Detrás de una fotografía de Rock y Puck
Rock y Puck. Fotos: Patricia Vega
Su reino abarcó a todo el interior del departamento y acabaron durmiendo en “donas” que se podían mover facilmente a todas partes.
POR PATRICA VEGA
En esta fotografía de 2016 se aprecia a Rock Cano y Puck Vega –así quedaron registrados en todos sus documentos oficiales —en la plenitud de su vida. Esos perritos pertenecieron a una misma camada que vio la luz primera el 2 de febrero de 2005, por lo que también fueron popularmente conocidos como “Los Candelarios”.
Sus primeros días transcurrieron en un criadero ubicado en Bosques de Aragón, Estado de México. Fue una época en que las adopciones perrunas eran escasas y no existían protocolos de hoy. Los cachorros eran trasladados los fines de semana, junto con otros perros, a un cunero que existía en Liverpool Insurgentes para ser exhibidos en algo parecido a un aparador.
La falta de acuerdo entre sus futuras dueñas-cuidadoras-mamás propiciaron que no fuesen separados: Gabriela quedó flechada por Rock, el perrito con rostro de pirata y Patricia se enamoró de Puck, una ladilla bebé que todo el tiempo andaba mordiendo las orejas de sus compañeros.
Fue un irremediable amor a primera vista que implicó un dilema inicial: ¿cuál de los dos sería el elegido? Como ninguna de las humanas quería dar su brazo a torcer, una vecina, que casualmente, era veterinaria dio la solución más apropiada:
–Quédense con los dos, así cuando ustedes salgan del departamento ellos se harán compañía y no se sentirán solos– les aconsejó con firmeza.
Pasaron tres meses de indecisión y, finalmente, el 1ro. de mayo los perritos llegaron al que sería su hogar definitivo: un departamento en la Colonia del Valle. Ambos traían su torta abrazada con las patas: la posibilidad de cursar el kínder, en la Universidad del Perro, ubicada en la antigua carretera a Cuernavaca, y de la cual egresaron con sus respectivos diplomas. Rock fue siempre medio tontolón así que pasó de panzazo mientras que Puck, vivillo como pocos, salió con honores.
Sólo así, sus humanas pudieron con el reto de hacerse cargo de dos cachorros al mismo tiempo. Dos cachorros que durante los primeros meses sólo comían, dormían y eran unas contantes fabriquitas de pipí y popó que había que recoger y limpiar muchas veces al día, hasta que llegó el momento en que Rock y Puck aprendieron el uso adicional de los periódicos y que las salidas de casa, además de paseos, servían para vaciar sus esfínteres.
Quedará en su historia, por su talla pequeña, el haber sido identificados erróneamente como de raza chihuahua por lo que sus humanas estudiaban manuales para entrenar a ese tipo de perros que, aunque se parecían, acababan por encarnar muchas de sus características. Un día se presentó en la CDMX la gran exponente estadounidense del performance Laurie Anderson –dueña-cuidadora-madre de Lola Bell, una hermosa terrier que aprendió, incluso, a tocar un pianito—y le dio al clavo: Rock y Puck no eran chihuahuas, fueron un par de rat terriers, es decir, perros ratoneros que en el pasado mantenían a las ratas, ratones y otros bichos a raya en las granjas y casas de campo.
Todo cobró un nuevo sentido. Se confirmó la afirmación realizada por Anderson debido al sempiterno hábito de Rock y Puck de despanzurrar cojines, peluches y otros juguetes con una enjundia que conservaron hasta su edad adulta. Además de su instinto destripador, también aprendieron a que cuando sus humanas regresaban de algún viaje, si husmeaban en las maletas siempre encontraban algo especial para ellos y ricamente masticable.
Nunca estuvieron solos. Cuando los viajes eran largos, su abuela, María Teresa prefería quedarse a cuidarlos en “su” departamento en la del Valle, para que no sintieran un cambio de ambiente, además de la ausencia de sus querencias. Tampoco conocieron los “salones de belleza para perros” pues siempre fueron acicalados directamente por sus tutoras que muchas veces acabaron con las piernas como si fuesen faldas hawaianas.
Jamás utilizaron la casita de paredes blancas y techo rojo, como la de Snoopy, que fue colocada en ese balcón que sólo utilizaban para ladrar a los transeúntes por irrumpir en su territorio. Su reino abarcó a todo el interior del departamento y acabaron durmiendo en “donas” que se podían mover facilmente a todas partes: subir a la cama, colocar junto al escritorio o en la sala. También era frecuente que se acomodaran junto a sus humanas para descansar tranquilamente.
Tuvieron una larga vida, 16 y 15.5 años, respectivamente, en la que fueron una excepcional compañía que, sin duda, convirtió a Gabriela y a Patricia en mejores seres humanos de lo que eran, antes de su llegada a casa.
La inteligencia, el instinto, la intuición, la lealtad, el cuidado y muchas otras virtudes, les fue correspondidas al cien por ciento. Tuvieron atención veterinaria siempre que fue necesario y en cuanto a la alimentación llegaron a comer croquetas de canguro porque Rock resultó alérgico a ciertos ingredientes, así como al polen de algunas plantas y palmeras.
Rock y Puck convivieron pacíficamente como buenos hermanos debido a que sus temperamentos resultaron complementarios: Rock fue el dominante y Puck el sumiso, aunque se dice que el pequeño, con cara de no romper ni un plato, siempre se salía con la suya y engañaba al hermano mayor.
Las cenizas de ambos permanecen resguardadas en pequeñas urnas de madera con su nombre y que fueron colocadas al lado de unos libreros en uno de los pasillos de la que fuera su casa. Todos los años se les celebra con un altar tradicional en los días dedicados a los muertos, pues sus humanas tienen la certeza de que cuando llegue el momento, Rock y Puck les ayudarán a cruzar el río hasta llegar al Mictlán. Se les extraña tanto que ningún otro par de canes ha podido ocupar su lugar.

















