Ciudad de México, septiembre 26, 2022 13:22
Opinión Carlos Ferreyra Revista Digital Febrero 2022

Cuando la muerte no asustaba

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No había casas de inhumaciones y entonces la ceremonia de despedida del ser amado quedaba en familia: las damas, rezanderas y distribuyendo cafecito con charanda, y dándose su tiempo para ocasionalmente pegar uno que otro alarido con sordina.

POR CARLOS FERREYRA

Lo poco que recuerdo de la vieja Morelia, casi siempre lo relaciono con un muertito, cercano en lo familiar o en el vecindario de La Soterraña, donde pasé, a pesar de todo, una infancia feliz.

A los mocosos del barrio no nos impresionaban los fallecidos, generalmente en pleitos cantineros del barrio de Carrillo, a escasa cuadra y cincuenta metros de distancia.

La ciudad era pequeña, cinco, seis cuadras de la Calle Real, al norte, otro tanto al sur, la avenida Madero que partía en dos a la población dando continuidad a la carretera nacional procedente de México con la salida a Guadalajara.

No recuerdo que a nuestros progenitores les preocupase algo que, dicho sea de paso, era habitual, cotidiano, normal, pues.

Para decirlo con sinceridad, lo que hoy nos alarma, la matadera que no cesa entre Viagras, cárteles diversos, colimotes, jalisquillos, guanajuas y los locales como La Familia, los Caballeros Templarios y los H3 de Simón el American, pillo protegido desde los tiempos del organizador de este trágico desgarriate.

La referencia es, claro, al chavo Alfredo Castillo, al que Peña Nieto envió en calidad de gobernante sobre el propio gobernador y las instituciones dizque democráticas como los poderes legislativo y judicial.

Los michoacanos nunca protestaron por tal situación. Insisto, en el lenguaje campesino de mi abuela paterna, Chite, se vivía entre muertos moridos, a los que se llevaba la vejez, una enfermedad, y los muertos matados que partían a peinarle las barbas a San Pedro durante una riña, un desacuerdo o porque al vecino se le habían inflamado los congojos y quería probar su reluciente arma de importación.

En la Tierra Caliente, creo que Tepalcatepec, el cura del lugar cumplía religiosamente el rito de la Santa Misa. Precavido y espectacular, se terciaba la metralleta, se fajaba el cinturón cargado de balas y, naturalmente, lucía su reluciente chaleco antibalas.

Para los feligreses el atuendo era ropa talar. Los ajenos con ojos desorbitados asistían a misa nada mas por contemplar al susodicho padrecito. Hasta los marxistas iban.

Los muertos moridos se velaban en casa. La capital tarasca ha de haber sumado cuando mucho unos 35 mil habitantes que por lo reducido del número, no sólo nos conocíamos aún sin amistad, sino que sabíamos suerte y desventuras de todos.

Conocíamos cuando don Evaristo le ponía su zacapela a su esposa, doña Cleotilde. Días fijos, estuviera borracho el o únicamente para cumplir el rito.

No había casas de inhumaciones y entonces la ceremonia de despedida del ser amado quedaba en familia: las damas, rezanderas y distribuyendo cafecito con charanda, y dándose su tiempo para ocasionalmente pegar uno que otro alarido con sordina.

Los caballeros aparte, consumiendo con fervor naufrago el café con piquete y contando chistes y anécdotas a costillas del fenecido.

Los muertos matados y de esos hubo varios en la familia, iban directos al panteón después de que la autoridad entregara el cuerpo. No había escenario para preservarlo ni protocolos de investigación, mucho menos autopsias. Si al tipo le habían metido un cargador o los seis tiros de la mazorca, no era necesario nada más.

Y señalaba la abuela: murió de causas naturales, porque si te descargan un arma, es natural que te mueras.

Las venganzas familiares son el pan de cada día. Son protagonizadas especialmente en el interior del estado, donde por quítame estas pajas se matan.

Recuerdo un episodio curioso: coincidimos en una fonda con un señor que cargaba ladrillos en su bellísimo Cadillac. Las camionetas le parecían horribles.

Entre risas de los comensales, incluido mi padre, el enorme nieto del señor del Cadillac, platicó que su abuelo mando hacer un revolver grandote, apropiado para las manos del infante.

Cuando paseaba orgulloso con su arma, se topó con mi padre, al que quiso obligar a beber alcohol fuerte. Mi padre aceptó pero le puso el reto de acompañarlo.

Que lo retaran y no le mostraran miedo, desanimó al joven que se lamentaba: “es que tenía ganas de estrenar mi pistola…”

En la zona de los Once Pueblos en un incidente de peluquería y cliente no atendido, hubo muertos inmediatos y de la población vecina fueron rodadas enormes rocas que destruyeron las casas de las orillas. No hubo problema porque el criminal era hermano del alcalde.

En Sahuayo mientras tomábamos algunos alipuses en la nevería del hotel, los amigos Trino y Canelas caían muertos abajo de nuestro automóvil.

Hacía media hora que bromeábamos y no tenían desacuerdo alguno con los crimínales.

Tradicionalmente se menciona a Guerrero como un estado donde la violencia es parte de la forma de ser de los habitantes. Es correcta la apreciación, pero en materia criminal hemos entrado en una competencia atroz.

Michoacán siempre fue territorio de gatillos alegres. Discretos, por no llamarlos hipócritas, los michoacanos buscan no ocuparse de temas tan poco gratos como los asesinatos.

Pero convencido estoy que la idiosincrasia nunca traiciona. Un arma en casa es garantía de paz y tranquilidad. Eso pensamos mientras las víctimas fatales crecen al mismo ritmo que las pandillas criminales…

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