La mutación de músico a chiclero era lapidaria para uno de los personajes más importantes y vitales del barrio. Cuentan que alguna vez, en esa etapa de decadencia, tuvieron que acercarle una silla para que no se fuera de bruces. Un vértigo implacable lo sacudió hasta los huesos. Fue en lo que antes fue la afamada cantina La Nueva Mundial, en Obrero Mundial y Eje Central Lázaro Cárdenas. Esta es la historia de un personaje de los barrios de Narvarte. Con ella el destacado reportero de El Financiero y del portal Reversos obtuvo el segundo lugar del Premio Carlos Monsiváis 2019, otorgado por la Alcaldía Benito Juárez el pasado 31 de julio. Se reproduce con la autorización del autor.

POR RIVELINO RUEDA

Del “Negro” Clemente se sabe sólo de oídas y de habladas. La única certeza que se tiene de ese hombre espigado y, para muchos, paranormal, es que su colapso inició poco antes de las Fiestas Patrias de 2016, cuando dejó de vender discos compactos de música y composiciones de su autoría.

Bueno, eso decía.

Nadie sabe cuándo y cómo llegó al barrio. Lo único de lo que se tiene certeza es de cuándo se fue, pero no cómo y por qué.

Unos dicen que está en una granja de rehabilitación en Iztapalapa. Otros que lo encontraron muerto en una calle de la Colonia Doctores, con una sonrisa rumbera congelada en su rostro. Otros que fue ingresado a un centro de salud mental. Otros que se hartó de todo y de todos y que se fue así nomás.

El año pasado, en una de esas noches lluviosas de finales de agosto, Ricardo Clemente Andia Viloria, “El Negro” o “El Cubano”, bailó desnudo en los toldos y cofres de tres autos estacionados frente al Parque Las Américas. El escándalo no fue por el descomunal pene verduzco que blandía bajo el sereno lunar, ni por la mierda que expulsó su escuálido esqueleto en el parabrisas de uno de los vehículos. No.

Las “buenas conciencias” armaron un aquelarre mítico por los gritos desaforados de Clemente al entonar el Guantanamera, guajira Guantanamera/ Guantanamera, guajira Guantanamera.

Unos lo consideraron grotesco. Otros un insulto a la música cubana. Los más una falta de respeto a los oídos de los vecinos del barrio.

Yo soy un hombre sincero/De donde crece la palma/Yo soy un hombre sincero/De donde crece la palma/Y antes de morir yo quiero/Cantar mis versos del alma…

Al “Negro” no lo dejaron terminar los versos de José Martí. Siete policías le cayeron encima cuando berreaba, con el dolor más profundo que jamás se haya visto en un ser humano, aquella estrofa que dice:

Con los pobres de la tierra/Quiero yo mi suerte echar/El arroyo de la sierra/Me complace más que el mar…

Muchos de los que se acercaron a ver por última vez al hombre mulato que se ganó la vida haciendo creer que componía sus propias canciones, pero que además aseguraba que el de la voz de los cidis era de él, observaron una figura monstruosa, con la cabeza desproporcionadamente más grande que su cuerpo; con múltiples laceraciones de leproso en espalda, hombros y cuello; con unos pies enormes y desfigurados; con pedazos de pelo cano, profundamente rizado y al ras del cuero cabelludo, esparcidos lastimosamente en la cabeza amorfa de recién nacido.

Ricardo Clemente Andia Viloria lloraba aquella noche en el interior de la patrulla. Nadie supo nada de él después de esa tormenta de agosto de 2018. Nadie. Bueno. Algunos dicen que sí.

Repetidamente, muy repetidamente, se escucha en restaurantes, cantinas, peluquerías, tlapalerías, recauderías, tortillerías, farmacias, comercios informales, taquerías, fondas, esquinas, parques, camellones, bancos, neverías, veterinarias y tiendas del barrio:

“–¿Y qué se sabe de ‘El Negro’? ¿Todavía no aparece?”

Foto: Mónica Loya

 

“El Cubano” tenía el don de la ubicuidad. Algunos vecinos del barrio aún creen que en realidad eran dos o tres Clementes los que caminaban larguísimos trayectos a lo largo del día y de la noche para ofrecer sus discos compactos, de envoltura blanca y con la lista de las canciones escritas al dorso a mano, en tinta negra, azul o roja.

Era común que alguien comentara que había visto a “El Negro” en la avenida Doctor Vértiz, a la altura de la colonia Buenos Aires, “hace como media hora”. Hace como treinta minutos –respondía el otro– estaba en la vendimia habitual en un restaurante en Avenida Universidad.

Eso no puede ser –replicaba alguien más– Clemente Andia “se estaba tomando un refresco en una tienda, más o menos hace media hora, en la Colonia Obrera”.

Los tiempos del “Negro” no eran los de este planeta. Ni lo eran las distancias. Ni las rutas. Ni los atajos. Ni los senderos. Ni las bifurcaciones. Ni los cruces. Los tiempos de ese hombre de anteojos reforzados con cinta adhesiva en el puente nasal y las bisagras eran de una dimensión distinta a la nuestra. Ahora aquí. Ahora allá. Ahora nada. Así era su cosmos.

De eso ya hace unos siete años. La decadencia, el otoño del “Cubano”, inició después de que pasó a la venta de dulces. Y luego a pedir dinero. Ya sin nada qué ofrecer en venta, sólo su propia lástima, su propia ruindad, su propio declive.

