Ciudad de México, febrero 11, 2026 00:30
Cultura Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / La casa de Luis Buñuel y el Ariel sin gravitación

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El hecho de que no exista una sola calle en la ciudad dedicada a Buñuel no es un detalle anecdótico; revela la dificultad institucional para transformar el capital simbólico en política cultural.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Hay una mentira cómoda que repetimos cada vez que salimos decepcionados del cine: que antes se hacía mejor cine, que en Francia casi todo es arte, que Hollywood produce productos en serie y que en México el problema es únicamente el presupuesto. Esa narrativa nostálgica no resiste una revisión seria. Si observamos los datos que publican los propios organismos de cada país, la proporción de películas ampliamente reconocidas rara vez supera el 20% en ninguna cinematografía relevante. Estados Unidos produce entre 700 y 900 películas al año; Francia, entre 250 y 300; Italia, entre 150 y 200; México oscila entre 150 y 250 producciones anuales. La excelencia es minoritaria en todas partes. El problema, por tanto, no es la calidad promedio, sino la gravitación cultural que cada país logra construir alrededor de su mejor cine.

Esa diferencia de gravitación se vuelve evidente cuando se observa el peso simbólico y estratégico de los grandes premios y festivales internacionales. Cannes, el Óscar, Venecia o Sundance no son solamente ceremonias; son nodos de influencia que articulan industria, diplomacia cultural, mercado y conversación global. Frente a ellos, el Ariel parece hablar sobre todo hacia adentro. No porque el cine mexicano carezca de talento —las estadísticas muestran que nuestra proporción de excelencia no es muy distinta— sino porque no hemos convertido esa excelencia en influencia sostenida.

El caso de Luis Buñuel es una metáfora elocuente de esa falta de ambición estructural. Este mes se cumplen 126 años de su nacimiento. Naturalizado mexicano en 1949, filmó en México 20 de las 32 películas que dirigió y consolidó aquí una etapa central del cine mundial con obras como Nazarín, Viridiana, El ángel exterminador y Simón del desierto. Murió el 29 de julio de 1983 en su casa de la Cerrada de Félix Cuevas número 27, en la colonia Tlacoquemécatl del Valle, alcaldía Benito Juárez, dirección que forma parte de la historia cultural de la ciudad.

El gobierno de España comprendió la relevancia simbólica de ese inmueble: lo adquirió, invirtió recursos en su restauración y lo cedió en comodato a la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas. En 2017 se anunció que la Casa Buñuel sería no solo sede de la Academia mexicana, sino también de la Federación Iberoamericana de Academias de Cine, y que ahí se desarrollarían talleres, seminarios, proyecciones y actividades formativas permanentes. Se presentó como un espacio vivo que articularía la memoria de Buñuel con la proyección contemporánea del cine iberoamericano.

La realidad ha sido otra. El inmueble opera esencialmente como oficina administrativa. No funciona como museo activo con programación constante, ni como centro permanente de formación, ni como laboratorio de desarrollo de guion o foro internacional de debate cinematográfico. La oportunidad de convertir ese espacio en un nodo estratégico de proyección cultural se ha desaprovechado.

La conmemoración del 125 aniversario del natalicio de Buñuel fue ilustrativa. Hubo una función del documental Tras Nazarín en la Cineteca Nacional México, un ciclo de películas bajo el título de “Las arieladas” y dos exposiciones en la Casa Buñuel: “Su vida al cielo”, dedicada a las actrices de su obra —entre ellas Silvia Pinal—, y una muestra digital de caricaturas. Se trató de actividades correctas, pero discretas frente a la dimensión histórica del cineasta.

Más revelador aún es que la Ciudad de México no tiene una sola calle que lleve el nombre de Luis Buñuel. En 2007, Libre en el Sur propuso que la Cerrada de Félix Cuevas adoptara oficialmente su nombre, dado que ahí vivió hasta su muerte. La iniciativa reunió apoyos culturales y vecinales y contó con el respaldo explícito de Silvia Pinal, quien escribió una carta calificando el cambio como “de elemental justicia”. Esa carta, que conservamos como un testimonio del deseo de reconocer públicamente su legado, nunca se tradujo en decisión administrativa. El gobierno capitalino de entonces no concretó el cambio de nomenclatura.

El hecho de que no exista una sola calle en la ciudad dedicada a Buñuel no es un detalle anecdótico; revela la dificultad institucional para transformar el capital simbólico en política cultural. Mientras otras naciones convierten los espacios asociados a sus grandes creadores en plataformas de identidad y diplomacia cultural, en México la casa del cineasta más universal que trabajó en el país se ha reducido a sede administrativa y su nombre no figura siquiera en la cartografía urbana.

En paralelo, la Academia convoca ya a inscribirse para los próximos Premios Ariel, mientras México vuelve a estar ausente de los grandes escenarios internacionales. La paradoja es clara: poseemos historia, talento y símbolos de enorme potencia, pero carecemos de una estrategia coherente que articule memoria, formación, promoción y proyección global.

El problema no es que el cine mexicano produzca menos obras valiosas que otros países; los números demuestran que la proporción de excelencia es comparable. El problema es que no hemos construido el ecosistema que permita que ese porcentaje minoritario se convierta en referencia internacional sostenida. La Casa Buñuel, con su dirección precisa y su peso histórico, pudo ser un punto de partida para esa ambición. Hasta ahora, ha sido sobre todo una oficina.

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