realidad guiadas por impulsos heredados e inconscientes. Según Szondi, estas elecciones revelan patrones profundos ligados a la historia familiar y la herencia genética, configurando así nuestro destino. En este sentido, “elección” no es sinónimo de libertad total, sino una paradoja: elegimos, pero lo hacemos movidos por fuerzas inconscientes.

El test se enmarca dentro de una visión más amplia que Szondi llamó análisis del destino (Schicksalsanalyse). Cada individuo está condicionado por una herencia psicológica que no solo configura su mundo interno, sino que también guía sus decisiones, vínculos y trayectoria vital. Introdujo el término “genotropismo” para describir la atracción inconsciente hacia personas o situaciones que encarnan impulsos familiares reprimidos (Szondi, 1952).

El funcionamiento del test consistía en mostrar 48 retratos agrupados en seis series de ocho fotografías cada una. En cada grupo, el participante debía elegir dos caras que le resultaran agradables y dos que le generaran rechazo. Cada rostro correspondía a un paciente psiquiátrico real, diagnosticado con un trastorno mental específico. Entre los perfiles representados se incluían personas diagnosticadas con esquizofrenia, paranoia, epilepsia, histeria, manía, melancolía, estados catatónicos, sadismo, y también individuos catalogados por la psiquiatría de la época como homosexuales reprimidos o degenerados morales. Estas categorías, aunque hoy puedan parecer estigmatizantes o desactualizadas, formaban parte del marco diagnóstico predominante en la Europa de mediados del siglo XX (Baur, 1994).

Cada uno de estos rostros estaba vinculado a un impulso dentro de la estructura teórica de Szondi, que se organizaba en cuatro vectores principales: sexualidad, paroxismo, yo y contacto. El vector de sexualidad, comprende los impulsos ligados al deseo y la identidad sexual; el de paroxismo, relacionado con reacciones emocionales intensas como la ira o la excitación; el vector del yo, que regula el autocontrol, la conciencia y la percepción de uno mismo; y el de contacto, que expresa la necesidad de vinculación afectiva o, en su opuesto, la tendencia al aislamiento.

Durante varias décadas, el test fue aplicado en contextos clínicos, escolares y forenses, especialmente en Europa Central. Se empleó como herramienta de diagnóstico psicológico, orientación vocacional y hasta en estudios de criminología. Szondi afirmaba incluso que existía una relación entre perfiles pulsionales y determinadas profesiones, lo que anticipaba enfoques actuales sobre el peso de la historia familiar y la repetición inconsciente en la identidad (Schotte, 1990).

Sin embargo, el test fue objeto de críticas desde la psicología empírica. Investigadores como Eysenck (1960) cuestionaron su validez científica, señalando la escasa consistencia de los resultados y la dificultad para establecer correlaciones objetivas entre elecciones y estructuras de personalidad. Además, muchas categorías utilizadas por Szondi —como “homosexual latente” o “degenerado”— hoy se consideran clínicamente obsoletas y moralmente problemáticas. Gradualmente fue desplazado por técnicas estandarizadas con respaldo estadístico, y hacia los años 70 perdió vigencia institucional (Trosman, 1998).

Aun así, el interés por el test no desapareció del todo. En algunos círculos psicoanalíticos, sobre todo en América Latina y Europa del Este, se sigue utilizando como herramienta simbólica en la exploración del inconsciente (Arévalo, 2010).

En la actualidad, se le considera más una pieza histórica que una prueba válida. Encuestas entre expertos lo catalogan como “probablemente desacreditado” debido a que sus fundamentos teóricos y psicométricos no cumplen con los estándares científicos contemporáneos (Arévalo, 2010). Por lo que el test de Szondi, aunque controvertido y ampliamente desactualizado desde el punto de vista científico, representa una pieza clave en la historia de la psicología proyectiva. Su valor no radica tanto en su validez empírica, cuestionada por la psicología experimental, sino en su capacidad para abrir preguntas profundas sobre el peso de la herencia psíquica y las motivaciones inconscientes. El experimento de Szondi cumplió una función trascendente en su tiempo: no como un instrumento diagnóstico confiable, sino como una metáfora poderosa sobre cómo lo no dicho —lo heredado, lo reprimido— puede guiar nuestras elecciones

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