Ver a quién se encontraba
Federico Campbell y Juan Rulfo. Foto: Especial
“La afición a los cafés se remonta a los años sesenta cuando en la Zona Rosa, muy distinta a la actual, mi papá frecuentaba el Lauseba, el Perro Andalúz y el Tirol”.
POR FEDERICO CAMPBELL PEÑA
En los años ochenta mi papá se volvió asiduo al café El Agora en Insurgentes Sur y Barranca del Muerto: estuviera o no, su amigo Juan Rulfo. Iba casi todos los días a comprar discos LP y libros, a beber café, comer y sobretodo: “ver a quién me encuentro”.
Rulfo acudía en las tardes, acompañado de un profesor jubilado. “Es un señor muy importante” me dijo mi papá al sentarme al lado, junto a los tres: Rulfo, FC, y el maestro bigotón, canoso, de saco blanco, de sombrero, todos muy propios, todos muy opositores al PRI gobierno.
El Agora estaba situada en Insurgentes Sur 1632 esquina Barranca del Muerto no lejos del Club Libanés. En el café arriba de la librería, los tres conversaban hasta tres horas seguidas. Casi nadie los reconocía ni saludaba.
Varias veces caminé con ellos, luego de sus tertulias, hasta el departamento de Rulfo cerca de la librería el Juglar, pasando Barranca del Muerto.
En esa época, los viernes mi papá acudía a trabajar a la redacción de la revista Proceso en Fresas 13 colonia Del Valle. Cerraba la sección de cultura con Armando Ponce y corregía galeras hasta las 4 de la madrugada del sábado, cuando al salir, manejaba su vocho rojo hacia el departamento en calle Damas 119, San José Insurgentes.
Con Vicente Leñero, Francisco Ortiz Pinchetti, Carlos Ramírez y Armando Ponce entre otros, tomaban café en el cercano Vips frente al Parque Hundido, en una tertulia semanal que apodaron “el mollete literario”.
Cada sábado yo me levantaba antes que él, quien a las 13 horas despertaba, ponía discos y preparaba café. A las 15 horas estábamos ya bañados y listos para ir al restorán Los Geranios en la calle floreada de Francisco Sosa en Coyoacán, donde llegaban Luz del Amo, Ricardo Valero, Luis Prieto, Ninfa Santos y otros disidentes.
Los cocineros y meseros eran italianos fugitivos tras haber pertenicido a las Brigadas Rojas italianas y todos se llamaban igual. Fabrizio, por lo general. Cocinaban arroz, spaguetti. No salían de la cocina. Nuestro querido Alfonso Badillo “graduado de italiano”, era el dueño, les daba chamba. Creo que Cesare Batista pasó por Los Geranios, no me consta, antes de ir a Tijuana, donde escribió la novela “Avenida Revolución.”
El café al caer la tarde era en la librería El Parnaso, en el centro de Coyoacán, donde Roco vendía libros y fumaba con mi papá. Una vez pasó un chavo y le dijo en 1977: “sé que tienes una editorial (la Máquina de Escribir), ¿podrías leer este original?. Le entregó su original ” El mariscal de campo”. Era Juan Villoro, publicado por mi papá.
José Maria Espinasa, también. Y así se corrió la voz.. ” Federico Campbell si le interesa, publica gratis tu manuscrito”:
Editó a Adolfo Castañón, David Huerta, Jorge Aguilar Mora, Eduardo Hurtado, (recién fallecido). Verónica Volkow, Carlos Chimal, Esther Seligson, a mi mamá, a Rosina Conde, Coral Bracho, Javier Molina, quien fue el enlace con Los infrarrealistas: (José Vicente Anaya, Mario Santiago Papasquiaro, Roberto Bolaño, José Peguero).
Después de ir en el vocho rojo a recoger ejemplares recién impresos de La Máquina de Escribir en la imprenta Juan Pablos en Iztapalapa, pagarlos con sueldo de Proceso, mi papá me llevaba directo al correo de avenida Hidalgo en Coyoacán frente a la cantina la Guadalupana. Allí, ambos llenábamos sobres y sobres y más sobres con los cuadernillos de la máquina para enviarlos a todo el país, por correo. Una lista de suscriptores que papá sacaba de su imaginación, creyendo que el destinatario se interesaría.
Espero francamente, que al menos conserven los ejemplares. Esto fue entre 1977 y 1979, cuando mi papá decidió dejar de editar cuadernillos, porque un cuate le reclamó erratas en su libro. Fue cuando se hartó porque además de pagar y publicar los textos, recibía regaños.
Fue en 1979 cuando publicó su novela “Pretexta”, inspirada en su profesor el filósofo Emilio Uranga, artífice de libelos (se le atribuye “el Móndrigo” en 1968); inspirada en Heberto Castillo y en el profesor Rubén Vizcaino de Tijuana (resumidos ambos en profesor Ocaranza) y en la Dirección Federal de Seguridad (el personaje siniestro Bruno Medina).
El cineasta Rafael Montero quiso llevar al cine la novela pero no se llegó a nada. Se reconoce su iniciativa. Todavía existen ejemplares impresos de “Pretexta o el cronista enmascarado” en las librerías del Fondo de Cultura Económica.
La afición a los cafés se remonta a los años sesenta cuando en la Zona Rosa, muy distinta a la actual, mi papá frecuentaba el Lauseba, el Perro Andalúz y el Tirol, cuenta su amigo Rafael Alcérreca: “alli te podías encontrar a Luis Buñuel, Tomás Pérez Turrent, Juan Ferrara, Juan Ibáñez, Homero Aridjis, Emilio Cárdenas, entre otros comensales”. Era 1968 y la policía circundaba el lugar.
No lejos estaba el bar gay Safari donde cantaba Chavela Vargas.
Desde ahi, los viernes y sábados, se difundía la dirección de algún evento o fiesta. Esta algarabía se perdió en este siglo XXI. Ni modo.
A 12 años de fallecido (2014), sus sobrinos le organizan a mi papá un homenaje este domingo 15 de febrero en el Instituto de Servicios Culturales en su natal Tijuana.