***

El primer contacto con Ricardo Clemente Andia Viloria más bien despertaba curiosidad e incluso interés. La voz pausada, serena, cautivadora, de acordes graves, inspiraban al comprador primerizo. En las sobremesas de los restaurantes del barrio se comentaba que “tal vez sea una gran promesa y nadie lo ha descubierto”.

Nadie se escapaba del poder seductor de “El Negro”, de su casta de comerciante nato; de su aura de arlequín enrolado en las artes del guaguancó, el yambú y la rumba; de su cátedra de bongosero hipnotizador. Y es que nunca acompañó sus ventas con una grabadora en mano, con alguna bocina para degustar el “producto”, ni siquiera con una entonación a capela de sus obras.

Es más. Nunca se supo de alguien que comentara sobre las composiciones de Clemente Andia, o que presumiera en las fiestas del barrio el “talento desaprovechado” del incansable andador que ya comenzaba a mostrar los primeros síntomas de sus más de sesentaicinco años.

Porque, regularmente, los discos del mulato espigado terminaban debajo de los asientos de los automóviles, arrumbados a la buena de Yemayá o de Changó. Invisibilizados por alguna maldición yoruba o carabalí.

Algunos otros corrían con buena suerte y servían de sanador de encías para algún nene afortunado. O apilado en el cajón de las cosas inútiles y olvidadas. O simplemente depositado en el cesto de basura a la hora de las campanadas desquiciantes de los hombres del camión revestido de muñecas chimuelas y ennegrecidas de hollín en su pelona.

Pero Clemente estaba en lo suyo. Y lo suyo era la música, el comercio y los largos andares. No se rendía. Cada tres o cuatro meses anunciaba nuevos repertorios. Cada tres o cuatro meses también tenía que cambiar la estrategia de ventas.

Cada tres o cuatro meses tomaba por asalto a sus clientes para convencerlos de que “a ti ya te he vendido, te recuerdo bien, pero se trata de nuevas canciones, de composiciones propias, de una calidad de sonido inigualable, garantizada. Y al mismo precio. Treintaicinco pesos nada más”.

Ahí comenzó el otoño de Clemente. Ya se notaba enfermo, cansado, incoherente, aletargado. La voz no era la misma. Ahora el tono era de hastío, de decrepitud, de vaguedad trémula y anodina. En su rostro se dibujaban tonalidades grisáceas. Era de esos semblantes de los hombres que ya sólo cuentan las horas para la llegada del ocaso.

***

Nunca se supo el día ni la hora precisa, pero fue por ahí de las navidades de 2017 o de las roscas de reyes de 2018. Clemente tiritaba de frío dentro de un delgado y raído suéter morado. Ahora ofrecía goma de mascar con clorofila. Parecía un arbusto viejo. Una ligera llovizna de alfileres punzaba su corteza quebradiza.

La mutación de músico a chiclero era lapidaria para uno de los personajes más importantes y vitales del barrio. Cuentan que alguna vez, en esa etapa de decadencia, tuvieron que acercarle una silla para que no se fuera de bruces. Un vértigo implacable lo sacudió hasta los huesos. Fue en lo que antes fue la afamada cantina La Nueva Mundial, en Obrero Mundial y Eje Central Lázaro Cárdenas.

Otros narran un episodio donde salió llorando de la cantina La Valenciana, en Avenida Universidad, expulsando por la boca espumarajos de dolor.

El motivo: Ricardo Clemente Andia Viloria no pudo soportar la punzada milimétrica, feroz, artera, que salió de las primeras estrofas que entonaba aquella mujer que cantaba sobre tarima…

Yo no quiero que las flores sepan/Los tormentos que me da la vida/Si supieran lo que estoy sufriendo/Por mis penas llorarían también/Silencio, que están durmiendo/Los nardos y las azucenas/No quiero que sepan mis penas/Porque si me ven llorando morirán.

Para entonces “El Cubano” lucía cetrino. Desvencijado. Para entonces también comenzó a esparcirse el rumor y la insidia. La discriminación. La ignorancia.

Que andaba en drogas. Que portaba alguna enfermedad terminal. Que olía mal. Que se le había visto con los pantalones empapados de mierda y orines. Que hay que reportarlo a la policía o a un centro de atención para adicciones. Que mejor sácale la vuelta. Que mejor hazle gestos. Que ya anda pidiendo dinero. Que amaneció en una banca del parque. Que cuidado con los niños. Que se le van los ojos viendo chichis y nalgas. Que lo siguiente era robar. Que ha de ser “halcón”. Que ha de ser “burrero”. Que mejor se vaya. Sí, que mejor se vaya.

***

Cuando algo falta, lo que sea, inmediatamente se percibe. Así pasó con Clemente. Había un vacío notorio en el barrio. Una pieza faltaba. Algo no encajaba.

Después del episodio del baile nocturno arriba de los toldos de tres automóviles quedó una sensación de abandono en calles y avenidas, en comercios y parques, en esquinas y semáforos, en ventanas y en portones.

Y comenzaron las interrogantes, las sospechas, las leyendas… ¿Alguien sabe dónde está “El Negro” Clemente?

Por lo menos, en este barrio, ya no.

 

 

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