Ciudad de México, enero 11, 2026 08:32
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La isla inmensa: Groenlandia, entre el hielo que sostiene al mundo y la codicia de las potencias

Autonomía danesa, ambición de EU y un rechazo político sin fisuras

Ciudades mínimas, vida ártica y una identidad forjada en el frío

STAFF / LIBRE EN EL SUR

Groenlandia es inmensa no solo por su tamaño —más de dos millones de kilómetros cuadrados—, sino por la manera en que desborda cualquier intento de simplificación. Vista desde el aire es una plancha blanca casi infinita; recorrida desde dentro, es una sucesión de costas abruptas, fiordos profundos, montañas que emergen del hielo y pequeñas ciudades que parecen aferrarse al borde del mundo. Más del 80 por ciento de su superficie permanece cubierta por una capa glaciar que no solo define su paisaje, sino que cumple una función clave en el equilibrio climático global. Groenlandia no es periferia: es una pieza central del planeta.

Allí viven poco más de 56 mil personas. No hay multitudes ni megalópolis, pero sí comunidades con una identidad sólida, mayoritariamente inuit, que aprendieron a leer el hielo, el mar y el cielo como otros leen calendarios. La naturaleza no es un decorado: es la condición de posibilidad de la vida cotidiana. El clima impone reglas claras. En invierno, la noche se alarga durante meses y el frío puede ser brutal; en verano, el sol de medianoche diluye la noción del tiempo y transforma la rutina en una vigilia luminosa y constante.

Las ciudades groenlandesas son pequeñas, pero no insignificantes. Nuuk, la capital, concentra cerca de una tercera parte de la población. Es una ciudad ártica contemporánea: edificios de colores intensos para contrarrestar la blancura del entorno, un puerto activo, universidades, museos, cafés y una escena cultural que combina tradición inuit con expresiones modernas.

Ilulissat, famosa por su fiordo helado, es una postal viva del cambio climático: enormes icebergs se desprenden del glaciar y navegan lentamente frente a las casas. Sisimiut, la segunda ciudad más grande, es un punto clave para la pesca y el turismo de aventura. Qaqortoq, Aasiaat, Maniitsoq o Tasiilaq funcionan como centros regionales en un territorio donde no existen carreteras que conecten las ciudades: aquí el avión, el helicóptero y el barco no son lujo, sino necesidad.

La vida diaria en Groenlandia está atravesada por el mar. La pesca de camarón, bacalao y halibut sostiene la economía y la alimentación. La caza tradicional —regulada y culturalmente significativa— sigue formando parte del vínculo con el entorno. Las reuniones sociales, como el kaffemik, refuerzan una vida comunitaria intensa: puertas abiertas, café constante, conversación larga para resistir el aislamiento geográfico.

Un territorio autónomo con un peso que excede su población

Groenlandia es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca. Desde 1979 cuenta con autogobierno y, desde 2009, con un marco legal que reconoce su derecho a decidir un eventual camino hacia la independencia. Administra educación, salud, recursos naturales y asuntos internos, mientras que Dinamarca conserva la defensa, la política exterior y la moneda. Esa relación se sostiene también mediante un subsidio anual que resulta clave para las finanzas públicas del territorio.

Su economía es pequeña si se mide en cifras: un PIB modesto, dependiente de la pesca, los subsidios daneses y un turismo en crecimiento. Pero su valor real no está en el tamaño de su mercado, sino en lo que representa estratégicamente. Bajo su suelo hay minerales críticos y tierras raras esenciales para la industria tecnológica global. Su posición en el Ártico la convierte en un punto clave ante el deshielo, que abre nuevas rutas marítimas y reconfigura el mapa del poder global. Además, alberga una base militar estadounidense heredada de la Guerra Fría, recordatorio permanente de que Groenlandia nunca ha estado fuera del radar de las grandes potencias.

En ese contexto, el interés de Donald Trump por Groenlandia —expresado sin matices diplomáticos— no fue leído como una excentricidad, sino como una declaración cruda de ambición geopolítica. La idea de “comprar” la isla activó alarmas históricas y reavivó una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto las grandes potencias siguen viendo ciertos territorios como objetos negociables?

La respuesta desde Groenlandia fue clara y, sobre todo, unánime. Las cinco formaciones políticas del país, con diferencias profundas sobre economía, independencia y modelo de desarrollo, cerraron filas para rechazar cualquier intento de injerencia extranjera. El mensaje fue directo: Groenlandia no está en venta, no quiere ser estadounidense y tampoco acepta que su futuro se decida desde Washington ni desde ninguna otra capital.

Esa unidad no es menor. Refleja una conciencia política madura, forjada en décadas de negociación con Dinamarca y en una memoria histórica de decisiones tomadas desde fuera.

Groenlandia sabe que su mayor riqueza no está solo en el hielo, los minerales o su ubicación estratégica, sino en su capacidad de decidir por sí misma. Entre glaciares que se quiebran y ciudades diminutas frente al océano, la isla inmensa sostiene una idea simple y poderosa: el futuro no se compra, se construye.

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