DE PRIMERA: Lo que el viento no se lleva: Memoria, respiración y responsabilidad
Desde la psicología, la música y el arte, el viento aparece no como fuerza que arrasa, sino como energía que transforma. En la pandemia entendimos que lo esencial era seguir respirando; hoy la pregunta es qué hacemos con ese aire compartido y con la responsabilidad que no se la lleva el viento.
STAFF / LIBRE EN EL SUR
El viento despeina, arrastra hojas, mueve banderas, transporta polen y hace posible la floración futura. Empuja barcos, pule montañas, limpia el aire que respiramos. El viento no es solo fuerza que derriba; es energía que fecunda. Sin embargo, hay algo que no consigue: borrar lo que ya se escribió en nuestra historia.
Se ha vuelto casi automático escuchar que “hay que darle vuelta a la página”, como si la biografía fuera un cuaderno desechable y el dolor polvo fácil de soplar. Esa frase, repetida con tono práctico, encierra una violencia sutil: sugiere que sentir es un error y que la memoria estorba. Pero la vida psíquica no funciona como un archivo que se vacía con un clic.
El psicoanálisis nunca planteó la desaparición del pasado. Sigmund Freud describió el duelo como un trabajo interior mediante el cual la pérdida se integra a la estructura emocional. No se elimina el vínculo; se transforma su lugar. Carl Jung advirtió que “lo que niegas te somete; lo que aceptas te transforma”. Negar no aligera; desplaza. Y lo desplazado termina regresando.
Desde la psicología social, Leon Festinger explicó que cuando los hechos contradicen nuestras creencias experimentamos disonancia cognitiva y tendemos a ajustar la narrativa antes que aceptar la fractura. Albert Bandura habló de la desconexión moral: la capacidad de justificar daños mientras preservamos la imagen que tenemos de nosotros mismos. Daniel Kahneman mostró cómo el sesgo de confirmación nos lleva a abrazar solo la información que reafirma lo que ya creemos. Estas teorías no son meras abstracciones académicas; describen comportamientos colectivos muy concretos.
Durante la pandemia de 2020, el mundo entero entendió, de manera brutal, que el viento era literalmente vida. El aire entrando y saliendo de los pulmones marcaba la frontera entre estar y no estar. La humanidad discutía cifras, ideologías, narrativas, mientras lo esencial era seguir respirando. El viento convertido en oxígeno era la diferencia entre una cama ocupada y una silla vacía.
Hubo quienes defendieron medidas preventivas bajo un principio elemental: si salvar una sola vida era posible, valía la pena intentarlo. Otros permitieron que la identidad política filtrara la evidencia científica. El sesgo de confirmación se volvió política pública. Las consecuencias no fueron retóricas: hubo personas que dejaron de respirar.
Y la impunidad no se la llevó el viento.
Permanece como deuda ética. Mientras algunos siguen padeciendo la falta de medicamentos, la espera por una cama o el deterioro de sistemas sanitarios debilitados, otros creen que respirar en Ginebra, rodeados de mapas europeos y presupuestos generosos, es prueba de éxito. Pero no es lo mismo derrochar dinero que preservar vida. Respirar no es un privilegio geográfico; es una responsabilidad compartida.
La música ha pensado el viento con una lucidez que a veces supera al discurso político. Bob Dylan preguntó en Blowin’ in the Wind cuántos caminos debe recorrer un hombre antes de ser llamado hombre y dejó la respuesta flotando en el aire moral de su tiempo. Kansas cantó en Dust in the Wind que todo lo que somos es polvo en el viento. Caifanes evocó un viento que nos amarra, recordándonos que el aire compartido nos vincula más allá de fronteras ideológicas.
La poesía lo había dicho antes. Federico García Lorca escribió en Romance sonámbulo: “Verde que te quiero verde. / Verde viento. Verdes ramas.” Pablo Neruda dedicó una Oda al viento en la que lo llama “invisible mensajero”, fuerza que recorre el mundo llevando voces. Octavio Paz habló del tiempo como un viento que nos atraviesa y nos transforma sin que lo notemos.
La pintura también ha capturado su energía. En El caminante sobre el mar de nubes de Caspar David Friedrich, la figura humana no es arrasada por el viento; se enfrenta a él, dialoga con la inmensidad. En La noche estrellada de Vincent van Gogh, el cielo arremolinado parece respirar; el viento se vuelve espiral luminosa.
Contemplar la Mona Lisa en el Museo del Louvre tiene sentido porque algo se mueve dentro de nosotros. No viajamos para permanecer intactos. Una obra de arte que no despierta nada es apenas superficie. Una sinfonía de Ludwig van Beethoven interpretada en la Sala Nezahualcóyotl es aire convertido en arquitectura sonora. Cambian los músicos, pero la vibración permanece porque encuentra en cada oyente un terreno fértil.
Vivir “aquí y ahora” no significa sellar ventanas. El presente es cruce de vientos: el que trae memoria y el que anuncia posibilidad. Viktor Frankl sostuvo que entre el estímulo y la respuesta existe un espacio de libertad. Ese espacio es aire. Es elección consciente.
No se trata de instalarse en la tormenta ni de glorificar la herida. Tampoco de fingir que el huracán no pasó. Se trata de integrar. De permitir que el viento mueva el polen sin arrancar la raíz. De aceptar que las cicatrices no desaparecen, pero pueden volverse mapa.
El viento puede dispersar semillas y provocar renacimiento. Puede mover hojas y anunciar estaciones nuevas. Puede sacudir convicciones para que brote conciencia.
Lo que no puede hacer es borrar la memoria. No puede deshacer la responsabilidad ni sustituir la ética.
Si somos polvo en el viento, somos polvo que respira. Y mientras el aire siga entrando en nuestros pulmones, la tarea no será arrancar páginas, sino escribir la siguiente sin renunciar a lo que ya nos dio forma.
















